Una vez dentro de una pareja, los límites entre dos personas pueden volverse borrosos. El difícil y hermoso balance entre libertad y compañerismo, completamente necesario para una relación amorosa cabal, debe superar una contradicción que siempre nos perseguirá: los seres humanos anhelamos tanto la intimidad como la individualidad, la independencia como la compañía. Así, el acto de dar espacio a la persona de la que más cerca queremos estar es, quizá, uno de los logros más difíciles que nace del trabajo interior, uno de los secretos para conservar y reinventar una y otra vez una relación amorosa. En una carta destinada al cadete y joven poeta Franz Xaver Kapus, Rainer Maria Rilke ofreció algunos de los consejos más sabios para encontrar el fino movimiento entre cercanía y distancia, algo capaz de salvar al amor de la autodestrucción.

Y es que si alguna vez existió un escritor que supo plasmar con palabras los secretos recovecos del sentir humano fue Rilke, y el volumen Cartas a un joven poeta, que reúne seis años de su correspondencia con Kapus, es una de las compilaciones más deslumbrantes y discretas de sabiduría humana que vio el siglo XX —una que, además, contiene sus poderosas recomendaciones para evolucionar a partir de la tristeza.

Hablando sobre la importancia de la soledad y su preponderante papel dentro de las relaciones humanas, Rilke escribió a su joven aprendiz:

Considero que la misión más elevada en la unión entre dos personas es que cada uno guarde la soledad del otro. Porque, a pesar de que en la naturaleza de la gente no hay un reconocimiento de la soledad, el amor y la amistad están ahí con el propósito constante de crear el espacio para esa soledad. Y esas son las cosas que pueden compartirse capaces de interrumpir rítmicamente periodos de aislamiento profundo.

Rilke también insistió sobre la importancia de la complicidad más profunda de una pareja:

Es importante en los matrimonios, a mi parecer, no crear una comunión de espíritus rápida que derribe y destruya todos los límites. Más bien, un buen matrimonio es aquel en el que uno designa guardián de su soledad al otro y le otorga esta confianza, la más grande que alguien es capaz de dar. La unión entre dos personas es una imposibilidad, y donde pareciera existir, resulta en un acto de estrechez, un acuerdo recíproco que roba a las dos partes su libertad y capacidad de desarrollo. Pero una vez que se acepta que la distancia infinita entre dos personas continúa existiendo, la posibilidad de una maravillosa vecindad puede surgir. Si se logra amar la distancia entre dos personas es posible para cada uno ver al otro de manera completa, ante un vasto cielo de fondo.

La metáfora del guardián de la soledad, como si ésta se tratase de un castillo o un tesoro, resulta brillante y nos deja ver la postura de Rilke ante la individualidad y su necesario respeto dentro de la pareja. Además, esta capacidad de guardar la soledad del otro, nos dice Rilke, es siempre una elección.

Para Rilke, el respeto por la soledad del otro es un principio también aplicable a cualquier tipo de relación humana, no solamente a las amorosas. Toda clase de compañía debiera plantearse de inicio como una vecindad solitaria, un acto de compartir el espacio de dos entes que están cerca, pero nunca se confunden. Cuando una persona se abandona a sí misma por estar en una relación se desconecta de sí, y si dos personas se abandonan para estar juntas, entonces no hay “piso bajo sus pies” y su relación es un caer persistente. Cuando esto sucede, la relación entre esas dos personas que alguna vez sólo desearon el bien para el otro puede volverse imperiosa e intolerante, regida por la impaciencia —algo que necesariamente la llevará a su final.

En cambio, cuando la relación entre dos personas se basa en la verdadera naturaleza de la vida —la transformación— sólo entonces puede ser exitosa:

La vida es, precisamente, la transformación de uno mismo, y las relaciones humanas, que son una parte de la vida, son la más mutable de todas, remontando y cayendo minuto a minuto, y los amantes son aquellos en cuya relación y contacto ningún momento se parece a otro.

A lo largo de toda la correspondencia entre Rilke y Kapus hay información invaluable que, como pequeñas joyas hechas de palabras, nos hablan con lucidez sobre las profundidades del sentimiento amoroso. En los extractos anteriores subyace la descripción de una de las cosas más difíciles a las que una pareja puede aspirar, el fino arte de lograr una relación en la que exista un equilibrio entre la libertad y la incondicionalidad:

Que un ser humano ame a otro es, probablemente, una de sus más difíciles conquistas, la más definitiva y última prueba, el trabajo para el cual todos los demás trabajos son solamente una preparación.

 

 

 

Imagen: Boston Public Library

Una vez dentro de una pareja, los límites entre dos personas pueden volverse borrosos. El difícil y hermoso balance entre libertad y compañerismo, completamente necesario para una relación amorosa cabal, debe superar una contradicción que siempre nos perseguirá: los seres humanos anhelamos tanto la intimidad como la individualidad, la independencia como la compañía. Así, el acto de dar espacio a la persona de la que más cerca queremos estar es, quizá, uno de los logros más difíciles que nace del trabajo interior, uno de los secretos para conservar y reinventar una y otra vez una relación amorosa. En una carta destinada al cadete y joven poeta Franz Xaver Kapus, Rainer Maria Rilke ofreció algunos de los consejos más sabios para encontrar el fino movimiento entre cercanía y distancia, algo capaz de salvar al amor de la autodestrucción.

Y es que si alguna vez existió un escritor que supo plasmar con palabras los secretos recovecos del sentir humano fue Rilke, y el volumen Cartas a un joven poeta, que reúne seis años de su correspondencia con Kapus, es una de las compilaciones más deslumbrantes y discretas de sabiduría humana que vio el siglo XX —una que, además, contiene sus poderosas recomendaciones para evolucionar a partir de la tristeza.

Hablando sobre la importancia de la soledad y su preponderante papel dentro de las relaciones humanas, Rilke escribió a su joven aprendiz:

Considero que la misión más elevada en la unión entre dos personas es que cada uno guarde la soledad del otro. Porque, a pesar de que en la naturaleza de la gente no hay un reconocimiento de la soledad, el amor y la amistad están ahí con el propósito constante de crear el espacio para esa soledad. Y esas son las cosas que pueden compartirse capaces de interrumpir rítmicamente periodos de aislamiento profundo.

Rilke también insistió sobre la importancia de la complicidad más profunda de una pareja:

Es importante en los matrimonios, a mi parecer, no crear una comunión de espíritus rápida que derribe y destruya todos los límites. Más bien, un buen matrimonio es aquel en el que uno designa guardián de su soledad al otro y le otorga esta confianza, la más grande que alguien es capaz de dar. La unión entre dos personas es una imposibilidad, y donde pareciera existir, resulta en un acto de estrechez, un acuerdo recíproco que roba a las dos partes su libertad y capacidad de desarrollo. Pero una vez que se acepta que la distancia infinita entre dos personas continúa existiendo, la posibilidad de una maravillosa vecindad puede surgir. Si se logra amar la distancia entre dos personas es posible para cada uno ver al otro de manera completa, ante un vasto cielo de fondo.

La metáfora del guardián de la soledad, como si ésta se tratase de un castillo o un tesoro, resulta brillante y nos deja ver la postura de Rilke ante la individualidad y su necesario respeto dentro de la pareja. Además, esta capacidad de guardar la soledad del otro, nos dice Rilke, es siempre una elección.

Para Rilke, el respeto por la soledad del otro es un principio también aplicable a cualquier tipo de relación humana, no solamente a las amorosas. Toda clase de compañía debiera plantearse de inicio como una vecindad solitaria, un acto de compartir el espacio de dos entes que están cerca, pero nunca se confunden. Cuando una persona se abandona a sí misma por estar en una relación se desconecta de sí, y si dos personas se abandonan para estar juntas, entonces no hay “piso bajo sus pies” y su relación es un caer persistente. Cuando esto sucede, la relación entre esas dos personas que alguna vez sólo desearon el bien para el otro puede volverse imperiosa e intolerante, regida por la impaciencia —algo que necesariamente la llevará a su final.

En cambio, cuando la relación entre dos personas se basa en la verdadera naturaleza de la vida —la transformación— sólo entonces puede ser exitosa:

La vida es, precisamente, la transformación de uno mismo, y las relaciones humanas, que son una parte de la vida, son la más mutable de todas, remontando y cayendo minuto a minuto, y los amantes son aquellos en cuya relación y contacto ningún momento se parece a otro.

A lo largo de toda la correspondencia entre Rilke y Kapus hay información invaluable que, como pequeñas joyas hechas de palabras, nos hablan con lucidez sobre las profundidades del sentimiento amoroso. En los extractos anteriores subyace la descripción de una de las cosas más difíciles a las que una pareja puede aspirar, el fino arte de lograr una relación en la que exista un equilibrio entre la libertad y la incondicionalidad:

Que un ser humano ame a otro es, probablemente, una de sus más difíciles conquistas, la más definitiva y última prueba, el trabajo para el cual todos los demás trabajos son solamente una preparación.

 

 

 

Imagen: Boston Public Library