Antes de la publicación de De humani corporis fabrica, de Andreas Vesalius, en 1543, el trabajo de un profesor de anatomía era comentar desde la altura de su “silla” sobre los escritos de Galeno mientras, abajo, sus asistentes diseccionaban un cuerpo. Los estudiantes nunca manipulaban un cadáver. En otras palabras, desde la Edad Media no había habido avances en esta materia y el cuerpo humano era visto, a grandes rasgos, como un desastre de sangre y tejidos. La aparición de De humani no sólo fue una de las contribuciones más importantes para las ciencias medicas; más aún, entró en la categoría de los libros más bellos del siglo XVI, con un lugar asegurado en los anales del arte del grabado en madera. Los relieves, cabe decir, dotaban de “carnalidad” a la exactitud anatómica.

Con apenas 28 años, Vesalius ya había regresado a la palabra “autopsia” su significado original de “ver por uno mismo”; era un pionero del espíritu científico. En las casi 700 páginas impecablemente impresas, hay más de 300 ilustraciones originales del más alto mérito, que mandó hacer al taller de Tiziano en Venecia. De humani corporis fabrica, literalmente “De la fábrica del cuerpo humano”, estaba hecho para complementar el anacrónico estudio del cuerpo y sobre todo para que los estudiantes entendieran lo que después verían por sí mismos en la mesa de autopsias.

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Para ayudarlos a dar ese salto cognitivo hacia entender la extrañeza del cuerpo Vesalius recurrió a la metáfora y la analogía, probablemente los más fascinantes recursos del conocimiento. Describió músculos con imágenes de peces, una pirámide, la letra C, y otras partes con cuernos, redes, ríos, calabazas, jarras de leche o troncos de árboles. Vio las venas y arterias como tuberías, el fluido sinovial como aceite y el esqueleto como las varillas y estructura de una casa. Dibujó calles en el sistema digestivo, una bodega en el estómago y poleas en los ligamentos. ¿Qué estudiante no iba a memorizar tan descabelladas y a la vez lógicas imágenes?

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La metáfora del cuerpo entró de lleno al reino de los signos. Sus partes anatómicas también estaban numeradas o, más bien dicho, alfabetizadas, para dar a entender que el cuerpo es un lenguaje. Pero sus figuras nunca pierden expresiones de la más alta emocionalidad, como apunta Heather McHugh en el que es posiblemente el texto más bello que se ha escrito al respecto. En De humani incluso el más potente de los gestos musculares lleva en sí un signo de espíritu. Entre más tiempo se observan las imágenes, menos se pueden dejar de ver.

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Nos conocemos a nosotros mismos a través de esta bellísima cartografía que hace un striptease de la ciencia anatómica. El ser que se parece al mundo está hecho del mundo, nos dicen las metáforas de Vesalius, que llegaron como un aire de frescura después de la Edad Media. Después de todo, cambiar la metáfora del cuerpo es cambiar la historia.

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Antes de la publicación de De humani corporis fabrica, de Andreas Vesalius, en 1543, el trabajo de un profesor de anatomía era comentar desde la altura de su “silla” sobre los escritos de Galeno mientras, abajo, sus asistentes diseccionaban un cuerpo. Los estudiantes nunca manipulaban un cadáver. En otras palabras, desde la Edad Media no había habido avances en esta materia y el cuerpo humano era visto, a grandes rasgos, como un desastre de sangre y tejidos. La aparición de De humani no sólo fue una de las contribuciones más importantes para las ciencias medicas; más aún, entró en la categoría de los libros más bellos del siglo XVI, con un lugar asegurado en los anales del arte del grabado en madera. Los relieves, cabe decir, dotaban de “carnalidad” a la exactitud anatómica.

Con apenas 28 años, Vesalius ya había regresado a la palabra “autopsia” su significado original de “ver por uno mismo”; era un pionero del espíritu científico. En las casi 700 páginas impecablemente impresas, hay más de 300 ilustraciones originales del más alto mérito, que mandó hacer al taller de Tiziano en Venecia. De humani corporis fabrica, literalmente “De la fábrica del cuerpo humano”, estaba hecho para complementar el anacrónico estudio del cuerpo y sobre todo para que los estudiantes entendieran lo que después verían por sí mismos en la mesa de autopsias.

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Para ayudarlos a dar ese salto cognitivo hacia entender la extrañeza del cuerpo Vesalius recurrió a la metáfora y la analogía, probablemente los más fascinantes recursos del conocimiento. Describió músculos con imágenes de peces, una pirámide, la letra C, y otras partes con cuernos, redes, ríos, calabazas, jarras de leche o troncos de árboles. Vio las venas y arterias como tuberías, el fluido sinovial como aceite y el esqueleto como las varillas y estructura de una casa. Dibujó calles en el sistema digestivo, una bodega en el estómago y poleas en los ligamentos. ¿Qué estudiante no iba a memorizar tan descabelladas y a la vez lógicas imágenes?

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La metáfora del cuerpo entró de lleno al reino de los signos. Sus partes anatómicas también estaban numeradas o, más bien dicho, alfabetizadas, para dar a entender que el cuerpo es un lenguaje. Pero sus figuras nunca pierden expresiones de la más alta emocionalidad, como apunta Heather McHugh en el que es posiblemente el texto más bello que se ha escrito al respecto. En De humani incluso el más potente de los gestos musculares lleva en sí un signo de espíritu. Entre más tiempo se observan las imágenes, menos se pueden dejar de ver.

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Nos conocemos a nosotros mismos a través de esta bellísima cartografía que hace un striptease de la ciencia anatómica. El ser que se parece al mundo está hecho del mundo, nos dicen las metáforas de Vesalius, que llegaron como un aire de frescura después de la Edad Media. Después de todo, cambiar la metáfora del cuerpo es cambiar la historia.

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