Uno de los rasgos más distintivos de las grandes obras de arte, de aquellas que podríamos considerar ya innegablemente clásicas en un concepto cercano al que Italo Calvino definió, es su inagotable capacidad de siempre decirnos algo nuevo.

En el caso de la ópera esto es sumamente patente. Desde hace unos años los teatros del mundo han sido testigos de audaces producciones que se atreven a jugar con el aspecto visual de este tipo de piezas, modificando a veces radicalmente los lineamientos establecidos por sus autores.

¿Por qué es posible hacer esto sin alterar el mensaje que transmiten estas óperas? Quizá porque su esencia no está del todo sujeta a las circunstancias y la contingencia, porque, como quiere cierta idea de humanismo, el genio del arte y del artista consiste en buena medida en recuperar esos elementos que permanecen inalterables en el ser humano, sin importar la época ni el lugar al que este pertenezca.

Este preámbulo sirve de algún modo para anunciar una nueva producción de Einstein on the Beach, la celebrada ópera de Philip Glass estrenada originalmente en 1975.

Aunque Glass es un compositor mucho más cercano a nosotros que aquellos que integran el canon operístico tradicional, su Einstein on the Beach solo ha conocido 4 temporadas de presentación, en la década los 70, los 80 (en el 84 y el 88), en 1992 (un tour que partió de Princeton a Frankfurt, Melbourne, Barcelona, Madrid, Tokio y París) y finalmente en el 2010.

En parte esto se explica por la estructura netamente vanguardista de la composición, fragmentaria, con un libreto que, a diferencia de lo usual, no sigue una estructura lineal, sino que está integrado por uno de los recursos más característicos de Glass, los “Knee Plays”, interludios o intermezzi de una vintena de minutos, orquestados con instrumentos como sintetizadores, órganos electros y saxofones, y textos que, en vez de diálogos, integran números, citas poéticas y sílabas de solfeo.

Así, en este contexto, la construcción de la historia queda en manos del espectador, una en la que la figura de Einstein, aunque presente en el titulo, parece también incidental y prescindible. Robert Wilson, colaborador de Glass en la creación y la primera puesta en escena de la ópera, declaró hace tiempo que, “en un sentido, no hay razón para contar una historia, porque ya la conocemos: cómo este hombre, que era un pacifista, también contribuyó en la división del átomo”.

De algún modo este es un asunto de narrativas. En el caso de Einstein on the Beach podría decirse, parafraseando el título de la novela de Milan Kundera, que la narrativa está en otro lado. Está en su impresionante aparato visual y arquitectónico, en la colaboración que Glass planeó hábilmente entre el espacio y la música, en la excentricidad del montaje y la voluntad de los cuerpos moviéndose sobre el escenario.

Y, como en todo rompecabezas intelectual, la recompensa es grata, ese placer que acompaña el desafío propio del enigma —mental y estético en el caso de Einstein on the Beach.

Uno de los rasgos más distintivos de las grandes obras de arte, de aquellas que podríamos considerar ya innegablemente clásicas en un concepto cercano al que Italo Calvino definió, es su inagotable capacidad de siempre decirnos algo nuevo.

En el caso de la ópera esto es sumamente patente. Desde hace unos años los teatros del mundo han sido testigos de audaces producciones que se atreven a jugar con el aspecto visual de este tipo de piezas, modificando a veces radicalmente los lineamientos establecidos por sus autores.

¿Por qué es posible hacer esto sin alterar el mensaje que transmiten estas óperas? Quizá porque su esencia no está del todo sujeta a las circunstancias y la contingencia, porque, como quiere cierta idea de humanismo, el genio del arte y del artista consiste en buena medida en recuperar esos elementos que permanecen inalterables en el ser humano, sin importar la época ni el lugar al que este pertenezca.

Este preámbulo sirve de algún modo para anunciar una nueva producción de Einstein on the Beach, la celebrada ópera de Philip Glass estrenada originalmente en 1975.

Aunque Glass es un compositor mucho más cercano a nosotros que aquellos que integran el canon operístico tradicional, su Einstein on the Beach solo ha conocido 4 temporadas de presentación, en la década los 70, los 80 (en el 84 y el 88), en 1992 (un tour que partió de Princeton a Frankfurt, Melbourne, Barcelona, Madrid, Tokio y París) y finalmente en el 2010.

En parte esto se explica por la estructura netamente vanguardista de la composición, fragmentaria, con un libreto que, a diferencia de lo usual, no sigue una estructura lineal, sino que está integrado por uno de los recursos más característicos de Glass, los “Knee Plays”, interludios o intermezzi de una vintena de minutos, orquestados con instrumentos como sintetizadores, órganos electros y saxofones, y textos que, en vez de diálogos, integran números, citas poéticas y sílabas de solfeo.

Así, en este contexto, la construcción de la historia queda en manos del espectador, una en la que la figura de Einstein, aunque presente en el titulo, parece también incidental y prescindible. Robert Wilson, colaborador de Glass en la creación y la primera puesta en escena de la ópera, declaró hace tiempo que, “en un sentido, no hay razón para contar una historia, porque ya la conocemos: cómo este hombre, que era un pacifista, también contribuyó en la división del átomo”.

De algún modo este es un asunto de narrativas. En el caso de Einstein on the Beach podría decirse, parafraseando el título de la novela de Milan Kundera, que la narrativa está en otro lado. Está en su impresionante aparato visual y arquitectónico, en la colaboración que Glass planeó hábilmente entre el espacio y la música, en la excentricidad del montaje y la voluntad de los cuerpos moviéndose sobre el escenario.

Y, como en todo rompecabezas intelectual, la recompensa es grata, ese placer que acompaña el desafío propio del enigma —mental y estético en el caso de Einstein on the Beach.

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