Puede gustarte o no, pero sin duda la has escuchado en la radio, en Internet, en el transporte público, en las fiestas o al pasar por las calles: Despacito,de Luis Fonsi (y en posteriores remixes, con Daddy Yankee y Justin Bieber), ya es la canción más reproducida en streaming de todos los tiempos, y la primera en llegar al top 100 de Billboard desde la famosa “Macarena” de Los del Río, en 1996.

Estas cifras la hacen ya un éxito sin precedentes en la música pop. Sin embargo, no se trata de un accidente. El productor español Nahúm García ha aventurado la hipótesis de que “Despacito” es especialmente pegajosa a causa de la ruptura del ritmo en el minuto 1:23 de la canción. En ese instante, la música se detiene y escuchamos a Fonsi susurrar las sílabas “des-pa-ci-to”. En su página de Facebook, Nahúm expresó que “La ruptura en la cadencia es tan radical que remarca muchísimo tanto el enganche del estribillo como la intención sensual de la letra, creando una unidad entre intención y efecto que hace que funcione tan bien”.

En otras palabras, tu cerebro nota que, en efecto, el ritmo se detiene por completo y luego comienza nuevamente pero “despacito”, muy despacio. La forma en la que nuestro cerebro percibe la música es importante para entender el éxito de esta canción. Según el compositor y profesor de marketing James Kellaris en una entrevista con la BBC, “Despacito” tiene elementos que la colocan como un “gusano de oído” (earworm) para tu cerebro: una melodía pegajosa, un compás irregular o arreglos impredecibles. La música pop, sin embargo, se basa en la idea de que el ritmo sea predecible para que el cerebro pueda sentirse “recompensado” por la regularidad del beat; esto, que a la larga podría cansar, se vuelve impredecible gracias a la pausa de Fonsi descrita más arriba, dándole al cerebro la necesidad de reproducirla en la memoria una y otra vez para generar un patrón predecible que, claro, jamás llegará del todo.

Sin embargo, no es sólo esta serie de trucos (y su invasiva estrategia de mercadotecnia) lo que construyó rápidamente el éxito de “Despacito”: esta canción se desmarca también de la tendencia del reguetón a las letras sexualmente explícitas y las cadencias más marcadas (algo llamado “reguepop” por los especialistas), lo que nos invita a jugar con el cuerpo y la sensualidad de una forma menos agresiva, a gozar de la pausa que le damos a la vida cuando entra en ella un nuevo objeto del deseo.

En una época donde la velocidad y la prisa son valores exaltados y premiados, tanto en los empleos como en las relaciones personales (pensemos en Tinder, por ejemplo), “Despacito” podría ser una invitación a bajar el ritmo vertiginoso del presente, a hacer una pausa radical con respecto a las expectativas que construimos sobre nosotros mismos y sobre los demás, y dejarnos llevar por un momento por el suave desdoblamiento originario de la existencia.

 

*Imagen: La alfombra voladora, una representación del héroe del folklore ruso, Ivan Tsarevich, 1880 / Wikimedia Commons

Puede gustarte o no, pero sin duda la has escuchado en la radio, en Internet, en el transporte público, en las fiestas o al pasar por las calles: Despacito,de Luis Fonsi (y en posteriores remixes, con Daddy Yankee y Justin Bieber), ya es la canción más reproducida en streaming de todos los tiempos, y la primera en llegar al top 100 de Billboard desde la famosa “Macarena” de Los del Río, en 1996.

Estas cifras la hacen ya un éxito sin precedentes en la música pop. Sin embargo, no se trata de un accidente. El productor español Nahúm García ha aventurado la hipótesis de que “Despacito” es especialmente pegajosa a causa de la ruptura del ritmo en el minuto 1:23 de la canción. En ese instante, la música se detiene y escuchamos a Fonsi susurrar las sílabas “des-pa-ci-to”. En su página de Facebook, Nahúm expresó que “La ruptura en la cadencia es tan radical que remarca muchísimo tanto el enganche del estribillo como la intención sensual de la letra, creando una unidad entre intención y efecto que hace que funcione tan bien”.

En otras palabras, tu cerebro nota que, en efecto, el ritmo se detiene por completo y luego comienza nuevamente pero “despacito”, muy despacio. La forma en la que nuestro cerebro percibe la música es importante para entender el éxito de esta canción. Según el compositor y profesor de marketing James Kellaris en una entrevista con la BBC, “Despacito” tiene elementos que la colocan como un “gusano de oído” (earworm) para tu cerebro: una melodía pegajosa, un compás irregular o arreglos impredecibles. La música pop, sin embargo, se basa en la idea de que el ritmo sea predecible para que el cerebro pueda sentirse “recompensado” por la regularidad del beat; esto, que a la larga podría cansar, se vuelve impredecible gracias a la pausa de Fonsi descrita más arriba, dándole al cerebro la necesidad de reproducirla en la memoria una y otra vez para generar un patrón predecible que, claro, jamás llegará del todo.

Sin embargo, no es sólo esta serie de trucos (y su invasiva estrategia de mercadotecnia) lo que construyó rápidamente el éxito de “Despacito”: esta canción se desmarca también de la tendencia del reguetón a las letras sexualmente explícitas y las cadencias más marcadas (algo llamado “reguepop” por los especialistas), lo que nos invita a jugar con el cuerpo y la sensualidad de una forma menos agresiva, a gozar de la pausa que le damos a la vida cuando entra en ella un nuevo objeto del deseo.

En una época donde la velocidad y la prisa son valores exaltados y premiados, tanto en los empleos como en las relaciones personales (pensemos en Tinder, por ejemplo), “Despacito” podría ser una invitación a bajar el ritmo vertiginoso del presente, a hacer una pausa radical con respecto a las expectativas que construimos sobre nosotros mismos y sobre los demás, y dejarnos llevar por un momento por el suave desdoblamiento originario de la existencia.

 

*Imagen: La alfombra voladora, una representación del héroe del folklore ruso, Ivan Tsarevich, 1880 / Wikimedia Commons