The biggest adventure waits for us in the streets where we grew up.

– G. K. Chesterton

 

Las islas que ilustra este bello y singular atlas existen en lugares remotos, como remota es su propia existencia. Se trata de uno de los libros más bellos que se hayan impreso recientemente, del retrato geográfico y literario de “50 islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré” –con todas las implicaciones que esto sugiere.

El Atlas de islas remotas, de Judith Schalansky, es una especie de bestiario o catálogo, que contiene mapas, dibujados por la autora, y se acompañan de datos como el nombre de la isla, número de habitantes, la distancia a la que se encuentra de otros territorios y una línea del tiempo con los sucesos históricos más relevantes. Finalmente, cada una de estas pequeñas manchas en medio del mar inconmensurable presume historias breves que en ellas sucedieron o están sucediendo.

Entre paralelos, meridianos, descripciones de orografía, hidrografía y otros datos históricos y geográficos, yacen estas pequeñísimas islas que en los atlas convencionales aparecen magnificadas en recuadros inferiores, como enfatizando su insignificancia.  Cuerpos de tierra que son como fantasmas, cuya presencia es poco relevante en contraste con las dimensiones que atraen el interés de las personas. Pero aquí se registran historias llenas de melancolía, soledad, desgracia y silencio; es importante aclarar que la mayor parte de estas narraciones no son por ningún motivo paradisíacas sino más bien aterradoras, incluso descarnadas.

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Lo que pareciera un atlas de bolsillo, entonces, se convierte en un compendio de naufragios, locura en cárceles coloniales, utopías y expediciones fallidas, desventuras en territorios estériles, cuentos de canibalismo, violación y asesinato, objetos del delirio de conquistadores trastornados, hogar de desastres ecológicos y nucleares; porque es cierto que, a nuestro pesar, no existe jardín del Edén que no haya sido tocado por las más aterradoras pasiones humanas –y si existe, es nuestro desconocimiento su principal protector.

Las 50 islas son descritas como escenarios singulares, micromundos, quizá por su lejanía o quizá por lo exótico de su esencia: lo que sucede en una isla remota casi siempre merece ser narrado. Una isla puede ser el paraíso o el infierno, asegura Schalansky en su bellísimo prefacio. En estos lugares los hechos no pueden ser separados de la ficción, la leyenda y el mito. Sobre la veracidad de los sucesos contados en el libro ella advierte que a pesar de que provienen de fuentes bibliográficas confiables, es y será imposible confirmarlos –lo cual en realidad no es necesario.

Un lugar nace cuando es nombrado, sostiene la escritora alemana, o lo que es lo mismo, la isla empieza a existir cuando el primer hombre la encuentra en el horizonte y dice su nombre (incluso cuando este no coincida con el que sus habitantes le han asignado originalmente). Así, este volumen también nos invita a cuestionar el colonialismo que durante siglos, y hasta el día de hoy, enciende las ambiciones humanas.

atlas
Entre las islas que nos esperan en este atlas mencionaremos un par, por ejemplo la isla de Pitcairn, habitada por 48 personas, lugar donde a finales del siglo XVIII se quedó varado un grupo de rebeldes del Imperio Británico y sus esposas raptadas en Tahití. También está Tikopia, de casi 5 kilómetros cuadrados, donde la población jamás debe crecer (cuando esto sucede, las mujeres solteras se suicidan), pues sólo se produce suficiente alimento para mantener vivos a 1,200 seres humanos; la isla de Pascua, donde los árboles ya no crecen por la sequía y devastación causada por sus habitantes, o a la isla Decepción, nombrada así por no poder satisfacer el hambre y la sed de Magallanes y su tripulación. Clipperton, Santa Kilda, Iwo Jima, la isla del Oso y Soledad, al igual que las otras 41, también tienen sus historias, dignas de ser escuchadas.

Judith Schalansky nació en la Alemania del Este y durante mucho tiempo su única forma de viajar fue acariciando con el dedo índice la superficie de los mapas y globos terráqueos a su alcance, un acto que ella describe como profundamente erótico, lleno de deseo. Las islas del Atlas de las islas remotas nunca fueron visitadas por la escritora, fueron seleccionadas desde la Biblioteca Estatal de Berlín; este hecho nos obliga a repensar el significado del viaje y qué tan necesario es desplazarnos en el espacio físico para hacerlo; de ahí la belleza y la profunda poesía de este libro. Tal vez, en un mundo de veloces aviones y mapas satelitales, viajar podría volverse un acto hermoso y valientemente metafísico.

 

*Imágenes: 1) Edward Gennys Fanshawe, Pitcairn’s Island, Augt 12th 1849; 2) video: Michael Mills; 2) goodreads

The biggest adventure waits for us in the streets where we grew up.

– G. K. Chesterton

 

Las islas que ilustra este bello y singular atlas existen en lugares remotos, como remota es su propia existencia. Se trata de uno de los libros más bellos que se hayan impreso recientemente, del retrato geográfico y literario de “50 islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré” –con todas las implicaciones que esto sugiere.

El Atlas de islas remotas, de Judith Schalansky, es una especie de bestiario o catálogo, que contiene mapas, dibujados por la autora, y se acompañan de datos como el nombre de la isla, número de habitantes, la distancia a la que se encuentra de otros territorios y una línea del tiempo con los sucesos históricos más relevantes. Finalmente, cada una de estas pequeñas manchas en medio del mar inconmensurable presume historias breves que en ellas sucedieron o están sucediendo.

Entre paralelos, meridianos, descripciones de orografía, hidrografía y otros datos históricos y geográficos, yacen estas pequeñísimas islas que en los atlas convencionales aparecen magnificadas en recuadros inferiores, como enfatizando su insignificancia.  Cuerpos de tierra que son como fantasmas, cuya presencia es poco relevante en contraste con las dimensiones que atraen el interés de las personas. Pero aquí se registran historias llenas de melancolía, soledad, desgracia y silencio; es importante aclarar que la mayor parte de estas narraciones no son por ningún motivo paradisíacas sino más bien aterradoras, incluso descarnadas.

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Lo que pareciera un atlas de bolsillo, entonces, se convierte en un compendio de naufragios, locura en cárceles coloniales, utopías y expediciones fallidas, desventuras en territorios estériles, cuentos de canibalismo, violación y asesinato, objetos del delirio de conquistadores trastornados, hogar de desastres ecológicos y nucleares; porque es cierto que, a nuestro pesar, no existe jardín del Edén que no haya sido tocado por las más aterradoras pasiones humanas –y si existe, es nuestro desconocimiento su principal protector.

Las 50 islas son descritas como escenarios singulares, micromundos, quizá por su lejanía o quizá por lo exótico de su esencia: lo que sucede en una isla remota casi siempre merece ser narrado. Una isla puede ser el paraíso o el infierno, asegura Schalansky en su bellísimo prefacio. En estos lugares los hechos no pueden ser separados de la ficción, la leyenda y el mito. Sobre la veracidad de los sucesos contados en el libro ella advierte que a pesar de que provienen de fuentes bibliográficas confiables, es y será imposible confirmarlos –lo cual en realidad no es necesario.

Un lugar nace cuando es nombrado, sostiene la escritora alemana, o lo que es lo mismo, la isla empieza a existir cuando el primer hombre la encuentra en el horizonte y dice su nombre (incluso cuando este no coincida con el que sus habitantes le han asignado originalmente). Así, este volumen también nos invita a cuestionar el colonialismo que durante siglos, y hasta el día de hoy, enciende las ambiciones humanas.

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Entre las islas que nos esperan en este atlas mencionaremos un par, por ejemplo la isla de Pitcairn, habitada por 48 personas, lugar donde a finales del siglo XVIII se quedó varado un grupo de rebeldes del Imperio Británico y sus esposas raptadas en Tahití. También está Tikopia, de casi 5 kilómetros cuadrados, donde la población jamás debe crecer (cuando esto sucede, las mujeres solteras se suicidan), pues sólo se produce suficiente alimento para mantener vivos a 1,200 seres humanos; la isla de Pascua, donde los árboles ya no crecen por la sequía y devastación causada por sus habitantes, o a la isla Decepción, nombrada así por no poder satisfacer el hambre y la sed de Magallanes y su tripulación. Clipperton, Santa Kilda, Iwo Jima, la isla del Oso y Soledad, al igual que las otras 41, también tienen sus historias, dignas de ser escuchadas.

Judith Schalansky nació en la Alemania del Este y durante mucho tiempo su única forma de viajar fue acariciando con el dedo índice la superficie de los mapas y globos terráqueos a su alcance, un acto que ella describe como profundamente erótico, lleno de deseo. Las islas del Atlas de las islas remotas nunca fueron visitadas por la escritora, fueron seleccionadas desde la Biblioteca Estatal de Berlín; este hecho nos obliga a repensar el significado del viaje y qué tan necesario es desplazarnos en el espacio físico para hacerlo; de ahí la belleza y la profunda poesía de este libro. Tal vez, en un mundo de veloces aviones y mapas satelitales, viajar podría volverse un acto hermoso y valientemente metafísico.

 

*Imágenes: 1) Edward Gennys Fanshawe, Pitcairn’s Island, Augt 12th 1849; 2) video: Michael Mills; 2) goodreads