La fotografía es un tipo de magia. Su capacidad de congelar el momento le da un poder que quienes vivieron antes de su invención nunca soñaron, se trata de la burla más hermosa que el hombre le ha hecho al tiempo. Si ya de por sí el hacer una fotografía es un acto de ilusionismo, el inmortalizar la imagen de algo extraordinario, resulta en un magnífico encantamiento. Por eso, la historia del primer daguerrotipo de un eclipse (uno de los fenómenos más simbólicos de nuestro universo) merece ser recordada.

El 28 de julio de 1851 un eclipse total de sol oscureció la ciudad prusiana de Königsberg (hoy Kaliningrado, Rusia). El Observatorio Real de Prusia comisionó entonces al más reconocido fotógrafo de la región, Johann Julius Friedrich Berkowski, para registrarlo. Hasta ese momento las precarias fotografías que se habían hecho de eclipses habían sido fallidas por el exceso o falta de exposición de quienes entonces usaban el daguerrotipo para congelar el tiempo. Y es que el verdadero secreto para hacer una fotografía en esa época era, precisamente, la cantidad de tiempo de exposición.

1-11 
El proceso del daguerrotipo era laborioso y, a grandes rasgos, implicaba la exposición directa de la imagen que se quería captar sobre una placa de cobre que previamente había sido tratada con químicos (halógeno y yodo) para hacerla fotosensible; entonces, seguía la exposición, cuya duración era cuidadosamente medida —entre más luminosa la imagen, menos tiempo de exposición y viceversa. Después, la placa (que habría captado un rastro invisible de la imagen, un fantasma) tenía que llevarse a un cuarto oscuro para tratarla con vapor de mercurio y resultar en un retrato metálico que ostentaba la imagen capturada en blanco y negro.

De acuerdo a los documentos de la época (incluida la Acta Historica Astronomiae), el daguerrotipo del eclipse capturado por Berkowski fue el primero en registrar de forma clara las cualidades de la luz que es capaz de mostrar un eclipse —la corona del sol que se muestra detrás de la circunferencia lunar y, en este caso, algunas prominencias solares fácilmente distinguibles en la fotografía. Esto es algo que, hasta ese momento, nadie había podido lograr. Para hacerlo, Berkowski utilizó un pequeño telescopio refractor para hacer una exposición de exactamente 84 segundos, proceso que inició en el momento en que la Luna se había colocado exactamente enfrente del Sol.

Desde entonces, el acto de capturar eclipses u otros fenómenos astronómicos es cada vez más fácil, pero no por ello menos romántico. La hazaña de Berkowski se recuerda hasta ahora porque en su época fue un acto de magia (y lo sigue siendo), una manera de inmortalizar uno de los sucesos más bellos que una persona puede experimentar en este planeta.

 

 

Imagen: Wikimedia Commons.

 

La fotografía es un tipo de magia. Su capacidad de congelar el momento le da un poder que quienes vivieron antes de su invención nunca soñaron, se trata de la burla más hermosa que el hombre le ha hecho al tiempo. Si ya de por sí el hacer una fotografía es un acto de ilusionismo, el inmortalizar la imagen de algo extraordinario, resulta en un magnífico encantamiento. Por eso, la historia del primer daguerrotipo de un eclipse (uno de los fenómenos más simbólicos de nuestro universo) merece ser recordada.

El 28 de julio de 1851 un eclipse total de sol oscureció la ciudad prusiana de Königsberg (hoy Kaliningrado, Rusia). El Observatorio Real de Prusia comisionó entonces al más reconocido fotógrafo de la región, Johann Julius Friedrich Berkowski, para registrarlo. Hasta ese momento las precarias fotografías que se habían hecho de eclipses habían sido fallidas por el exceso o falta de exposición de quienes entonces usaban el daguerrotipo para congelar el tiempo. Y es que el verdadero secreto para hacer una fotografía en esa época era, precisamente, la cantidad de tiempo de exposición.

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El proceso del daguerrotipo era laborioso y, a grandes rasgos, implicaba la exposición directa de la imagen que se quería captar sobre una placa de cobre que previamente había sido tratada con químicos (halógeno y yodo) para hacerla fotosensible; entonces, seguía la exposición, cuya duración era cuidadosamente medida —entre más luminosa la imagen, menos tiempo de exposición y viceversa. Después, la placa (que habría captado un rastro invisible de la imagen, un fantasma) tenía que llevarse a un cuarto oscuro para tratarla con vapor de mercurio y resultar en un retrato metálico que ostentaba la imagen capturada en blanco y negro.

De acuerdo a los documentos de la época (incluida la Acta Historica Astronomiae), el daguerrotipo del eclipse capturado por Berkowski fue el primero en registrar de forma clara las cualidades de la luz que es capaz de mostrar un eclipse —la corona del sol que se muestra detrás de la circunferencia lunar y, en este caso, algunas prominencias solares fácilmente distinguibles en la fotografía. Esto es algo que, hasta ese momento, nadie había podido lograr. Para hacerlo, Berkowski utilizó un pequeño telescopio refractor para hacer una exposición de exactamente 84 segundos, proceso que inició en el momento en que la Luna se había colocado exactamente enfrente del Sol.

Desde entonces, el acto de capturar eclipses u otros fenómenos astronómicos es cada vez más fácil, pero no por ello menos romántico. La hazaña de Berkowski se recuerda hasta ahora porque en su época fue un acto de magia (y lo sigue siendo), una manera de inmortalizar uno de los sucesos más bellos que una persona puede experimentar en este planeta.

 

 

Imagen: Wikimedia Commons.