Existe una casa en el pequeño pueblo de Saint-Jean-Cap-Ferrat, en la riviera francesa, que por asares del destino fue intervenida por algunos de los artistas más extraordinarios del siglo pasado. Como un homenaje a este singular proyecto, el multifacético Jean Cocteau hizo el cortometraje La Vila Santo Sospir (1952), una pequeña joya audiovisual sobre el proceso de creación colectiva que en este lugar sucedió.

La lujosa casa de playa pertenecía a Madame Francine Weisweiller, dama de la sociedad parisina y mecenas de varios artistas de entonces como Yves Saint-Laurent; también era la prima de Nicole Stéphane, quien actuó en la películas Les enfants terribles dirigida por Jean-Pierre Melville y basada en la novela homónima de Cocteau. De hecho fue Stéphane quien habría de presentar al artista y a la adinerada Weisweiller (quienes inmediatamente se agradaron) y comenzar, sin saberlo, esta curiosa historia.

En 1949, Madame Weisweiller invitó a Cocteau a visitar su casa en el sur de Francia. Una vez ahí, el artista se encontró deambulando por la lujosa mansión, hasta que un día, “cansado del ocio”, pidió permiso a su dueña para pintar la cabeza del dios griego Apolo encima de la chimenea de la sala de estar. Lo que parecía entonces una fugaz visita a la casa de una generosa conocida se convirtió en un proyecto que duraría 12 años, y que incluiría la colaboración de varios artistas para “tatuar” casi todas las paredes, puertas y techos de la Villa Santo Sospir.

La primera intervención fue un éxito y fue entonces cuando se decidió que Cocteau debía decorar todas las paredes de la casa, por insistencia de un colega: “si decoras el muro de una habitación, deberás hacerlo en todas”, sugirió a su amigo Henri Matisse, que terminó por contribuir en la decoración de la casa, como también lo hicieron Picasso y Chagall.

Este modernísimo cadáver exquisito y su creación son el tema central del cortometraje de 40 minutos de Jean Cocteau, quien regresaría ocho años después a filmar su última película El testamento de Orfeo. Se trata de la visita de esta casa narrada por su “tatuador”; en la extraña pieza cinematográfica, además, es posible disfrutar momentos que nos dejan conocer el sentido del humor y excéntrica personalidad de Cocteau.

Casi todas las imágenes que fueron delineadas en la casa provienen de la mitología griega, (como los mosaicos de la entrada, en los que es posible encontrar el rostro de Orfeo, o el cuarto de Madame Weisweiller, donde Cocteau dibujó a un pastor). Pero también fue decorada con motivos marinos y náuticos. La piel por las paredes, el cuerpo por la casa, la mansión tatuada por Cocteau y su amigos existe como testigo de una época, de un tiempo en el arte y de algunas de las mentes más poderosas de su era.

 

 

Imagen: Wikimedia Commons – Lapady

Existe una casa en el pequeño pueblo de Saint-Jean-Cap-Ferrat, en la riviera francesa, que por asares del destino fue intervenida por algunos de los artistas más extraordinarios del siglo pasado. Como un homenaje a este singular proyecto, el multifacético Jean Cocteau hizo el cortometraje La Vila Santo Sospir (1952), una pequeña joya audiovisual sobre el proceso de creación colectiva que en este lugar sucedió.

La lujosa casa de playa pertenecía a Madame Francine Weisweiller, dama de la sociedad parisina y mecenas de varios artistas de entonces como Yves Saint-Laurent; también era la prima de Nicole Stéphane, quien actuó en la películas Les enfants terribles dirigida por Jean-Pierre Melville y basada en la novela homónima de Cocteau. De hecho fue Stéphane quien habría de presentar al artista y a la adinerada Weisweiller (quienes inmediatamente se agradaron) y comenzar, sin saberlo, esta curiosa historia.

En 1949, Madame Weisweiller invitó a Cocteau a visitar su casa en el sur de Francia. Una vez ahí, el artista se encontró deambulando por la lujosa mansión, hasta que un día, “cansado del ocio”, pidió permiso a su dueña para pintar la cabeza del dios griego Apolo encima de la chimenea de la sala de estar. Lo que parecía entonces una fugaz visita a la casa de una generosa conocida se convirtió en un proyecto que duraría 12 años, y que incluiría la colaboración de varios artistas para “tatuar” casi todas las paredes, puertas y techos de la Villa Santo Sospir.

La primera intervención fue un éxito y fue entonces cuando se decidió que Cocteau debía decorar todas las paredes de la casa, por insistencia de un colega: “si decoras el muro de una habitación, deberás hacerlo en todas”, sugirió a su amigo Henri Matisse, que terminó por contribuir en la decoración de la casa, como también lo hicieron Picasso y Chagall.

Este modernísimo cadáver exquisito y su creación son el tema central del cortometraje de 40 minutos de Jean Cocteau, quien regresaría ocho años después a filmar su última película El testamento de Orfeo. Se trata de la visita de esta casa narrada por su “tatuador”; en la extraña pieza cinematográfica, además, es posible disfrutar momentos que nos dejan conocer el sentido del humor y excéntrica personalidad de Cocteau.

Casi todas las imágenes que fueron delineadas en la casa provienen de la mitología griega, (como los mosaicos de la entrada, en los que es posible encontrar el rostro de Orfeo, o el cuarto de Madame Weisweiller, donde Cocteau dibujó a un pastor). Pero también fue decorada con motivos marinos y náuticos. La piel por las paredes, el cuerpo por la casa, la mansión tatuada por Cocteau y su amigos existe como testigo de una época, de un tiempo en el arte y de algunas de las mentes más poderosas de su era.

 

 

Imagen: Wikimedia Commons – Lapady