Todos concedemos una gran importancia a la educación. Tal que cuando se suelen citar los problemas (o soluciones) de un país en desarrollo, generalmente la lista inicia con la educación. Desafortunadamente, en cuestión de políticas públicas, mucho se habla de educación desde un criterio cuantitativo, pero pocas veces so toca su calidad, y aún menos su enfoque.

La realidad, en muchos casos, es que la educación está orientada a incrustarnos en un sistema socioeconómico, y cultural, predominante. Si bien recibir educación incrementa las posibilidades de éxito dentro de este sistema, en muchos casos deja de lado el desarrollo individual de una persona –aquello que Jung llamaba la individuación.

Gracias a la teoría informática hoy disponemos de metáforas para describir procesos de aprendizaje que rayan en el adoctrinamiento y en la programación mental, mientras que confirmamos que somos seres miméticos y meméticos –no sólo a través de la imitación sino también de la transmisión de genes culturales (o memes). Además, sabemos que estamos embebidos en ambientes culturales que transmiten in-formación, la cual nos transforma.

El neurocientífico de la Universidad de Cal-Tech, John Lilly, acuñó el término “biocomputadora humana” para describir el cerebro humano, un órgano que, según su experiencia, está siendo constantemente programado –ante lo cual es necesario desprogramarlo.

Una de las herencias de la educación moderna –de la lógica aristotélica— tiene que ver con que nos dice que las cosas son de tal forma –y no de otra. El “es”, en su afirmación significa casi una identidad absoluta o una exclusividad ontológica –marginándonos del mundo de las paradojas por donde, como ejemplo, se mueve el taoísmo, el Zen y actualmente la física cuántica.

En palabras de Robert Anton Wilson:

”Es”, “es” “es” —la idiotez de esta palabra me persigue. Si fuera abolida, el pensamiento humano podría empezar a tener sentido. Yo no sé lo que “es” nada; solo sé lo que me parece a mí en este momento.

Otra de las consecuencias de esta lógica excluyente es que deviene en deber ser, en un imperativo, y en un mapa de cómo el mundo debe de ser, a lo cual debemos ajustarnos. Esto inhibe la duda y el autoconocimiento: emana una serie de reglas, un instructivo que seguir. A cambio podríamos tener una guía no para seguir tal o cual camino, sino para aprender a movernos por nosotros mismos en el espacio.

De acuerdo a lo anterior, encontramos en Aleister Crowley a un maestro impensado. Pocas figuras más controversiales que este ocultista británico, quien pese a todas las acusaciones de indecencia, siempre mantuvo, en el individualismo, una congruencia.

El siguiente podría ser un compromiso con la evolución que se renueva, un inspirador manual para la educación de los niños en las siguientes décadas:

Cada niño debe de desarrollar su propia individualidad y voluntad, sin considerar ideales ajenos […] La educación es asistir al alma a expresarse a sí misma. Respeta su individualidad. Preséntale la vida en todas sus manifestaciones para que la inspeccione, sin comentarla. […] Deja que sean testigos del nacimiento, el matrimonio y la muerte; deja que escuchen poesía, filosofía e historia; llama al aprendizaje pero no a la expresión articulada. Haz que enfrenten desfiladeros, olas, animales, encontrando su propia fórmula de conquista. Confía en la verdad en ellos sin descanso, con cuidado solo en hacer su amplitud comprensible; confía en que la usen […] Deja que los niños se eduquen a sí mismos a ser ellos mismos. Aquellos que los entrenan en estándares los lisian y deforman. Los ideales ajenos imponen perversiones parásitas. Cada niño es una Esfinge (nadie sabe su secreto más que ella misma).

Todos concedemos una gran importancia a la educación. Tal que cuando se suelen citar los problemas (o soluciones) de un país en desarrollo, generalmente la lista inicia con la educación. Desafortunadamente, en cuestión de políticas públicas, mucho se habla de educación desde un criterio cuantitativo, pero pocas veces so toca su calidad, y aún menos su enfoque.

La realidad, en muchos casos, es que la educación está orientada a incrustarnos en un sistema socioeconómico, y cultural, predominante. Si bien recibir educación incrementa las posibilidades de éxito dentro de este sistema, en muchos casos deja de lado el desarrollo individual de una persona –aquello que Jung llamaba la individuación.

Gracias a la teoría informática hoy disponemos de metáforas para describir procesos de aprendizaje que rayan en el adoctrinamiento y en la programación mental, mientras que confirmamos que somos seres miméticos y meméticos –no sólo a través de la imitación sino también de la transmisión de genes culturales (o memes). Además, sabemos que estamos embebidos en ambientes culturales que transmiten in-formación, la cual nos transforma.

El neurocientífico de la Universidad de Cal-Tech, John Lilly, acuñó el término “biocomputadora humana” para describir el cerebro humano, un órgano que, según su experiencia, está siendo constantemente programado –ante lo cual es necesario desprogramarlo.

Una de las herencias de la educación moderna –de la lógica aristotélica— tiene que ver con que nos dice que las cosas son de tal forma –y no de otra. El “es”, en su afirmación significa casi una identidad absoluta o una exclusividad ontológica –marginándonos del mundo de las paradojas por donde, como ejemplo, se mueve el taoísmo, el Zen y actualmente la física cuántica.

En palabras de Robert Anton Wilson:

”Es”, “es” “es” —la idiotez de esta palabra me persigue. Si fuera abolida, el pensamiento humano podría empezar a tener sentido. Yo no sé lo que “es” nada; solo sé lo que me parece a mí en este momento.

Otra de las consecuencias de esta lógica excluyente es que deviene en deber ser, en un imperativo, y en un mapa de cómo el mundo debe de ser, a lo cual debemos ajustarnos. Esto inhibe la duda y el autoconocimiento: emana una serie de reglas, un instructivo que seguir. A cambio podríamos tener una guía no para seguir tal o cual camino, sino para aprender a movernos por nosotros mismos en el espacio.

De acuerdo a lo anterior, encontramos en Aleister Crowley a un maestro impensado. Pocas figuras más controversiales que este ocultista británico, quien pese a todas las acusaciones de indecencia, siempre mantuvo, en el individualismo, una congruencia.

El siguiente podría ser un compromiso con la evolución que se renueva, un inspirador manual para la educación de los niños en las siguientes décadas:

Cada niño debe de desarrollar su propia individualidad y voluntad, sin considerar ideales ajenos […] La educación es asistir al alma a expresarse a sí misma. Respeta su individualidad. Preséntale la vida en todas sus manifestaciones para que la inspeccione, sin comentarla. […] Deja que sean testigos del nacimiento, el matrimonio y la muerte; deja que escuchen poesía, filosofía e historia; llama al aprendizaje pero no a la expresión articulada. Haz que enfrenten desfiladeros, olas, animales, encontrando su propia fórmula de conquista. Confía en la verdad en ellos sin descanso, con cuidado solo en hacer su amplitud comprensible; confía en que la usen […] Deja que los niños se eduquen a sí mismos a ser ellos mismos. Aquellos que los entrenan en estándares los lisian y deforman. Los ideales ajenos imponen perversiones parásitas. Cada niño es una Esfinge (nadie sabe su secreto más que ella misma).

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