Oh! that the Desert were my dwelling place,
With one fair Spirit for my minister,
That I might all forget the human race,
And, hating no one, love but only her!

-Lord Byron, “Childe Harold’s Pilgrimage, A Romance”.

.

Los desiertos, esos paisajes que desbordan vacuidad, representan desde las culturas más antiguas lugares idóneos para la experiencia espiritual y la iluminación. ¿Acaso su vacío nos lleva hacia la búsqueda interior?

Tal vez estas tierras deban su fecundidad trascendental a que su materialización coquetea con la nada, con la repetición infinita hasta que lo corpóreo se diluye –si el silencio eligiera un cuerpo muy probablemente se vestiría con infinidad de granos de arena–.

En el desierto se despliega una naturaleza indómita, virginal, rara vez manipulada por la mano humana. Por eso podríamos afirmar que se trata de un territorio tan salvaje como prístino, primigenio. Sus colores, que transmutan dócilmente con el movimiento del sol, sus formas y componentes, constituyen un reto físico en un primer momento, para luego convertirse en un desafío mental y emocional.

Estos lugares alojan una galaxia de símbolos: metáfora del vacío, de la infertilidad, de la muerte, de un pasado primitivo o de un futuro desolador. Pero simultáneamente, o quizá como consecuencia de lo anterior, fungen como un espejo inabarcable, sus vistas abiertas y su interminable claridad generan en los hombres la necesidad, incluso la obligación, de mirar hacia adentro. Tal vez por eso exaltan lo sacro y, en especial, lo ascético –recordemos que en numerosas tradiciones el agotamiento físico del cuerpo, un síntoma casi implícito en este ecosistema, es una manera de purificar el alma–.

Está lejos de ser una casualidad que precisamente dentro del desierto demonio trató de tentar a Jesús, y que fue aquí donde él sostuvo cuarenta días y cuarenta noches en ayuno. Además, existen numerosísimos casos de visionarios, peregrinos, guías espirituales, profetas e iluminados, cuyo camino tarde o temprano pasó por un mar de arena. Y aquí vale la pena recordar a los “Padres del desierto”, un grupo de monjes o anacoretas que en el siglo III encontraron en este hábitat el escenario idóneo para procurar la hésykia o paz interior.

El desierto revela la paradoja entre la simpleza y la complejidad. Tanto visual como simbólicamente, exalta la claridad, la honestidad y la limpieza en todos sus acepciones. Es la libertad máxima y a la vez el infranqueable laberinto. El vacío que proyecta funge como cabal espejo que nos muestra, reflejada, una síntesis de lo que somos. Dentro del desierto, el vacío exterior nos obliga a mirar hacia adentro, haciendo patente lo que poetas, filósofos y estudiosos sostienen desde hace siglos: eso que está afuera de ti, te refleja.

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Oh! that the Desert were my dwelling place,
With one fair Spirit for my minister,
That I might all forget the human race,
And, hating no one, love but only her!

-Lord Byron, “Childe Harold’s Pilgrimage, A Romance”.

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Los desiertos, esos paisajes que desbordan vacuidad, representan desde las culturas más antiguas lugares idóneos para la experiencia espiritual y la iluminación. ¿Acaso su vacío nos lleva hacia la búsqueda interior?

Tal vez estas tierras deban su fecundidad trascendental a que su materialización coquetea con la nada, con la repetición infinita hasta que lo corpóreo se diluye –si el silencio eligiera un cuerpo muy probablemente se vestiría con infinidad de granos de arena–.

En el desierto se despliega una naturaleza indómita, virginal, rara vez manipulada por la mano humana. Por eso podríamos afirmar que se trata de un territorio tan salvaje como prístino, primigenio. Sus colores, que transmutan dócilmente con el movimiento del sol, sus formas y componentes, constituyen un reto físico en un primer momento, para luego convertirse en un desafío mental y emocional.

Estos lugares alojan una galaxia de símbolos: metáfora del vacío, de la infertilidad, de la muerte, de un pasado primitivo o de un futuro desolador. Pero simultáneamente, o quizá como consecuencia de lo anterior, fungen como un espejo inabarcable, sus vistas abiertas y su interminable claridad generan en los hombres la necesidad, incluso la obligación, de mirar hacia adentro. Tal vez por eso exaltan lo sacro y, en especial, lo ascético –recordemos que en numerosas tradiciones el agotamiento físico del cuerpo, un síntoma casi implícito en este ecosistema, es una manera de purificar el alma–.

Está lejos de ser una casualidad que precisamente dentro del desierto demonio trató de tentar a Jesús, y que fue aquí donde él sostuvo cuarenta días y cuarenta noches en ayuno. Además, existen numerosísimos casos de visionarios, peregrinos, guías espirituales, profetas e iluminados, cuyo camino tarde o temprano pasó por un mar de arena. Y aquí vale la pena recordar a los “Padres del desierto”, un grupo de monjes o anacoretas que en el siglo III encontraron en este hábitat el escenario idóneo para procurar la hésykia o paz interior.

El desierto revela la paradoja entre la simpleza y la complejidad. Tanto visual como simbólicamente, exalta la claridad, la honestidad y la limpieza en todos sus acepciones. Es la libertad máxima y a la vez el infranqueable laberinto. El vacío que proyecta funge como cabal espejo que nos muestra, reflejada, una síntesis de lo que somos. Dentro del desierto, el vacío exterior nos obliga a mirar hacia adentro, haciendo patente lo que poetas, filósofos y estudiosos sostienen desde hace siglos: eso que está afuera de ti, te refleja.

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