Todas las formas de medicina tradicional y curación espiritual pueden rastrearse hasta alguno de los linajes del chamanismo. Aunque bajo diferentes nombres, el chamán es un hombre o una mujer que vive en un límite entre el mundo de la tierra y el de los espíritus, y todas las cosmovisiones tienen sus propios relatos acerca de las funciones del chamán y de su utilidad. Sin embargo, con la especialización de las ciencias y el racionalismo, la conexión cuerpo-espíritu se relegó al ámbito de las prácticas marginales como la brujería, y a sus practicantes se les condenaba a penas horribles. Pero si lo vemos como una forma de conocimiento tradicional, el chamanismo se vuelve también la puerta privilegiada para habitar nuestra vida desde un lugar más consciente.

Michael Harner es el director de la Fundación de Estudios Chamánicos. Harner es un reconocido antropólogo con una sólida carrera en investigación y docencia en las más prestigiosas universidades, pero decidió abrir un centro de estudios para documentar, aprender y enseñar la ciencia práctica y artística de los chamanes.

Si uno le pregunta a Harner cómo reconocer a un chamán auténtico, responderá que existen dos maneras: el chamán debe ser capaz de viajar a otros mundos o realidades a través de estados alterados de conciencia; como si no bastara, el chamán debe ser capaz de producir milagros.

Resulta extraño que alguien de formación científica se exprese de esa forma, pero es precisamente la gente que se ha formado en investigación etnográfica la que ha realizado conexiones que no son evidentes para los científicos tradicionales: gente como Mircea Eliade, J. G. Frazer, Georges Dumézil e incluso Carlos Castaneda son académicos de primer orden que además cuentan con una sensibilidad especial para documentar el lugar donde se unen los planos terrestres y superiores. Esta frontera a menudo se encuentra vigilada por barreras espirituales o perceptuales que el iniciado atraviesa mediante estados alterados de conciencia; la conciencia se parece al cielo: nunca es azul o negro por completo, sino que su estado cambia y se altera para reflejar las condiciones del tiempo y el espacio.

El chamanismo se asocia vulgarmente con drogas psicodélicas utilizadas con fines recreativos, pero en un contexto ritual, según Harner, la ayahuasca o el peyote pueden ser auténticos aliados para atravesar las fronteras entre los planos espirituales, pero solo se utilizan en un 10% de los casos. Lo más común a través del tiempo es el monótono sonido de un tambor, un ancla sonora entre los planos:

Comencé a introducirme en el trabajo chamánico en 1961 entre los indios conibo, al este de Perú, con la ayuda de psicodélicos locales. Cuando volví a Estados Unidos y dejé de tener acceso a ayahuasca, me puse a experimentar con tambores. Para mi sorpresa, funcionó muy bien. No debería haberme sorprendido, porque existen reportes de tambores utilizados por chamanes casi en cualquier parte del mundo. Virtualmente cualquier cosa que uno encuentra en el chamanismo se hace porque funciona. A través de decenas de miles de años los chamanes han desarrollado el sistema mejor adaptado al paso del tiempo utilizando el espíritu, la mente y el corazón para sanar, además de remedios herbolarios y demás. Y de nuevo, el sistema sigue venciendo al tiempo. Así que si los sanadores en 90% de las culturas chamánicas están utilizando los mismos métodos, debemos prestarles atención. Y, por supuesto, encontramos que funcionan.

Para Harner, el chamanismo consigue sanar a través de muy diversos sistemas gracias a una transferencia de poder. Los accidentes, las enfermedades, la mala suerte y todo lo que produce angustia se produce, desde la óptica del chamán, por una carencia de fuerza que puede remediarse mediante la intervención en el plano espiritual. Es así que se restituye el alma perdida al cuerpo a consecuencia de un trauma, y es así que la teoría de la sugestión podría ser utilizada para enseñar al cerebro estados de ánimo adecuados para responder a los retos de la vida, si se estudiaran desde una perspectiva holística.

El poder nos vuelve resistentes a la enfermedad. Si alguien se enferma continuamente, es claro que lo que necesitan es una conexión de poder. Una persona sana y sin dolencias puede partir en un viaje de visión para obtener su conexión de poder, pero uno de los trabajos del chamán es el de ayudar a la gente que no está en condiciones de hacer esto por sí mismos.

Es importante recalcar que el chamanismo no es una religión, ni tampoco exige “creer” en la cosmovisión del curandero. La fe es una exigencia judicial introducida por el catolicismo, pero para el chamanismo, los espíritus y los dioses existen con la certeza con que para otros existen edificios, animales y personas.

Según Harner:

Cuando la compasión de un humano trabaja para aliviar el sufrimiento de otro, los espíritus se interesan y se involucran en el alivio. Cuando alguien, desinteresadamente, sin ser un miembro inmediato de la familia, por pura generosidad y compasión ayuda a alguien más a aliviar la enfermedad o el dolor y el sufrimiento —y funciona mejor incluso cuando hay dos o más chamanes involucrados—, es entonces cuando ocurre el milagro.

Todas las formas de medicina tradicional y curación espiritual pueden rastrearse hasta alguno de los linajes del chamanismo. Aunque bajo diferentes nombres, el chamán es un hombre o una mujer que vive en un límite entre el mundo de la tierra y el de los espíritus, y todas las cosmovisiones tienen sus propios relatos acerca de las funciones del chamán y de su utilidad. Sin embargo, con la especialización de las ciencias y el racionalismo, la conexión cuerpo-espíritu se relegó al ámbito de las prácticas marginales como la brujería, y a sus practicantes se les condenaba a penas horribles. Pero si lo vemos como una forma de conocimiento tradicional, el chamanismo se vuelve también la puerta privilegiada para habitar nuestra vida desde un lugar más consciente.

Michael Harner es el director de la Fundación de Estudios Chamánicos. Harner es un reconocido antropólogo con una sólida carrera en investigación y docencia en las más prestigiosas universidades, pero decidió abrir un centro de estudios para documentar, aprender y enseñar la ciencia práctica y artística de los chamanes.

Si uno le pregunta a Harner cómo reconocer a un chamán auténtico, responderá que existen dos maneras: el chamán debe ser capaz de viajar a otros mundos o realidades a través de estados alterados de conciencia; como si no bastara, el chamán debe ser capaz de producir milagros.

Resulta extraño que alguien de formación científica se exprese de esa forma, pero es precisamente la gente que se ha formado en investigación etnográfica la que ha realizado conexiones que no son evidentes para los científicos tradicionales: gente como Mircea Eliade, J. G. Frazer, Georges Dumézil e incluso Carlos Castaneda son académicos de primer orden que además cuentan con una sensibilidad especial para documentar el lugar donde se unen los planos terrestres y superiores. Esta frontera a menudo se encuentra vigilada por barreras espirituales o perceptuales que el iniciado atraviesa mediante estados alterados de conciencia; la conciencia se parece al cielo: nunca es azul o negro por completo, sino que su estado cambia y se altera para reflejar las condiciones del tiempo y el espacio.

El chamanismo se asocia vulgarmente con drogas psicodélicas utilizadas con fines recreativos, pero en un contexto ritual, según Harner, la ayahuasca o el peyote pueden ser auténticos aliados para atravesar las fronteras entre los planos espirituales, pero solo se utilizan en un 10% de los casos. Lo más común a través del tiempo es el monótono sonido de un tambor, un ancla sonora entre los planos:

Comencé a introducirme en el trabajo chamánico en 1961 entre los indios conibo, al este de Perú, con la ayuda de psicodélicos locales. Cuando volví a Estados Unidos y dejé de tener acceso a ayahuasca, me puse a experimentar con tambores. Para mi sorpresa, funcionó muy bien. No debería haberme sorprendido, porque existen reportes de tambores utilizados por chamanes casi en cualquier parte del mundo. Virtualmente cualquier cosa que uno encuentra en el chamanismo se hace porque funciona. A través de decenas de miles de años los chamanes han desarrollado el sistema mejor adaptado al paso del tiempo utilizando el espíritu, la mente y el corazón para sanar, además de remedios herbolarios y demás. Y de nuevo, el sistema sigue venciendo al tiempo. Así que si los sanadores en 90% de las culturas chamánicas están utilizando los mismos métodos, debemos prestarles atención. Y, por supuesto, encontramos que funcionan.

Para Harner, el chamanismo consigue sanar a través de muy diversos sistemas gracias a una transferencia de poder. Los accidentes, las enfermedades, la mala suerte y todo lo que produce angustia se produce, desde la óptica del chamán, por una carencia de fuerza que puede remediarse mediante la intervención en el plano espiritual. Es así que se restituye el alma perdida al cuerpo a consecuencia de un trauma, y es así que la teoría de la sugestión podría ser utilizada para enseñar al cerebro estados de ánimo adecuados para responder a los retos de la vida, si se estudiaran desde una perspectiva holística.

El poder nos vuelve resistentes a la enfermedad. Si alguien se enferma continuamente, es claro que lo que necesitan es una conexión de poder. Una persona sana y sin dolencias puede partir en un viaje de visión para obtener su conexión de poder, pero uno de los trabajos del chamán es el de ayudar a la gente que no está en condiciones de hacer esto por sí mismos.

Es importante recalcar que el chamanismo no es una religión, ni tampoco exige “creer” en la cosmovisión del curandero. La fe es una exigencia judicial introducida por el catolicismo, pero para el chamanismo, los espíritus y los dioses existen con la certeza con que para otros existen edificios, animales y personas.

Según Harner:

Cuando la compasión de un humano trabaja para aliviar el sufrimiento de otro, los espíritus se interesan y se involucran en el alivio. Cuando alguien, desinteresadamente, sin ser un miembro inmediato de la familia, por pura generosidad y compasión ayuda a alguien más a aliviar la enfermedad o el dolor y el sufrimiento —y funciona mejor incluso cuando hay dos o más chamanes involucrados—, es entonces cuando ocurre el milagro.

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