Ante un horror como el del Holocausto, cabe preguntarse por qué no hubo más voces que lo condenaran en su momento. El papel de la Iglesia, como reflejó Costa-Gavras en su película Amén, estrenada en 2002, fue tibio al respecto. Pero la película también proyectaba luz sobre aquellos que sí sintieron el deber de manifestarse y actuar, a pesar de los peligros que ello conllevaba. Una de esas personas fue Dietrich Bonhoeffer (1906- 1945), un pastor luterano que se unió a la resistencia con la intención de hacer frente al Tercer Reich.

Bonhoeffer destacó muy pronto en los estudios de teología por sus innovadoras ideas acerca del cristianismo. De esto da prueba el hecho de que el teólogo Karl Barth calificara su tesis, con la que se doctoró a la edad de veintiún años con distinción summa cum laude, como un milagro teológico. Y es que el joven nacido en Breslau dio muestras muy tempranas de su vocación clerical. Siendo apenas un niño, jugaba a bautizar a sus hermanos ante los ojos atónitos de sus padres, y su decisión de estudiar teología no se hizo esperar. A los diecisiete años comienza su formación teológica en Tubinga y continúa en la Universidad de Berlín. Tras un periodo regentando la vicaría de la iglesia luterana de Barcelona, regresa a Berlín. A la prematura edad de veinticinco años es ordenado como pastor luterano. Bonhoeffer es considerado hoy como uno de los teólogos más relevantes del siglo XX.

Las ideas teológicas de Bonhoeffer destacan por su heterodoxia. El teólogo pretendía renovar una ya gastada imagen de Dios como producto de la ignorancia o la falta de progreso. Traer a Dios al centro de nuestra vida era una de sus preocupaciones fundamentales:

Veo de nuevo con toda claridad que no debemos utilizar a Dios como tapagujeros de nuestro conocimiento imperfecto. Porque entonces, si los límites del conocimiento van retrocediendo cada vez más, Dios irá retrocediendo con ellos… Dios ha de ser reconocido en medio de nuestra vida y no sólo en el límite de nuestras posibilidades.

Pero, además, Bonhoeffer pretendía promover un “cristianismo sin religión”, concepto que sigue intrigando a los teólogos. Seguramente el origen de esta inusual concepción del cristianismo era, precisamente, esa llamada a la acción social que impedía al teólogo de Breslau concebir las sagradas escrituras como un simple motivo para la especulación.

¡Sólo aquél que grite a favor de los judíos, también podrá entonar los cantos gregorianos!

Poner la palabra de Cristo en acción suponía enfrentarse a las injusticias de su tiempo, ante cuya envergadura la oración se le aparecía como algo necesario pero claramente insuficiente. En su Ética, escribió:

La iglesia permanecía muda, cuando tenía que haber gritado…La iglesia reconoce haber sido testigo del abuso de la violencia brutal, del sufrimiento físico y psíquico de un sinfín de inocentes […] sin haber alzado su voz por ellos…

Bonhoeffer se unió a la resistencia y luchó junto a sus compañeros hasta el 13 de marzo de 1943, día en que un compañero introdujo una bomba en el avión al que debía subir Adolf Hitler. El detonador falló, pero los acusados de participar en el intento de atentado fueron capturados.

Aunque todavía hoy existen dudas acerca de su participación directa, su actividad como opositor de la política nazi desempeñada en sus seminarios, y su estrecha relación con los opositores clandestinos de Hitler para derrocar el régimen, lo condujo irremediablemente a estar entre los acusados.

El clarividente teólogo fue arrestado en abril de 1943, y conducido el siete de febrero de 1944 al campo de concentración de Buchenwald, del que sería trasladado más tarde al de Flossenbürg. El 9 de abril de 1945, Bonhoeffer fue ejecutado en la horca. El doctor del campo, testigo de la ejecución, dejó testimonio del momento en estas palabras:

Se arrodilló a orar antes de subir los escalones del cadalso, valiente y sereno. En los cincuenta años que he trabajado como doctor nunca vi morir un hombre tan entregado a la voluntad de Dios.

Es posible que en su camino hacia el patíbulo una frase de su libro Seguimiento

atravesase su pensamiento: “Cuando Cristo llama a un hombre, le ofrece venir y

morir”.

Más allá de especulaciones, el testimonio de la historia ha conservado para nosotros las que posiblemente fueron sus últimas palabras.

Esto no es el fin para mí; es el comienzo de la vida.

Dietrich Bonhoeffer, considerado hoy mártir por la iglesia y una de las figuras clave del pensamiento ético del siglo XX, tenía 39 años.

Imagen: Bundesarchiv, Bild 183-R0211-316 – Creative Commons

Ante un horror como el del Holocausto, cabe preguntarse por qué no hubo más voces que lo condenaran en su momento. El papel de la Iglesia, como reflejó Costa-Gavras en su película Amén, estrenada en 2002, fue tibio al respecto. Pero la película también proyectaba luz sobre aquellos que sí sintieron el deber de manifestarse y actuar, a pesar de los peligros que ello conllevaba. Una de esas personas fue Dietrich Bonhoeffer (1906- 1945), un pastor luterano que se unió a la resistencia con la intención de hacer frente al Tercer Reich.

Bonhoeffer destacó muy pronto en los estudios de teología por sus innovadoras ideas acerca del cristianismo. De esto da prueba el hecho de que el teólogo Karl Barth calificara su tesis, con la que se doctoró a la edad de veintiún años con distinción summa cum laude, como un milagro teológico. Y es que el joven nacido en Breslau dio muestras muy tempranas de su vocación clerical. Siendo apenas un niño, jugaba a bautizar a sus hermanos ante los ojos atónitos de sus padres, y su decisión de estudiar teología no se hizo esperar. A los diecisiete años comienza su formación teológica en Tubinga y continúa en la Universidad de Berlín. Tras un periodo regentando la vicaría de la iglesia luterana de Barcelona, regresa a Berlín. A la prematura edad de veinticinco años es ordenado como pastor luterano. Bonhoeffer es considerado hoy como uno de los teólogos más relevantes del siglo XX.

Las ideas teológicas de Bonhoeffer destacan por su heterodoxia. El teólogo pretendía renovar una ya gastada imagen de Dios como producto de la ignorancia o la falta de progreso. Traer a Dios al centro de nuestra vida era una de sus preocupaciones fundamentales:

Veo de nuevo con toda claridad que no debemos utilizar a Dios como tapagujeros de nuestro conocimiento imperfecto. Porque entonces, si los límites del conocimiento van retrocediendo cada vez más, Dios irá retrocediendo con ellos… Dios ha de ser reconocido en medio de nuestra vida y no sólo en el límite de nuestras posibilidades.

Pero, además, Bonhoeffer pretendía promover un “cristianismo sin religión”, concepto que sigue intrigando a los teólogos. Seguramente el origen de esta inusual concepción del cristianismo era, precisamente, esa llamada a la acción social que impedía al teólogo de Breslau concebir las sagradas escrituras como un simple motivo para la especulación.

¡Sólo aquél que grite a favor de los judíos, también podrá entonar los cantos gregorianos!

Poner la palabra de Cristo en acción suponía enfrentarse a las injusticias de su tiempo, ante cuya envergadura la oración se le aparecía como algo necesario pero claramente insuficiente. En su Ética, escribió:

La iglesia permanecía muda, cuando tenía que haber gritado…La iglesia reconoce haber sido testigo del abuso de la violencia brutal, del sufrimiento físico y psíquico de un sinfín de inocentes […] sin haber alzado su voz por ellos…

Bonhoeffer se unió a la resistencia y luchó junto a sus compañeros hasta el 13 de marzo de 1943, día en que un compañero introdujo una bomba en el avión al que debía subir Adolf Hitler. El detonador falló, pero los acusados de participar en el intento de atentado fueron capturados.

Aunque todavía hoy existen dudas acerca de su participación directa, su actividad como opositor de la política nazi desempeñada en sus seminarios, y su estrecha relación con los opositores clandestinos de Hitler para derrocar el régimen, lo condujo irremediablemente a estar entre los acusados.

El clarividente teólogo fue arrestado en abril de 1943, y conducido el siete de febrero de 1944 al campo de concentración de Buchenwald, del que sería trasladado más tarde al de Flossenbürg. El 9 de abril de 1945, Bonhoeffer fue ejecutado en la horca. El doctor del campo, testigo de la ejecución, dejó testimonio del momento en estas palabras:

Se arrodilló a orar antes de subir los escalones del cadalso, valiente y sereno. En los cincuenta años que he trabajado como doctor nunca vi morir un hombre tan entregado a la voluntad de Dios.

Es posible que en su camino hacia el patíbulo una frase de su libro Seguimiento

atravesase su pensamiento: “Cuando Cristo llama a un hombre, le ofrece venir y

morir”.

Más allá de especulaciones, el testimonio de la historia ha conservado para nosotros las que posiblemente fueron sus últimas palabras.

Esto no es el fin para mí; es el comienzo de la vida.

Dietrich Bonhoeffer, considerado hoy mártir por la iglesia y una de las figuras clave del pensamiento ético del siglo XX, tenía 39 años.

Imagen: Bundesarchiv, Bild 183-R0211-316 – Creative Commons