Seguramente muchos de nosotros, la mayoría, entendamos con facilidad la noción de “amor de verano”. Por varios motivos y a través de distintas vías, la idea se ha inscrito poco a poco pero indeleblemente en nuestra memoria colectiva. El cine, la música, ciertas series de televisión y, antes, algunas expresiones literarias, pictóricas y de otros ámbitos creativos vieron en el verano el momento justo para el florecimiento del amor, y acaso, más que de éste, de la pasión.

En efecto: a diferencia de la primavera, en que apenas nos da tiempo para sacudirnos la tiesura de los miembros dejada por el frío invernal, el verano es más bien un tiempo de éxtasis en el que la temperatura sube, alcanza su máximo y eleva a su vez el calor de los cuerpos.

En la Fábula de Polifemo y Galatea, por ejemplo, en donde hay una alusión a la época de la canícula (antiguamente la más candente del año), hay un momento en que el poema arriba a esta escena:

.

Arde la juventud, y los arados
Peinan las tierras que surcaron antes,
Mal conducidos, cuando no arrastrados,
De tardos bueyes cual su dueño errantes;
Sin pastor que los silbe, los ganados
Los crujidos ignoran resonantes
De las hondas, si en vez del pastor pobre
El céfiro no silba, o cruje el robre.

 .

Mudo la noche el can, el día dormido
De cerro en cerro y sombra en sombra yace.
Bala el ganado; al mísero balido,
Nocturno el lobo de las sombras nace.
Cébase —y fiero deja humedecido
En sangre de una lo que la otra pace.
¡Revoca, Amor, los silbos, o a su dueño,
El silencio del can siga y el sueño!

.

Incluso sin estar familiarizado con la poesía barroca de de Luis de Góngora, es posible imaginar la tensa pasividad que caracteriza al verano. El calor intenso hace que todo parezca inactivo, pero sólo porque los protagonistas del instante esperan la más mínima provocación para dar salida a su fogosidad. “Arde la juventud”, dice Góngora, y es como si ese ardor, paradójicamente, no buscara apagarse sino más bien avivarse más, amando.

“¿Puedo compararte con un día de verano?”, se preguntó Shakespeare, quien tampoco era ajeno a esta significación del estío como temporada propia para la vehemencia de las pasiones.

En la modernidad es interesante notar cómo esta idea se adaptó a los nuevos ciclos de vida (dominados sobre todo por la ocupación y el trabajo), en el marco de los cuales el verano es un paréntesis, el tiempo de las vacaciones en que la rutina cotidiana cede ante la opción de unos días o semanas de paseo y disfrute.

Quizá por eso, por su condición de excepción, es posible el “amor de verano”, un affaire que no dura más que el tiempo que pasamos a la orilla del mar antes de volver a nuestra ciudad y nuestro apartamento de decenas de metros cuadrados. La fugacidad es la naturaleza de esa pasión.

Hace poco, el blog Live Science publicó una entrada respecto de la pasión que parece emerger de manera especial en esta época del año. Desde una perspectiva científica, parece existir evidencia que apoya la idea de que hay una estimulación de la atracción o la necesidad sexual durante el verano, en especial psicológicamente.

Siguiendo el comportamiento observado en Facebook en cuanto a la relación de pareja, cierta tendencia indica que entre mayo y agosto ocurre un buen número de rompimientos en los grupos de edad de entre 25 y 45 años, un poco como si el ardor del verano empujara a las personas a querer la libertad necesaria para encontrar algo más.

Quizá las pruebas no sean tan contundentes como quisiéramos, pero acaso esto también se deba al carácter mismo del verano, que vuelve imprevisibles las decisiones a las que nos arriesgamos.

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Seguramente muchos de nosotros, la mayoría, entendamos con facilidad la noción de “amor de verano”. Por varios motivos y a través de distintas vías, la idea se ha inscrito poco a poco pero indeleblemente en nuestra memoria colectiva. El cine, la música, ciertas series de televisión y, antes, algunas expresiones literarias, pictóricas y de otros ámbitos creativos vieron en el verano el momento justo para el florecimiento del amor, y acaso, más que de éste, de la pasión.

En efecto: a diferencia de la primavera, en que apenas nos da tiempo para sacudirnos la tiesura de los miembros dejada por el frío invernal, el verano es más bien un tiempo de éxtasis en el que la temperatura sube, alcanza su máximo y eleva a su vez el calor de los cuerpos.

En la Fábula de Polifemo y Galatea, por ejemplo, en donde hay una alusión a la época de la canícula (antiguamente la más candente del año), hay un momento en que el poema arriba a esta escena:

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Arde la juventud, y los arados
Peinan las tierras que surcaron antes,
Mal conducidos, cuando no arrastrados,
De tardos bueyes cual su dueño errantes;
Sin pastor que los silbe, los ganados
Los crujidos ignoran resonantes
De las hondas, si en vez del pastor pobre
El céfiro no silba, o cruje el robre.

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Mudo la noche el can, el día dormido
De cerro en cerro y sombra en sombra yace.
Bala el ganado; al mísero balido,
Nocturno el lobo de las sombras nace.
Cébase —y fiero deja humedecido
En sangre de una lo que la otra pace.
¡Revoca, Amor, los silbos, o a su dueño,
El silencio del can siga y el sueño!

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Incluso sin estar familiarizado con la poesía barroca de de Luis de Góngora, es posible imaginar la tensa pasividad que caracteriza al verano. El calor intenso hace que todo parezca inactivo, pero sólo porque los protagonistas del instante esperan la más mínima provocación para dar salida a su fogosidad. “Arde la juventud”, dice Góngora, y es como si ese ardor, paradójicamente, no buscara apagarse sino más bien avivarse más, amando.

“¿Puedo compararte con un día de verano?”, se preguntó Shakespeare, quien tampoco era ajeno a esta significación del estío como temporada propia para la vehemencia de las pasiones.

En la modernidad es interesante notar cómo esta idea se adaptó a los nuevos ciclos de vida (dominados sobre todo por la ocupación y el trabajo), en el marco de los cuales el verano es un paréntesis, el tiempo de las vacaciones en que la rutina cotidiana cede ante la opción de unos días o semanas de paseo y disfrute.

Quizá por eso, por su condición de excepción, es posible el “amor de verano”, un affaire que no dura más que el tiempo que pasamos a la orilla del mar antes de volver a nuestra ciudad y nuestro apartamento de decenas de metros cuadrados. La fugacidad es la naturaleza de esa pasión.

Hace poco, el blog Live Science publicó una entrada respecto de la pasión que parece emerger de manera especial en esta época del año. Desde una perspectiva científica, parece existir evidencia que apoya la idea de que hay una estimulación de la atracción o la necesidad sexual durante el verano, en especial psicológicamente.

Siguiendo el comportamiento observado en Facebook en cuanto a la relación de pareja, cierta tendencia indica que entre mayo y agosto ocurre un buen número de rompimientos en los grupos de edad de entre 25 y 45 años, un poco como si el ardor del verano empujara a las personas a querer la libertad necesaria para encontrar algo más.

Quizá las pruebas no sean tan contundentes como quisiéramos, pero acaso esto también se deba al carácter mismo del verano, que vuelve imprevisibles las decisiones a las que nos arriesgamos.

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