Robert Altman (1925-2006) nació en Kansas, Missouri, ciudad que inmortalizó a sus setenta años en una cinta de jazz, Kansas City (1996). Curiosamente, la película transcurre en el año 1930 y, más allá de la trama, lo que atrajo atención fueron sus números musicales: la cámara interpreta el jazz en el montaje, saltando de uno a otro de los instrumentos; cambiando de foco, haciendo travellings yuxtapuestos en sentido contrario, paneando, “tilteando”, todo en ritmo y siempre a tiempo. Simplemente jazz.

Y aquí entramos a uno de los mayores legados que este director compartió a la cinematografía. Aunque con influencia directa de Howard Hawks y sus multi-pistas, Altman inmortalizó la técnica con la que registraba el sonido. Esta consistía en plantar varios micrófonos en distintos personajes para así reforzar, con una audio-narrativa complementaria, la historia central: la cámara se mueve de uno a otro personaje en distintos espacios, y aunque ya no vemos al personaje lo seguimos escuchando, o en otras ocasiones escuchamos a alguien que todavía no hemos visto.

Lo anterior dotó la película de un mayor volumen de realidad; deja de ser la caricatura a la que estamos acostumbrados cuando escuchamos solo lo que vemos. Con Altman, los sonidos se enciman y salen por distintas bocinas, tornando activo al espectador, quien tiene que elegir qué escuchar y por lo tanto qué entender.

El sistema de ocho tracks de sonido y las múltiples tramas llegó a su clímax con su magnum opus Nashville (Robert Altman, 1975), que incluía a 25 protagonistas. Fue un estudio de la cultura americana que vivía los embates de Vietnam, representada por medio de un encuentro de música country en la capital del género. Las tramas se van desenvolviendo como si fueran parte de un documental donde las interpretaciones musicales son tan importantes como los diálogos que ocurren simultáneamente. Y tal vez, lo más notables es que ante este aparente caos, la narración es siempre legible y las historias de los personajes mantienen su relevancia.

Más tarde, su estructura dramática de ensamble, construida en multiniveles, funcionó para adaptar narraciones breves de Raymond Carver, en lo que constituyó Shortcuts (Robert Altman, 1993). Con una fauna elocuente que va desde una trabajadora de sexo por teléfono hasta una decoradora de pasteles, el hecho de que los personajes sean significativamente afectados por el azar nos recuerda que, en las películas de Altman, estos pocas veces controlan las situaciones.

Pero Altman, también, tiene otra personalidad de filmes intimistas que son profundamente enigmáticos, mágicos. Por ejemplo, Tres Mujeres (1977) o Imágenes (1972). Con un modelo dramático que se basa en lo onírico, con pocos personajes que son más bien metáforas de estados psicológicos humanos cercanos a la influencia lunar, estás cintas, por lo general con fuerte esencia femenina, son la contraparte de sus otras obras épicas.

Robert Altman jamás puso en riesgo su propuesta, que distaba mucho de las películas a las que Hollywood estaba acostumbrado. Supo jugar el juego innovando en cada cinta. Gracias a esto, el día de hoy gozamos de un legado que anima el espíritu artístico de éste medio.

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Robert Altman (1925-2006) nació en Kansas, Missouri, ciudad que inmortalizó a sus setenta años en una cinta de jazz, Kansas City (1996). Curiosamente, la película transcurre en el año 1930 y, más allá de la trama, lo que atrajo atención fueron sus números musicales: la cámara interpreta el jazz en el montaje, saltando de uno a otro de los instrumentos; cambiando de foco, haciendo travellings yuxtapuestos en sentido contrario, paneando, “tilteando”, todo en ritmo y siempre a tiempo. Simplemente jazz.

Y aquí entramos a uno de los mayores legados que este director compartió a la cinematografía. Aunque con influencia directa de Howard Hawks y sus multi-pistas, Altman inmortalizó la técnica con la que registraba el sonido. Esta consistía en plantar varios micrófonos en distintos personajes para así reforzar, con una audio-narrativa complementaria, la historia central: la cámara se mueve de uno a otro personaje en distintos espacios, y aunque ya no vemos al personaje lo seguimos escuchando, o en otras ocasiones escuchamos a alguien que todavía no hemos visto.

Lo anterior dotó la película de un mayor volumen de realidad; deja de ser la caricatura a la que estamos acostumbrados cuando escuchamos solo lo que vemos. Con Altman, los sonidos se enciman y salen por distintas bocinas, tornando activo al espectador, quien tiene que elegir qué escuchar y por lo tanto qué entender.

El sistema de ocho tracks de sonido y las múltiples tramas llegó a su clímax con su magnum opus Nashville (Robert Altman, 1975), que incluía a 25 protagonistas. Fue un estudio de la cultura americana que vivía los embates de Vietnam, representada por medio de un encuentro de música country en la capital del género. Las tramas se van desenvolviendo como si fueran parte de un documental donde las interpretaciones musicales son tan importantes como los diálogos que ocurren simultáneamente. Y tal vez, lo más notables es que ante este aparente caos, la narración es siempre legible y las historias de los personajes mantienen su relevancia.

Más tarde, su estructura dramática de ensamble, construida en multiniveles, funcionó para adaptar narraciones breves de Raymond Carver, en lo que constituyó Shortcuts (Robert Altman, 1993). Con una fauna elocuente que va desde una trabajadora de sexo por teléfono hasta una decoradora de pasteles, el hecho de que los personajes sean significativamente afectados por el azar nos recuerda que, en las películas de Altman, estos pocas veces controlan las situaciones.

Pero Altman, también, tiene otra personalidad de filmes intimistas que son profundamente enigmáticos, mágicos. Por ejemplo, Tres Mujeres (1977) o Imágenes (1972). Con un modelo dramático que se basa en lo onírico, con pocos personajes que son más bien metáforas de estados psicológicos humanos cercanos a la influencia lunar, estás cintas, por lo general con fuerte esencia femenina, son la contraparte de sus otras obras épicas.

Robert Altman jamás puso en riesgo su propuesta, que distaba mucho de las películas a las que Hollywood estaba acostumbrado. Supo jugar el juego innovando en cada cinta. Gracias a esto, el día de hoy gozamos de un legado que anima el espíritu artístico de éste medio.

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