A raíz de la celebración en la universidad de Bilbao de la entrega del honoris causa al eximio Ernst Junger, un grupo de pensadores tuvo la oportunidad de entrevistar al que era considerado en aquel momento uno de los cien mayores genios vivos del mundo, Albert Hofmann.

Desde su tesis doctoral, Hofmann había dado muestras de un talento excepcional al descubrir la estructura  química de la quitina, material del que está compuesto las garras, caparazones y alas de algunos insectos y otros animales. Posteriormente, el científico logró una gran reputación al descubrir nuevos analgésicos y tranquilizantes para el departamento químico farmacéutico de los laboratorios Sandoz, en el que entró a formar parte en 1929.

Fue precisamente allí donde Hofmann descubrió la substancia a la que su nombre quedaría ligado de por vida, el LSD. Como fruto de su estudio de las propiedades del cornezuelo, un hongo proclive a parasitar el centeno, Hofmann sintetizó la dietilamida de ácido lisérgico, substancia experimental que quedaría apartada del estudio hasta cinco años más tarde, cuando una intuición llevo al químico suizo a volver a experimentar con ella.

No entraremos en los detalles de sobra conocidos que llevaron a Hofmann a descubrir los poderosos efectos del LSD, ni la maldición que de algún modo esa substancia supuso para él.

En la entrevista mencionada, Hofmann se centra en la relación de esta substancia con los misterios eleusinos de la antigua Grecia, tema que fue divulgado en su libro El camino a Eleusis, escrito en colaboración con Robert Gordon Wasson y Carl A.P Ruck. La tesis de Hofmann es que,  junto a diferentes ritos de iniciación, era suministrada también una pócima iluminadora que, por diferentes razones, debía guardar una gran similitud con la composición del LSD.

Los misterios de Eleusis, rituales religiosos esotéricos paralelos y complementarios de la religión estatal, estaban dedicados a la diosa griega Deméter, deidad asociada con los ciclos del grano, con el cultivo. En estos misterios, vigentes por más de mil años en Grecia, una serie de individuos eran iniciados en el conocimiento secreto de la creación.

Entre las razones que condujeron a Hofmann a esta hipótesis está la de que en las cercanías de Eleusis crece, en medio de la hierba más salvaje, un peculiar tipo de cornezuelo. Los sacerdotes de Eleusis no tendrían más que recogerlo, triturarlo y hacérselo ingerir a los iniciados para provocarles una experiencia iluminadora.

El hecho de que los misterios estuvieran dedicados a la diosa Démeter, protectora del grano, es, según Hofmann, otra prueba de la relación entre esta substancia y el ritual mistérico.

Lo importante para Hofmann es demostrar que la ingestión de estas substancias estuvo siempre ligada a lo sagrado, y que su uso debe siempre estar sujeto a las exigencias del ritual y a la observancia del sumo sacerdote. Las experiencia con substancias psicodélicas era para Hofmann casi idéntica a la experiencia iluminadora de las religiones, al abolir la división habitual entre el yo y lo otro, entre el sujeto y el entorno, facilitando el acceso a una realidad no dualista. Pero sin el debido tratamiento, sin la correcta preparación que en el ámbito mistérico se proporcionaba al iniciado, la experiencia con estas substancias puede ser fatal, avisa Hofmann, al provocar diversos tipos de trauma psíquico.

Hoy, en ausencia de una religión como la de Eleusis, los psiquiatras serían los únicos calificados para substituir al sacerdote en el camino hacia la experiencia iluminadora.

Hofmann departe con los contertulios demostrando su hondo conocimiento y su sabiduría humanista. Relata su experiencia y describe su relación con otro mito de la época: Aldous Huxley.

A la pregunta de si a su edad sigue experimentando con el LSD, Hofmann responde que no.

Lo que ha podido darme ya me lo ha dado, ahora me limito a vivir según esa enseñanza.

Y es que, evidentemente, para Albert Hofmann las puertas de la percepción ya estaban abiertas.

A raíz de la celebración en la universidad de Bilbao de la entrega del honoris causa al eximio Ernst Junger, un grupo de pensadores tuvo la oportunidad de entrevistar al que era considerado en aquel momento uno de los cien mayores genios vivos del mundo, Albert Hofmann.

Desde su tesis doctoral, Hofmann había dado muestras de un talento excepcional al descubrir la estructura  química de la quitina, material del que está compuesto las garras, caparazones y alas de algunos insectos y otros animales. Posteriormente, el científico logró una gran reputación al descubrir nuevos analgésicos y tranquilizantes para el departamento químico farmacéutico de los laboratorios Sandoz, en el que entró a formar parte en 1929.

Fue precisamente allí donde Hofmann descubrió la substancia a la que su nombre quedaría ligado de por vida, el LSD. Como fruto de su estudio de las propiedades del cornezuelo, un hongo proclive a parasitar el centeno, Hofmann sintetizó la dietilamida de ácido lisérgico, substancia experimental que quedaría apartada del estudio hasta cinco años más tarde, cuando una intuición llevo al químico suizo a volver a experimentar con ella.

No entraremos en los detalles de sobra conocidos que llevaron a Hofmann a descubrir los poderosos efectos del LSD, ni la maldición que de algún modo esa substancia supuso para él.

En la entrevista mencionada, Hofmann se centra en la relación de esta substancia con los misterios eleusinos de la antigua Grecia, tema que fue divulgado en su libro El camino a Eleusis, escrito en colaboración con Robert Gordon Wasson y Carl A.P Ruck. La tesis de Hofmann es que,  junto a diferentes ritos de iniciación, era suministrada también una pócima iluminadora que, por diferentes razones, debía guardar una gran similitud con la composición del LSD.

Los misterios de Eleusis, rituales religiosos esotéricos paralelos y complementarios de la religión estatal, estaban dedicados a la diosa griega Deméter, deidad asociada con los ciclos del grano, con el cultivo. En estos misterios, vigentes por más de mil años en Grecia, una serie de individuos eran iniciados en el conocimiento secreto de la creación.

Entre las razones que condujeron a Hofmann a esta hipótesis está la de que en las cercanías de Eleusis crece, en medio de la hierba más salvaje, un peculiar tipo de cornezuelo. Los sacerdotes de Eleusis no tendrían más que recogerlo, triturarlo y hacérselo ingerir a los iniciados para provocarles una experiencia iluminadora.

El hecho de que los misterios estuvieran dedicados a la diosa Démeter, protectora del grano, es, según Hofmann, otra prueba de la relación entre esta substancia y el ritual mistérico.

Lo importante para Hofmann es demostrar que la ingestión de estas substancias estuvo siempre ligada a lo sagrado, y que su uso debe siempre estar sujeto a las exigencias del ritual y a la observancia del sumo sacerdote. Las experiencia con substancias psicodélicas era para Hofmann casi idéntica a la experiencia iluminadora de las religiones, al abolir la división habitual entre el yo y lo otro, entre el sujeto y el entorno, facilitando el acceso a una realidad no dualista. Pero sin el debido tratamiento, sin la correcta preparación que en el ámbito mistérico se proporcionaba al iniciado, la experiencia con estas substancias puede ser fatal, avisa Hofmann, al provocar diversos tipos de trauma psíquico.

Hoy, en ausencia de una religión como la de Eleusis, los psiquiatras serían los únicos calificados para substituir al sacerdote en el camino hacia la experiencia iluminadora.

Hofmann departe con los contertulios demostrando su hondo conocimiento y su sabiduría humanista. Relata su experiencia y describe su relación con otro mito de la época: Aldous Huxley.

A la pregunta de si a su edad sigue experimentando con el LSD, Hofmann responde que no.

Lo que ha podido darme ya me lo ha dado, ahora me limito a vivir según esa enseñanza.

Y es que, evidentemente, para Albert Hofmann las puertas de la percepción ya estaban abiertas.

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