Todos, al menos alguna vez, hemos estado enamorados, y todos hemos sentido como ese amor terminaba disolviéndose, dejándonos con la intranquilizadora certeza de haber estado frente a un mero espejismo. La frustración que deriva de todo proceso de desenamoramiento, esa desilusión radical, es una experiencia casi obligatoria en el camino de la vida.

Esa reincidente ceguera amorosa, que nos propulsa a encadenarnos a personas que más tarde se revelan inadecuadas para nosotros, fue un serio objeto de reflexión para Stendhal, de cuyo estudio derivaría su famosa teoría de la cristalización: el amor es un mero proceso alucinatorio mediante el cual proyectamos sobre aque que es objeto de nuestro amor, un sin fin de perfecciones ideales –siendo precisamente estas las que suscitan el amor.

José Ortega y Gasset retomará este tema en su Estudios sobre el amor, y lo hará precisamente introduciendo una duda más que razonable en la teoría stendhaliana. Para Ortega, Stendhal exagera “el poder de fraude que en el amor reside”. Según su punto de vista, la biografía del propio Stendhal revela el germen implícito en su teoría: Stendhal nunca amó verdaderamente y, lo que es más importante, nunca fue verdaderamente amado.

Comparando la vida de éste con la de Chautebriand, amante frenético y consagrado, Ortega hace resaltar el carácter biográfico en la teoría de la cristalización. Acusa a Stendhal de ser un simple “amador del amor”, y esa vena de idealismo es la que según el filósofo español introduce el mayor error de perspectiva en su teoría. Si Stendhal no amó ni fue amado de verdad, su experiencia sólo puede saber de falsos amores, que acabaron evaporándose, dejando como resto una melancólica advertencia.

Además, siendo seres esencialmente subjetivos y “proyectivos”, entonces dificílmente esta particularidad sería un factor decisivo de la pretendida falsedad del amor.

Al notar que a veces (el amor) miente calidades que, en realidad, no posee el ser amado, deberíamos preguntarnos si lo falsificado no es el amor mismo.

Si como piensa Stendhal el amor es una construcción de la subjetividad, que imagina perfecciones en el ser amado, entonces el enamoramiento implica una actividad excepcional de la conciencia. Ortega y Gasset se opondrá a esta concepción implícita. Para él, el “enamoramiento”- proceso que insiste en diferenciar del amor, “operación mucho más amplia y profunda”- es, muy al contrario, un estado de miseria mental. El enamoramiento presenta la peculiaridad de ser un estado de atención anormal sobre un objeto y, por lo tanto, de desatención de todos los demás. Ortega y Gasset llegará a calificar tal estado de “especie de imbecilidad transitoria”: “Sin anquilosamiento de la mente,…, no podríamos enamorarnos”, advierte.

En cambio, el entrelazamiento genuino entre dos almas es para Ortega y Gasset un fenómeno comparable a las experiencias místicas, en la que el alma del extático experimenta una unión indisoluble con Dios. La prueba de esta similitud residirá para Ortega en el vocabulario empleado normalmente en sendas experiencias anímicas: mientras que las experiencias místicas se valen del lenguaje erótico para ser narradas, las experiencias del enamoramiento se valen con frecuencia de expresiones religiosas.

Tanto para el enamorado como para el místico, la realidad se difumina: su nueva realidad estará constituida en adelante por una sola entidad: el amado o Dios.

Para todos aquellos que alguna vez experimentamos el final del enamoramiento, en el que la imagen del amado deviene una pálida sombra de lo que constituía en nuestro fervor inicial, nos queda la consolación de saber que, si bien aquello no fue más que mero producto de nuestra imaginación, supuso sin embargo un impagable aprendizaje para nuestro encuentro con lo verdadero.

Todo amor transita por la zona frenética del enamoramiento; pero en cambio, existe enamoramiento al cual no sigue auténtico amor. No confundamos pues, la parte con el todo.

¿Pero cómo saber entonces que estamos en camino al verdadero amor?

Hay muchos “amores” donde existe de todo menos autentico amor. Hay deseo, curiosidad, obstinación, manía, sincera ficción sentimental; pero no esa cálida afirmación del otro ser, cualquiera que sea su actitud para con nosotros.

Para Ortega la distancia puede poner a prueba las apariencias:

Quietos, a cien leguas del objeto, y aun sin que pensemos en él, si lo amamos, estaremos emanando hacia él una fluencia indefinible.

Por lo tanto, si ni el tiempo ni el espacio logran resquebrajar por completo nuestro amor, si éste tan solo adelgaza hasta convertirse en un finísimo hilo que recupera en el reencuentro su densidad original, entonces podemos estar seguros de que estamos ante un amor auténtico, a salvo ya de toda cristalización engañosa.

Todos, al menos alguna vez, hemos estado enamorados, y todos hemos sentido como ese amor terminaba disolviéndose, dejándonos con la intranquilizadora certeza de haber estado frente a un mero espejismo. La frustración que deriva de todo proceso de desenamoramiento, esa desilusión radical, es una experiencia casi obligatoria en el camino de la vida.

Esa reincidente ceguera amorosa, que nos propulsa a encadenarnos a personas que más tarde se revelan inadecuadas para nosotros, fue un serio objeto de reflexión para Stendhal, de cuyo estudio derivaría su famosa teoría de la cristalización: el amor es un mero proceso alucinatorio mediante el cual proyectamos sobre aque que es objeto de nuestro amor, un sin fin de perfecciones ideales –siendo precisamente estas las que suscitan el amor.

José Ortega y Gasset retomará este tema en su Estudios sobre el amor, y lo hará precisamente introduciendo una duda más que razonable en la teoría stendhaliana. Para Ortega, Stendhal exagera “el poder de fraude que en el amor reside”. Según su punto de vista, la biografía del propio Stendhal revela el germen implícito en su teoría: Stendhal nunca amó verdaderamente y, lo que es más importante, nunca fue verdaderamente amado.

Comparando la vida de éste con la de Chautebriand, amante frenético y consagrado, Ortega hace resaltar el carácter biográfico en la teoría de la cristalización. Acusa a Stendhal de ser un simple “amador del amor”, y esa vena de idealismo es la que según el filósofo español introduce el mayor error de perspectiva en su teoría. Si Stendhal no amó ni fue amado de verdad, su experiencia sólo puede saber de falsos amores, que acabaron evaporándose, dejando como resto una melancólica advertencia.

Además, siendo seres esencialmente subjetivos y “proyectivos”, entonces dificílmente esta particularidad sería un factor decisivo de la pretendida falsedad del amor.

Al notar que a veces (el amor) miente calidades que, en realidad, no posee el ser amado, deberíamos preguntarnos si lo falsificado no es el amor mismo.

Si como piensa Stendhal el amor es una construcción de la subjetividad, que imagina perfecciones en el ser amado, entonces el enamoramiento implica una actividad excepcional de la conciencia. Ortega y Gasset se opondrá a esta concepción implícita. Para él, el “enamoramiento”- proceso que insiste en diferenciar del amor, “operación mucho más amplia y profunda”- es, muy al contrario, un estado de miseria mental. El enamoramiento presenta la peculiaridad de ser un estado de atención anormal sobre un objeto y, por lo tanto, de desatención de todos los demás. Ortega y Gasset llegará a calificar tal estado de “especie de imbecilidad transitoria”: “Sin anquilosamiento de la mente,…, no podríamos enamorarnos”, advierte.

En cambio, el entrelazamiento genuino entre dos almas es para Ortega y Gasset un fenómeno comparable a las experiencias místicas, en la que el alma del extático experimenta una unión indisoluble con Dios. La prueba de esta similitud residirá para Ortega en el vocabulario empleado normalmente en sendas experiencias anímicas: mientras que las experiencias místicas se valen del lenguaje erótico para ser narradas, las experiencias del enamoramiento se valen con frecuencia de expresiones religiosas.

Tanto para el enamorado como para el místico, la realidad se difumina: su nueva realidad estará constituida en adelante por una sola entidad: el amado o Dios.

Para todos aquellos que alguna vez experimentamos el final del enamoramiento, en el que la imagen del amado deviene una pálida sombra de lo que constituía en nuestro fervor inicial, nos queda la consolación de saber que, si bien aquello no fue más que mero producto de nuestra imaginación, supuso sin embargo un impagable aprendizaje para nuestro encuentro con lo verdadero.

Todo amor transita por la zona frenética del enamoramiento; pero en cambio, existe enamoramiento al cual no sigue auténtico amor. No confundamos pues, la parte con el todo.

¿Pero cómo saber entonces que estamos en camino al verdadero amor?

Hay muchos “amores” donde existe de todo menos autentico amor. Hay deseo, curiosidad, obstinación, manía, sincera ficción sentimental; pero no esa cálida afirmación del otro ser, cualquiera que sea su actitud para con nosotros.

Para Ortega la distancia puede poner a prueba las apariencias:

Quietos, a cien leguas del objeto, y aun sin que pensemos en él, si lo amamos, estaremos emanando hacia él una fluencia indefinible.

Por lo tanto, si ni el tiempo ni el espacio logran resquebrajar por completo nuestro amor, si éste tan solo adelgaza hasta convertirse en un finísimo hilo que recupera en el reencuentro su densidad original, entonces podemos estar seguros de que estamos ante un amor auténtico, a salvo ya de toda cristalización engañosa.

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