En febrero de 2014, Los Reales Jardines Botánicos Kew Gardens, en Londres, inauguraron una exhibición de orquídeas llamada, ominosamente, “Plant Hunters” [Cazadores de plantas]. La exhibición era un recorrido al pasado, que trazaba las huellas de los intrépidos cazadores de plantas victorianos, que sobretodo robaban orquídeas y helechos. Durante el evento tuvo lugar uno de los grandes crímenes botánicos de la historia: despareció una Nymphaea thermarum, el lirio de agua más pequeño del mundo, extinto en el medio silvestre y del cual solo quedan alrededor de cien ejemplares en invernaderos.

Los robos botánicos no son raros en este tipo de contexto. Según el especialista Trevor Dines, el crimen botánico tiende a caer en tres categorías: el casual corte de flores salvajes; el robo a gran escala de plantas populares de vivero; y el ataque dirigido a plantas particulares por coleccionistas obsesivos. El que robó la Nymphaea thermarum de Kew definitivamente corresponde a esta última especie (de esta flor muy pocas personas sabían). Su robo fue como el meticuloso robo de una pieza de museo.

La Nymphaea thermarum fue descubierta en 1987 en una sola locación: Mashyuza, Ruanda. Pero hace tres años desapareció de allí debido a la sobreexplotación de un manantial caliente que mantenía húmedas y en temperatura constante a las plantas. En 2009, el científico horticulturista español Carlos Magdalena –un verdadero obseso de los lotos– logró que le mandaran semillas de Alemania, donde existen unas cuantas especies pero no en las mejores condiciones.

Magdalena encontró la fórmula perfecta para cultivar las diminutas nymphaeas en Kew Gardens con un poco de dióxido de carbono extra, y con ello rescató de la casi segura extinción a esta rara especie.

A partir de que algunos coleccionistas obsesionados con lirios de agua se enteraron de ello, no dejaron de pedirle al español que les vendiera o regalara semillas, a lo cuál este el se negó por problemas burocráticos alrededor del tráfico de especies en extinción. Los permisos para cultivar y lucrar con plantas en peligro de extinción, además de ser complicadísimos, requieren que parte de las ganancias se vayan a ayudar a regenerar el hábitat natural de cada especie. Los obsesivos botánicos, al ver que no podían hacerse de la Nymphaea thermarum, solo avivaron su deseo.

Hay una clara ironía en armar una exhibición sobre los cazadores de plantas del siglo XIX y luego llamar a la policía cuando uno de los preciados especímenes fue sustraído. Quizá Magdalena, cuando publicó su hallazgo de la planta y la manera efectiva de cultivarla, generó un deseo irresistible entre coleccionistas y traficantes de plantas por igual. En esta etapa que vivimos de la conservación (o gradual extinción) del planeta, es posible concebir el robo de plantas como parte de un aceleramiento general y deprimente: mientras más plantas están en peligro de extinción porque sus hábitats son destruidos, más deseables se vuelven para coleccionistas porque son raras, etcétera.

A la fecha no hay rastros del ladrón de esta flor. Al parecer no es fácil resolver un crimen botánico. La policía de Richmond cerró el caso en cuestión de semanas. En el Reino Unido, la única agencia policiaca dedicada a tales materias es el National Wildlife Crime Unit, que tiene un equipo de 12 personas. Y su prioridad no son los lotos.

Aunque el robo parezca un hermoso episodio de la Pantera Rosa, la casi extinción de estas plantas es una afrenta también para el humano. “Son de hecho las cosas más relevantes para el ser humano”, comentó Magdalena. La mayoría de las medicinas vienen de plantas y algas. La mayor parte de la nueva tecnología vendrá de plantas y algas. La base de los antibióticos es planta y fungi, ¿y qué hacemos? Nada. La cura del Ébola está probablemente en alguno de estos invernaderos”.

Magdalena explica la extinción de la manera más sencilla e inteligible:

Cada cromosoma es una letra. Cada gen es una palabra. Cada organismo es un libro. Cada planta que muere contiene palabras que solo se han dicho en ese libro. Así una planta se va, un libro se va, y también un lenguaje se va y quizá un sentido de las palabras que nunca entenderemos. ¿Qué hubiera pasado con Shakespeare sin rosas? ¿Y con Monet sin nenúfares?

En febrero de 2014, Los Reales Jardines Botánicos Kew Gardens, en Londres, inauguraron una exhibición de orquídeas llamada, ominosamente, “Plant Hunters” [Cazadores de plantas]. La exhibición era un recorrido al pasado, que trazaba las huellas de los intrépidos cazadores de plantas victorianos, que sobretodo robaban orquídeas y helechos. Durante el evento tuvo lugar uno de los grandes crímenes botánicos de la historia: despareció una Nymphaea thermarum, el lirio de agua más pequeño del mundo, extinto en el medio silvestre y del cual solo quedan alrededor de cien ejemplares en invernaderos.

Los robos botánicos no son raros en este tipo de contexto. Según el especialista Trevor Dines, el crimen botánico tiende a caer en tres categorías: el casual corte de flores salvajes; el robo a gran escala de plantas populares de vivero; y el ataque dirigido a plantas particulares por coleccionistas obsesivos. El que robó la Nymphaea thermarum de Kew definitivamente corresponde a esta última especie (de esta flor muy pocas personas sabían). Su robo fue como el meticuloso robo de una pieza de museo.

La Nymphaea thermarum fue descubierta en 1987 en una sola locación: Mashyuza, Ruanda. Pero hace tres años desapareció de allí debido a la sobreexplotación de un manantial caliente que mantenía húmedas y en temperatura constante a las plantas. En 2009, el científico horticulturista español Carlos Magdalena –un verdadero obseso de los lotos– logró que le mandaran semillas de Alemania, donde existen unas cuantas especies pero no en las mejores condiciones.

Magdalena encontró la fórmula perfecta para cultivar las diminutas nymphaeas en Kew Gardens con un poco de dióxido de carbono extra, y con ello rescató de la casi segura extinción a esta rara especie.

A partir de que algunos coleccionistas obsesionados con lirios de agua se enteraron de ello, no dejaron de pedirle al español que les vendiera o regalara semillas, a lo cuál este el se negó por problemas burocráticos alrededor del tráfico de especies en extinción. Los permisos para cultivar y lucrar con plantas en peligro de extinción, además de ser complicadísimos, requieren que parte de las ganancias se vayan a ayudar a regenerar el hábitat natural de cada especie. Los obsesivos botánicos, al ver que no podían hacerse de la Nymphaea thermarum, solo avivaron su deseo.

Hay una clara ironía en armar una exhibición sobre los cazadores de plantas del siglo XIX y luego llamar a la policía cuando uno de los preciados especímenes fue sustraído. Quizá Magdalena, cuando publicó su hallazgo de la planta y la manera efectiva de cultivarla, generó un deseo irresistible entre coleccionistas y traficantes de plantas por igual. En esta etapa que vivimos de la conservación (o gradual extinción) del planeta, es posible concebir el robo de plantas como parte de un aceleramiento general y deprimente: mientras más plantas están en peligro de extinción porque sus hábitats son destruidos, más deseables se vuelven para coleccionistas porque son raras, etcétera.

A la fecha no hay rastros del ladrón de esta flor. Al parecer no es fácil resolver un crimen botánico. La policía de Richmond cerró el caso en cuestión de semanas. En el Reino Unido, la única agencia policiaca dedicada a tales materias es el National Wildlife Crime Unit, que tiene un equipo de 12 personas. Y su prioridad no son los lotos.

Aunque el robo parezca un hermoso episodio de la Pantera Rosa, la casi extinción de estas plantas es una afrenta también para el humano. “Son de hecho las cosas más relevantes para el ser humano”, comentó Magdalena. La mayoría de las medicinas vienen de plantas y algas. La mayor parte de la nueva tecnología vendrá de plantas y algas. La base de los antibióticos es planta y fungi, ¿y qué hacemos? Nada. La cura del Ébola está probablemente en alguno de estos invernaderos”.

Magdalena explica la extinción de la manera más sencilla e inteligible:

Cada cromosoma es una letra. Cada gen es una palabra. Cada organismo es un libro. Cada planta que muere contiene palabras que solo se han dicho en ese libro. Así una planta se va, un libro se va, y también un lenguaje se va y quizá un sentido de las palabras que nunca entenderemos. ¿Qué hubiera pasado con Shakespeare sin rosas? ¿Y con Monet sin nenúfares?

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