En 1849, cuando contaba con 27 años, el novelista Gustave Flaubert emprendió un largo viaje de dos años junto a su amigo, el periodista Maxime du Camp, para conocer las antiguas culturas en su entorno local: el orientalismo estaba en su apogeo, y los jóvenes románticos miraban hacia Oriente buscando dejar atrás las guerras que tejían y destejían las fronteras de la vieja Europa.

Los viajes de Flaubert por Italia, Grecia, Jerusalén y Egipto quedaron registrados en la atmósfera de su novela Salammbô: una novela sensual y exótica, como la mirada europea sobre su patria espiritual, el Mediterráneo y la Antigüedad grecolatina. Pero su viaje a Egipto queda especialmente bien retratado en las cartas que envía a su madre, a su sobrina y a diversos amigos desde el Cairo, Carnac y otras ciudades a ambos lados del Nilo.

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En enero de 1950, por ejemplo, escribirá al doctor Jules Cloquet:

Henos, pues, en Egipto, tierra de los faraones, tierra de los Ptolomeos, patria de Cleopatra (como se dice en gran estilo). Aquí estamos y aquí vivimos con la cabeza más pelada que una rodilla, fumando en largas pipas y bebiendo el café recostados en divanes. ¿Qué decir de todo esto? ¿Qué quiere usted que yo le escriba? Apenas vuelvo en mí tras el primer aturdimiento.

Por fortuna, el “aturdimiento” sensorial del joven Flaubert será solamente retórico y pasajero, pues no hay palmera del Cairo, no hay vendedores de pan o dátiles que no reclamen del novelista una atención sostenida y alucinada. Egipto, y Oriente en general (aunque todo lo que no fuera Europa podía considerarse exotista u “oriental” en el tiempo de Flaubert) se veía como la promesa utópica de una Babel cosmopolita:

La gente se atropella, se empuja, se golpea, rueda por el suelo, maldice de todas las maneras, grita en todas las lenguas. Las roncas sílabas semíticas chasquean en el aire como latigazos; se roan todas las vestiduras de Oriente y se codea uno con todos sus pueblos (hablo aquí del Cairo.)

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Algunas descripciones son increíblemente hermosas, como esta de la famosa Esfinge, que vista a través de los ojos del autor de Madame Bovary, cobra una plasticidad y viveza notables:

La visión de la Esfinge Abu el-Hol (el Padre del Terror). La arena, las pirámides, la Esfinge, todo ello gris, disfruta de una gran tonalidad rosada; el cielo es de un azul brillante, las águilas revolotean lentamente alrededor de lo alto de las pirámides. Nos detenemos frente a la Esfinge, que fija su horrible mirada en nosotros; Maxime se queda blanco como el papel, temo que el vértigo pueda alcanzarme, e intento recuperar el dominio sobre mis facultades. Nos sentamos en la arena y encendemos nuestras pipas para contemplarla con calma. Sus ojos todavía parecen llenos de vida, el lado izquierdo teñido de blanco por los excrementos de pájaro (la cima de la pirámide de Kefrén tiene las mismas manchas largas y blancas); mira exactamente hacia el Este, su cabeza es gris, sus orejas son grandes y protuberantes como las de un negro, su cuello es más delgado y erosionado; desde el frente se eleva aún más grande ante ti, gracias a un gran hueco excavado en la arena bajo su pecho; su inexistente nariz aumenta el efecto plano y negroide. En cualquier caso, fue sin duda de etíope a juzgar por los gruesos labios.

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En 1849, cuando contaba con 27 años, el novelista Gustave Flaubert emprendió un largo viaje de dos años junto a su amigo, el periodista Maxime du Camp, para conocer las antiguas culturas en su entorno local: el orientalismo estaba en su apogeo, y los jóvenes románticos miraban hacia Oriente buscando dejar atrás las guerras que tejían y destejían las fronteras de la vieja Europa.

Los viajes de Flaubert por Italia, Grecia, Jerusalén y Egipto quedaron registrados en la atmósfera de su novela Salammbô: una novela sensual y exótica, como la mirada europea sobre su patria espiritual, el Mediterráneo y la Antigüedad grecolatina. Pero su viaje a Egipto queda especialmente bien retratado en las cartas que envía a su madre, a su sobrina y a diversos amigos desde el Cairo, Carnac y otras ciudades a ambos lados del Nilo.

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En enero de 1950, por ejemplo, escribirá al doctor Jules Cloquet:

Henos, pues, en Egipto, tierra de los faraones, tierra de los Ptolomeos, patria de Cleopatra (como se dice en gran estilo). Aquí estamos y aquí vivimos con la cabeza más pelada que una rodilla, fumando en largas pipas y bebiendo el café recostados en divanes. ¿Qué decir de todo esto? ¿Qué quiere usted que yo le escriba? Apenas vuelvo en mí tras el primer aturdimiento.

Por fortuna, el “aturdimiento” sensorial del joven Flaubert será solamente retórico y pasajero, pues no hay palmera del Cairo, no hay vendedores de pan o dátiles que no reclamen del novelista una atención sostenida y alucinada. Egipto, y Oriente en general (aunque todo lo que no fuera Europa podía considerarse exotista u “oriental” en el tiempo de Flaubert) se veía como la promesa utópica de una Babel cosmopolita:

La gente se atropella, se empuja, se golpea, rueda por el suelo, maldice de todas las maneras, grita en todas las lenguas. Las roncas sílabas semíticas chasquean en el aire como latigazos; se roan todas las vestiduras de Oriente y se codea uno con todos sus pueblos (hablo aquí del Cairo.)

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Algunas descripciones son increíblemente hermosas, como esta de la famosa Esfinge, que vista a través de los ojos del autor de Madame Bovary, cobra una plasticidad y viveza notables:

La visión de la Esfinge Abu el-Hol (el Padre del Terror). La arena, las pirámides, la Esfinge, todo ello gris, disfruta de una gran tonalidad rosada; el cielo es de un azul brillante, las águilas revolotean lentamente alrededor de lo alto de las pirámides. Nos detenemos frente a la Esfinge, que fija su horrible mirada en nosotros; Maxime se queda blanco como el papel, temo que el vértigo pueda alcanzarme, e intento recuperar el dominio sobre mis facultades. Nos sentamos en la arena y encendemos nuestras pipas para contemplarla con calma. Sus ojos todavía parecen llenos de vida, el lado izquierdo teñido de blanco por los excrementos de pájaro (la cima de la pirámide de Kefrén tiene las mismas manchas largas y blancas); mira exactamente hacia el Este, su cabeza es gris, sus orejas son grandes y protuberantes como las de un negro, su cuello es más delgado y erosionado; desde el frente se eleva aún más grande ante ti, gracias a un gran hueco excavado en la arena bajo su pecho; su inexistente nariz aumenta el efecto plano y negroide. En cualquier caso, fue sin duda de etíope a juzgar por los gruesos labios.

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