Il n’y a peut-être pas de jours de notre enfance que nous ayons si pleinement vécus que ceux que nous avons cru laisser sans les vivre, ceux que nous avons passés avec un livre préféré.

Marcel Proust, Sur la lecture

En su emotiva charla sobre Las mil y una noches (Buenos Aires, 22 de junio 1977), Borges señala este legendario libro como una de las fuentes más poderosas e indelebles de la idea que el mundo tiene sobre el Oriente.

Para los occidentales, Oriente es incluso ahora una palabra rodeada de magia y enigmas, un territorio ambiguo y en buena medida imaginario que a la distancia ha nutrido sus ensoñaciones sobre lo exótico y lo distinto. Oriente es lugar de oasis y talismanes, de criaturas monstruosas, genios encerrados en botellas, palacios que aparecen y desaparecen de una noche a otra, islas con árboles que dan joyas como frutos y otras fantasías que en no pocas ocasiones tienen un origen común: El libro de las mil y una noches.

Esta colección, una de las más emblemáticas de la literatura popular, aquella que por mucho tiempo se transmitió de boca en boca antes de quedar fijada como texto escrito, tiene su origen en India y en Egipto y también en las antiguas Persia y Mesopotamia, regiones que solo de nombrarlas despiertan ya nuestra imaginación más entrañable.

Por pertenecer a un tiempo anterior a la Historia misma, una etapa previa que algo tiene de paradisiaca y no solo por su antigüedad, los cuentos de Las mil y una noches se encuentran íntimamente asociados al placer de nuestras primeras lecturas. Parte importante de su encanto, de su hechizo sobre los lectores, es su capacidad para trasladarnos de lleno a esa zona de excepción donde la magia es posible y aún más que eso: cotidiana y necesaria, una experiencia que de algún modo siempre que sucede, sucede por primera vez, por milagrosa y extraordinaria.

Quizá por eso las particularidades históricas de este libro importan un poco menos en comparación con sus efectos sobre nuestra conciencia cultural colectiva. Las mil y una noches bien podría tomarse como un salvoconducto de una sociedad secreta de desconocidos hermanados por su lectura, el pase a una tierra fantástica que se descubre detrás de una puerta común y corriente, una con la que nos cruzábamos todos los días hasta aquel en que finalmente advertimos su presencia y nos decidimos a cruzarla, sin saber que seríamos convertidos de lleno y para siempre al culto del asombro incesante.

Por múltiples razones, entre ellas las anteriormente expuestas aquí, podríamos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la lectura transgeneracional, milenaria, de las historias contenidas en este, el arcón de imaginación literaria por excelencia, devino en la construcción de uno de los territorios fantásticos mejor labrados a los que el hombre haya tenido acceso.

Il n’y a peut-être pas de jours de notre enfance que nous ayons si pleinement vécus que ceux que nous avons cru laisser sans les vivre, ceux que nous avons passés avec un livre préféré.

Marcel Proust, Sur la lecture

En su emotiva charla sobre Las mil y una noches (Buenos Aires, 22 de junio 1977), Borges señala este legendario libro como una de las fuentes más poderosas e indelebles de la idea que el mundo tiene sobre el Oriente.

Para los occidentales, Oriente es incluso ahora una palabra rodeada de magia y enigmas, un territorio ambiguo y en buena medida imaginario que a la distancia ha nutrido sus ensoñaciones sobre lo exótico y lo distinto. Oriente es lugar de oasis y talismanes, de criaturas monstruosas, genios encerrados en botellas, palacios que aparecen y desaparecen de una noche a otra, islas con árboles que dan joyas como frutos y otras fantasías que en no pocas ocasiones tienen un origen común: El libro de las mil y una noches.

Esta colección, una de las más emblemáticas de la literatura popular, aquella que por mucho tiempo se transmitió de boca en boca antes de quedar fijada como texto escrito, tiene su origen en India y en Egipto y también en las antiguas Persia y Mesopotamia, regiones que solo de nombrarlas despiertan ya nuestra imaginación más entrañable.

Por pertenecer a un tiempo anterior a la Historia misma, una etapa previa que algo tiene de paradisiaca y no solo por su antigüedad, los cuentos de Las mil y una noches se encuentran íntimamente asociados al placer de nuestras primeras lecturas. Parte importante de su encanto, de su hechizo sobre los lectores, es su capacidad para trasladarnos de lleno a esa zona de excepción donde la magia es posible y aún más que eso: cotidiana y necesaria, una experiencia que de algún modo siempre que sucede, sucede por primera vez, por milagrosa y extraordinaria.

Quizá por eso las particularidades históricas de este libro importan un poco menos en comparación con sus efectos sobre nuestra conciencia cultural colectiva. Las mil y una noches bien podría tomarse como un salvoconducto de una sociedad secreta de desconocidos hermanados por su lectura, el pase a una tierra fantástica que se descubre detrás de una puerta común y corriente, una con la que nos cruzábamos todos los días hasta aquel en que finalmente advertimos su presencia y nos decidimos a cruzarla, sin saber que seríamos convertidos de lleno y para siempre al culto del asombro incesante.

Por múltiples razones, entre ellas las anteriormente expuestas aquí, podríamos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la lectura transgeneracional, milenaria, de las historias contenidas en este, el arcón de imaginación literaria por excelencia, devino en la construcción de uno de los territorios fantásticos mejor labrados a los que el hombre haya tenido acceso.

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