Hablar de alquimia en el siglo XXI puede parecer de una curiosidad anacrónica o un tanto excéntrica: los avances de la ciencia moderna y la tecnología cibernética al servicio del consumo nos han acostumbrado a ver nuestras vidas y nuestra realidad compartida como un entorno racional, dominado por el saber especializado, dejando las cuestiones relativas al espíritu en la órbita de la superstición, la fantasía y el oscurantismo.

Sin embargo, cabría recordar que la ciencia moderna es la vertiente industrializada de un proceso de pensamiento encumbrado por hombres y mujeres que no sólo cultivaron el pensamiento racional, sino que veían y vivían en un empeño constante por traducir las reglas del mundo invisible a representaciones racionales del camino de los iniciados. Flamel, Gualdi, Bonacina y muchos otros alquimistas han sido opacados en la historia de las ciencias por Galileo, Newton o Einstein, a pesar de que comparten con ellos un empeño común: comprender las leyes del universo y representarlas, de modo que otros puedan beneficiarse de sus conocimientos.

Cuando pensamos en alquimia, tal vez la relacionemos con brujería o con una elaborada forma de elitismo intelectual. El término alquimia es una palabra derivada del árabe “kimia”, que a su vez traduce el vocablo copto “khem”, la tierra fértil y negra que el río Nilo inundaba periódicamente y que constituía el florecimiento mismo del desierto. En términos metafóricos (en esa magia verbal que constituye, como escribiría Rimbaud, la “alquimia del verbo”), este “khem” constituye la materia primordial, la raíz de la cual toda la materia existente es variación y expresión decadente; en ese sentido, el alquimista es un buscador de esa raíz original, de la piedra filosofal (el conocimiento hermético) que lo haría capaz de transformar la materia corrupta en oro, el elemento que según la tradición está más cercano a esa materia primera.

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El conocimiento alquímico ha llegado hasta nuestros días en forma de un compilado disperso de fábulas, fórmulas, grabados y documentos, los cuales no conforman un archivo unitario de “la historia de la alquimia”, sino que dan cuenta de la manera en que los alquimistas trataron de representar verbal y pictóricamente las transformaciones del espíritu en su búsqueda de la pureza esencial. Haciendo una comparación un tanto anacrónica, las imágenes de los libros de alquimia recuerdan a la pintura surrealista, y las historias de Basilio Valentín, Christian Rosenkreuz, Ostanés o los muchos alquimistas anónimos, no desmerecen en belleza e imaginación con las de escritores y artistas del arte universal.

Ya sea que nos acerquemos a la alquimia buscando un conocimiento primero de las cosas, o bien, atraídos solamente por su carácter estético y asombroso, nuestra imaginación se siente inmediatamente apelada por esas máquinas fantásticas donde ángeles, demonios, figuras geométricas, frases, paisajes, mapas y elementos de la tradición judeocristiana y grecolatina confluyen para describir las revoluciones del alma en la búsqueda de su (¿irrecuperable?) estadio primordial: la eterna juventud del universo.

 

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*Imágenes: The Public Domain Review

 

Hablar de alquimia en el siglo XXI puede parecer de una curiosidad anacrónica o un tanto excéntrica: los avances de la ciencia moderna y la tecnología cibernética al servicio del consumo nos han acostumbrado a ver nuestras vidas y nuestra realidad compartida como un entorno racional, dominado por el saber especializado, dejando las cuestiones relativas al espíritu en la órbita de la superstición, la fantasía y el oscurantismo.

Sin embargo, cabría recordar que la ciencia moderna es la vertiente industrializada de un proceso de pensamiento encumbrado por hombres y mujeres que no sólo cultivaron el pensamiento racional, sino que veían y vivían en un empeño constante por traducir las reglas del mundo invisible a representaciones racionales del camino de los iniciados. Flamel, Gualdi, Bonacina y muchos otros alquimistas han sido opacados en la historia de las ciencias por Galileo, Newton o Einstein, a pesar de que comparten con ellos un empeño común: comprender las leyes del universo y representarlas, de modo que otros puedan beneficiarse de sus conocimientos.

Cuando pensamos en alquimia, tal vez la relacionemos con brujería o con una elaborada forma de elitismo intelectual. El término alquimia es una palabra derivada del árabe “kimia”, que a su vez traduce el vocablo copto “khem”, la tierra fértil y negra que el río Nilo inundaba periódicamente y que constituía el florecimiento mismo del desierto. En términos metafóricos (en esa magia verbal que constituye, como escribiría Rimbaud, la “alquimia del verbo”), este “khem” constituye la materia primordial, la raíz de la cual toda la materia existente es variación y expresión decadente; en ese sentido, el alquimista es un buscador de esa raíz original, de la piedra filosofal (el conocimiento hermético) que lo haría capaz de transformar la materia corrupta en oro, el elemento que según la tradición está más cercano a esa materia primera.

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El conocimiento alquímico ha llegado hasta nuestros días en forma de un compilado disperso de fábulas, fórmulas, grabados y documentos, los cuales no conforman un archivo unitario de “la historia de la alquimia”, sino que dan cuenta de la manera en que los alquimistas trataron de representar verbal y pictóricamente las transformaciones del espíritu en su búsqueda de la pureza esencial. Haciendo una comparación un tanto anacrónica, las imágenes de los libros de alquimia recuerdan a la pintura surrealista, y las historias de Basilio Valentín, Christian Rosenkreuz, Ostanés o los muchos alquimistas anónimos, no desmerecen en belleza e imaginación con las de escritores y artistas del arte universal.

Ya sea que nos acerquemos a la alquimia buscando un conocimiento primero de las cosas, o bien, atraídos solamente por su carácter estético y asombroso, nuestra imaginación se siente inmediatamente apelada por esas máquinas fantásticas donde ángeles, demonios, figuras geométricas, frases, paisajes, mapas y elementos de la tradición judeocristiana y grecolatina confluyen para describir las revoluciones del alma en la búsqueda de su (¿irrecuperable?) estadio primordial: la eterna juventud del universo.

 

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*Imágenes: The Public Domain Review