Las artes del espacio se caracterizan por el reposo de una experiencia estética, en un lugar determinado y afortunado. Conviven con el ambiente embelleciéndolo, distinguiéndose mientras son profusamente retratadas. Estas artes fronterizas conviven con la arquitectura, se encargan de representar a la especie protagonista en el mundo, y engalanan las ciudades recordando sucesos, conmemorando sujetos o simplemente cumpliendo una función contemplativa.

La experiencia cotidiana se enriquece con el sentido natural que existe, desde hace siglos, en el acto de embellecer las ciudades: desde las calles de Grecia, la Italia del renacimiento, hasta la América Colonial y las piezas ambientales del siglo XXI, el arte ha ido encontrando la experiencia pública muy gratificante, y lo seguirá siendo en las hazañas del arte futuro.

La lógica existente detrás del acto de abandonar el caballete para embestir el muro, mantener lejos el pedestal y procurar las fuentes y plazas públicas, tiene sentido en cuanto a la masificación de la experiencia estética. Los materiales modernos y las rupturas de las formas clásicas, posibilitan un arte público deslumbrante e incluyente en muchos casos. Las experiencias tecnológicas en este terreno son muy bien recibidas, el despliegue de luces, láser y proyecciones de video, son el deleite de las ciudades que se han convertido en el estudio de los artistas.

Los beneficios sociales del arte público son conocidos principalmente, por quien procura acercarse y disfrutar de transitar y vivir la pieza. En torno al hecho de socializar la creación podrían aplicarse incontables ejercicios sociales profundos e inspiradores. Si bien el arte público es una experiencia estética significativa, las posibilidades que existen en el acto de propiciar el empoderamiento creativo, por parte del mismo publico que se para frente a una obra de carácter urbano o natural, son de verdad transgresoras.

El término es utilizado por Adolfo Sánchez Vázquez en el ensayo “Socialización de la creación o muerte del arte.” El autor ahonda en las posibilidades que se abren a la hora de crear una obra abierta, que el artista no concluye, sino que solo inaugura, y que su posterior transformación corresponde al público. La experiencia socializante también se propicia con talleres y platicas de profesionales, con el ánimo de motivar e inspirar formas de creación mutable y accesible para el público. En este caso el artista es un guía, o un investigador de las formas creativas, y el público se transforman en creador. El artista no es el único capacitado o licenciado para ejercer el acto creativo.

Procuremos prácticas inspiradoras que contagien la creatividad desde el espacio público  a la intimidad del momento privado, una transformación segura y profunda de las sociedades y los individuos.

Las artes del espacio se caracterizan por el reposo de una experiencia estética, en un lugar determinado y afortunado. Conviven con el ambiente embelleciéndolo, distinguiéndose mientras son profusamente retratadas. Estas artes fronterizas conviven con la arquitectura, se encargan de representar a la especie protagonista en el mundo, y engalanan las ciudades recordando sucesos, conmemorando sujetos o simplemente cumpliendo una función contemplativa.

La experiencia cotidiana se enriquece con el sentido natural que existe, desde hace siglos, en el acto de embellecer las ciudades: desde las calles de Grecia, la Italia del renacimiento, hasta la América Colonial y las piezas ambientales del siglo XXI, el arte ha ido encontrando la experiencia pública muy gratificante, y lo seguirá siendo en las hazañas del arte futuro.

La lógica existente detrás del acto de abandonar el caballete para embestir el muro, mantener lejos el pedestal y procurar las fuentes y plazas públicas, tiene sentido en cuanto a la masificación de la experiencia estética. Los materiales modernos y las rupturas de las formas clásicas, posibilitan un arte público deslumbrante e incluyente en muchos casos. Las experiencias tecnológicas en este terreno son muy bien recibidas, el despliegue de luces, láser y proyecciones de video, son el deleite de las ciudades que se han convertido en el estudio de los artistas.

Los beneficios sociales del arte público son conocidos principalmente, por quien procura acercarse y disfrutar de transitar y vivir la pieza. En torno al hecho de socializar la creación podrían aplicarse incontables ejercicios sociales profundos e inspiradores. Si bien el arte público es una experiencia estética significativa, las posibilidades que existen en el acto de propiciar el empoderamiento creativo, por parte del mismo publico que se para frente a una obra de carácter urbano o natural, son de verdad transgresoras.

El término es utilizado por Adolfo Sánchez Vázquez en el ensayo “Socialización de la creación o muerte del arte.” El autor ahonda en las posibilidades que se abren a la hora de crear una obra abierta, que el artista no concluye, sino que solo inaugura, y que su posterior transformación corresponde al público. La experiencia socializante también se propicia con talleres y platicas de profesionales, con el ánimo de motivar e inspirar formas de creación mutable y accesible para el público. En este caso el artista es un guía, o un investigador de las formas creativas, y el público se transforman en creador. El artista no es el único capacitado o licenciado para ejercer el acto creativo.

Procuremos prácticas inspiradoras que contagien la creatividad desde el espacio público  a la intimidad del momento privado, una transformación segura y profunda de las sociedades y los individuos.

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