Al igual que encontrarse frente a una hoja de papel en blanco, estar frente a un lienzo blanco es inquietante. Tal vez porque el vacío siempre tendrá su muy particular e implícito poder (como bien lo expresa el término japonés ma, el “amor por el vacío”). Para algunos, el cuadro en blanco se antoja como un espacio que llenar, como una muestra de ausencia, como si su falta de color pidiera a gritos colorearse, como si ser sólo blanco fuera sinónimo de ser incompleto. Pero no hay nada más alejado de la realidad: el cuadro en blanco pudiera parecer una hazaña fácil, pero no lo es.

En este video de Vox, se narra brevemente la historia del cuadro en blanco, que es larga y emerge, entre otros, del nacimiento del minimalismo en el arte moderno, además de una fuerte influencia de la obra del pintor ucraniano Kazimir Malévich (1879-1935), una de las figuras centrales del suprematismo —movimiento de la vanguardia rusa de inicios del siglo XX—, especialmente su cuadro titulado Blanco sobre blanco (1918). 

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Blanco sobre blanco, Kazimir Malevich (1918).

 

A partir de esto, nació una gran variedad de pinturas en blanco, especialmente durante la década de 1950, como una respuesta, como contra corriente, al exceso gestual de pintores del expresionismo abstracto como Joan Mitchell, Franz Kline, Cy Towmbly, Jackson Pollock y Elaine de Kooning —artistas que expresaban su sensibilidad y subjetividad, de lleno, en el lienzo.

Así, en este contexto, aparecieron cuadros blancos de artistas como Joseph Albers (una de las figuras centrales de la Bauhaus), Joe Baer, Frank Stella y la gran Agnes Martin, que son parte de la escuela conocida como minimalismo, y que plantearon la necesidad de una distancia del artista frente a la obra como algo que no imita la naturaleza sino simplemente fuera un objeto de arte. Esto culminaría en una gran cantidad de pinturas monocromáticas, muchas de ellas llenas de geometría, con todas las implicaciones filosóficas que, también, son bases de esta corriente (y que, como puede verse en este video, desconciertan y hasta irritan a tanta gente)./span>

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 Sin título # 2, Agnes Martin (1981)

Elisabeth Sherman, curadora del Whitney Museum de Nueva York, afirma en el video: “el blanco nunca es una cosa pura, el blanco siempre está teñido de alguna manera”. Es conveniente, entonces, pensar en el hecho de que no existe un solo blanco, sino muchos blancos con distintos fondos, texturas, reflejos y matices. Así, un cuadro en blanco (de la misma manera en que el silencio puede tener su propio sonido, al prestar un poco de atención) toma una nueva dimensión: puede desplegar dinámicas, formas, sonidos y, si escuchamos bien, contar historias.

 

 

 

Imágenes: 1) allispossible.org – flickr 2) Dominio público 3) Sharon Mollerus – Creative Commons

Al igual que encontrarse frente a una hoja de papel en blanco, estar frente a un lienzo blanco es inquietante. Tal vez porque el vacío siempre tendrá su muy particular e implícito poder (como bien lo expresa el término japonés ma, el “amor por el vacío”). Para algunos, el cuadro en blanco se antoja como un espacio que llenar, como una muestra de ausencia, como si su falta de color pidiera a gritos colorearse, como si ser sólo blanco fuera sinónimo de ser incompleto. Pero no hay nada más alejado de la realidad: el cuadro en blanco pudiera parecer una hazaña fácil, pero no lo es.

En este video de Vox, se narra brevemente la historia del cuadro en blanco, que es larga y emerge, entre otros, del nacimiento del minimalismo en el arte moderno, además de una fuerte influencia de la obra del pintor ucraniano Kazimir Malévich (1879-1935), una de las figuras centrales del suprematismo —movimiento de la vanguardia rusa de inicios del siglo XX—, especialmente su cuadro titulado Blanco sobre blanco (1918). 

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Blanco sobre blanco, Kazimir Malevich (1918).

 

A partir de esto, nació una gran variedad de pinturas en blanco, especialmente durante la década de 1950, como una respuesta, como contra corriente, al exceso gestual de pintores del expresionismo abstracto como Joan Mitchell, Franz Kline, Cy Towmbly, Jackson Pollock y Elaine de Kooning —artistas que expresaban su sensibilidad y subjetividad, de lleno, en el lienzo.

Así, en este contexto, aparecieron cuadros blancos de artistas como Joseph Albers (una de las figuras centrales de la Bauhaus), Joe Baer, Frank Stella y la gran Agnes Martin, que son parte de la escuela conocida como minimalismo, y que plantearon la necesidad de una distancia del artista frente a la obra como algo que no imita la naturaleza sino simplemente fuera un objeto de arte. Esto culminaría en una gran cantidad de pinturas monocromáticas, muchas de ellas llenas de geometría, con todas las implicaciones filosóficas que, también, son bases de esta corriente (y que, como puede verse en este video, desconciertan y hasta irritan a tanta gente)./span>

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 Sin título # 2, Agnes Martin (1981)

Elisabeth Sherman, curadora del Whitney Museum de Nueva York, afirma en el video: “el blanco nunca es una cosa pura, el blanco siempre está teñido de alguna manera”. Es conveniente, entonces, pensar en el hecho de que no existe un solo blanco, sino muchos blancos con distintos fondos, texturas, reflejos y matices. Así, un cuadro en blanco (de la misma manera en que el silencio puede tener su propio sonido, al prestar un poco de atención) toma una nueva dimensión: puede desplegar dinámicas, formas, sonidos y, si escuchamos bien, contar historias.

 

 

 

Imágenes: 1) allispossible.org – flickr 2) Dominio público 3) Sharon Mollerus – Creative Commons