“El placer no está en poseer a la persona. El placer consiste en esto: tener a un contendiente en la misma habitación contigo”, escribió Philip Roth en su novela La mancha humana (2000). Esto, si bien refleja una clara noción de equidad (tan anhelada por nuestro tiempo), denota también una relación de competencia entre ambos integrantes —una dinámica por cierto familiar para millones de personas—. Pero tal vez la verdadera revolución tendría que acercarnos al terreno de la generosidad, la compenetración y la colaboración: a la comprensión cabal de que hombre y mujer son también la misma cosa.

En la actualidad, la pareja sufre una metamorfosis nunca antes vista, transfiguración aún difícil de comprender de lleno por su naturaleza reciente y en constante mutación. Sin duda, la apertura de espacios de desarrollo (tan urgente y necesaria) para las mujeres, ha tenido un efecto esencial sobre la manera en que lo masculino y lo femenino se tocan y se comunican. Así, estas correspondencias, cuya historia es tan antigua como la humanidad misma, alcanzaron ya un punto sin retorno que se antoja, por lo menos, prometedor.

Nuestra búsqueda de equidad no sólo pasará a la historia como un momento clave en la evolución social y cultural del ser humano, también invoca una redefinición de lo que es (o debiera ser) lo femenino y lo masculino; en pocas palabras, hablamos de una transformación irreversible de la pareja, y de eso que llamamos amor.

En este punto es razonable preguntarnos cómo, en una época en la que se habla más de género que de amor, es posible recuperar lo atemporal, lo espiritual, lo trascendente e incluso lo mágico de ese sentimiento. Y es que el amor ha sido, desde que fue nombrado, la fuerza y semilla de lo más valioso entre todo aquello que llamamos “humano”.

¿Cómo recuperar, entonces, la tan preciada esencia del amor y su relación con lo divino en nuestro vertiginoso presente? Es una realidad que, como toda gran crisis, la actual revolución de los géneros es una espléndida oportunidad para reconfigurar el amor de pareja y llevarlo hacia un punto donde la la solidaridad sea la base para entender (y, tal vez, amar) las diferencias y las semejanzas que bellamente existen entre dos personas. En todo caso, y ante un paisaje incierto como lo es cualquier probable realidad, ojalá jamás dejemos de atender el llamado que emana del amor entre dos personas y que Maya Angelou condensó en esta preciosa invitación: “Ten el suficiente coraje para creer en el amor una vez más, y siempre una vez más”. 

Imagen: Dominio público

“El placer no está en poseer a la persona. El placer consiste en esto: tener a un contendiente en la misma habitación contigo”, escribió Philip Roth en su novela La mancha humana (2000). Esto, si bien refleja una clara noción de equidad (tan anhelada por nuestro tiempo), denota también una relación de competencia entre ambos integrantes —una dinámica por cierto familiar para millones de personas—. Pero tal vez la verdadera revolución tendría que acercarnos al terreno de la generosidad, la compenetración y la colaboración: a la comprensión cabal de que hombre y mujer son también la misma cosa.

En la actualidad, la pareja sufre una metamorfosis nunca antes vista, transfiguración aún difícil de comprender de lleno por su naturaleza reciente y en constante mutación. Sin duda, la apertura de espacios de desarrollo (tan urgente y necesaria) para las mujeres, ha tenido un efecto esencial sobre la manera en que lo masculino y lo femenino se tocan y se comunican. Así, estas correspondencias, cuya historia es tan antigua como la humanidad misma, alcanzaron ya un punto sin retorno que se antoja, por lo menos, prometedor.

Nuestra búsqueda de equidad no sólo pasará a la historia como un momento clave en la evolución social y cultural del ser humano, también invoca una redefinición de lo que es (o debiera ser) lo femenino y lo masculino; en pocas palabras, hablamos de una transformación irreversible de la pareja, y de eso que llamamos amor.

En este punto es razonable preguntarnos cómo, en una época en la que se habla más de género que de amor, es posible recuperar lo atemporal, lo espiritual, lo trascendente e incluso lo mágico de ese sentimiento. Y es que el amor ha sido, desde que fue nombrado, la fuerza y semilla de lo más valioso entre todo aquello que llamamos “humano”.

¿Cómo recuperar, entonces, la tan preciada esencia del amor y su relación con lo divino en nuestro vertiginoso presente? Es una realidad que, como toda gran crisis, la actual revolución de los géneros es una espléndida oportunidad para reconfigurar el amor de pareja y llevarlo hacia un punto donde la la solidaridad sea la base para entender (y, tal vez, amar) las diferencias y las semejanzas que bellamente existen entre dos personas. En todo caso, y ante un paisaje incierto como lo es cualquier probable realidad, ojalá jamás dejemos de atender el llamado que emana del amor entre dos personas y que Maya Angelou condensó en esta preciosa invitación: “Ten el suficiente coraje para creer en el amor una vez más, y siempre una vez más”. 

Imagen: Dominio público