Metáfora en miniatura de los enredados caminos del poder humano, el ajedrez ha cautivado las mentes más brillantes y excéntricas del mundo. Casi todas ellas conocieron su secreto simbolismo, su posibilidad de ser algo más que un simple juego de mesa; desde el escritor Vladimir Nabokov, los directores Stanley Kubrick y Charlie Chaplin, hasta el gran León Tolstói, el compositor Serguéi Prokófiev, Lenin y Napoleón, la lista de amantes del ajedrez (descrito por Borges como “geométrico y bizarro”) también incluye a Marcel Duchamp y John Cage, quienes un día de 1968 jugaron un partido que, como era de esperarse, fue algo más que sólo eso.

Marcel Duchamp amaba tanto este juego que en algún momento de su vida este amor le costó su breve matrimonio con la heredera Lydie Sarazin-Levassor —el artista habría de pasar su luna de miel resolviendo problemas de ajedrez; en los últimos años de su vida, cuando ya se había retirado del mundo del arte, una de sus actividades preferidas era, por supuesto, jugar este juego (aún hoy, puedes jugar una partida con su fantasma). Por su parte, John Cage alguna vez confesó que jugaba ajedrez con Duchamp para pasar tiempo con él, y que nunca logró ser un gran jugador mientras el francés vivió.

En 1943, a manera de homenaje a Duchamp, Cage hizo Chess Pieces, una pieza para piano y el dibujo de un tablero de ajedrez que era, al mismo tiempo, la partitura de esta música. Años después invitó al artista a jugar en público con él en Toronto, un pretexto para crear el espectáculo musical que llamó Reunion (Reunión). El francés acudió a la épica partida con su esposa Teeny. Desafortunadamente no existen videos de este encuentro, sólo algunas fotografías.

El hoy mítico partido de ajedrez entre los dos artistas se jugó en un insólito tablero diseñado por Lowell Cross (conocido por haber sido uno de los inventores de los espectáculos de luz con rayos láser) y emitía música electrónica producida por sistemas generadores de sonido cuando se cubrían o se descubrían áreas de la tabla con dispositivos fotosensibles; su creador también colocó micrófonos que captaban los sonidos del movimiento de las piezas al deslizarse sobre la superficie del tablero. Al mismo tiempo, imágenes generadas por un osciloscopio eran proyectadas en pantallas de televisión, un monitoreo visual de lo que sucedía en el juego. La partida duró tanto como su audiencia y Duchamp (en lo que fue su última aparición en público) pudieron soportar, de las 8:30 de la noche del 5 de marzo de 1968, a la 1:00 de la mañana del día siguiente.

La irrepetible reunión, que seguramente pareció una escena de teatro del absurdo, debe de haber sido magnífica: un tablero “futurista” lleno de cables y dos de los más importantes artistas modernos —el hombre que cambió la historia del arte conceptual y el que cambió la de la música contemporánea—jugando durante horas en silencio, iluminados por los reflectores del Ryerson Theatre. Cage perdió, como siempre, y Duchamp, cuya salud decaía y habría de fallecer pocos meses después, hizo algo que llevaba mucho tiempo negándose a hacer, una pieza de arte. Así, inadvertidamente, Cage logró que el francés realizara una de sus últimas creaciones.

 

 

*Imagen: Wikimedia Commons

Metáfora en miniatura de los enredados caminos del poder humano, el ajedrez ha cautivado las mentes más brillantes y excéntricas del mundo. Casi todas ellas conocieron su secreto simbolismo, su posibilidad de ser algo más que un simple juego de mesa; desde el escritor Vladimir Nabokov, los directores Stanley Kubrick y Charlie Chaplin, hasta el gran León Tolstói, el compositor Serguéi Prokófiev, Lenin y Napoleón, la lista de amantes del ajedrez (descrito por Borges como “geométrico y bizarro”) también incluye a Marcel Duchamp y John Cage, quienes un día de 1968 jugaron un partido que, como era de esperarse, fue algo más que sólo eso.

Marcel Duchamp amaba tanto este juego que en algún momento de su vida este amor le costó su breve matrimonio con la heredera Lydie Sarazin-Levassor —el artista habría de pasar su luna de miel resolviendo problemas de ajedrez; en los últimos años de su vida, cuando ya se había retirado del mundo del arte, una de sus actividades preferidas era, por supuesto, jugar este juego (aún hoy, puedes jugar una partida con su fantasma). Por su parte, John Cage alguna vez confesó que jugaba ajedrez con Duchamp para pasar tiempo con él, y que nunca logró ser un gran jugador mientras el francés vivió.

En 1943, a manera de homenaje a Duchamp, Cage hizo Chess Pieces, una pieza para piano y el dibujo de un tablero de ajedrez que era, al mismo tiempo, la partitura de esta música. Años después invitó al artista a jugar en público con él en Toronto, un pretexto para crear el espectáculo musical que llamó Reunion (Reunión). El francés acudió a la épica partida con su esposa Teeny. Desafortunadamente no existen videos de este encuentro, sólo algunas fotografías.

El hoy mítico partido de ajedrez entre los dos artistas se jugó en un insólito tablero diseñado por Lowell Cross (conocido por haber sido uno de los inventores de los espectáculos de luz con rayos láser) y emitía música electrónica producida por sistemas generadores de sonido cuando se cubrían o se descubrían áreas de la tabla con dispositivos fotosensibles; su creador también colocó micrófonos que captaban los sonidos del movimiento de las piezas al deslizarse sobre la superficie del tablero. Al mismo tiempo, imágenes generadas por un osciloscopio eran proyectadas en pantallas de televisión, un monitoreo visual de lo que sucedía en el juego. La partida duró tanto como su audiencia y Duchamp (en lo que fue su última aparición en público) pudieron soportar, de las 8:30 de la noche del 5 de marzo de 1968, a la 1:00 de la mañana del día siguiente.

La irrepetible reunión, que seguramente pareció una escena de teatro del absurdo, debe de haber sido magnífica: un tablero “futurista” lleno de cables y dos de los más importantes artistas modernos —el hombre que cambió la historia del arte conceptual y el que cambió la de la música contemporánea—jugando durante horas en silencio, iluminados por los reflectores del Ryerson Theatre. Cage perdió, como siempre, y Duchamp, cuya salud decaía y habría de fallecer pocos meses después, hizo algo que llevaba mucho tiempo negándose a hacer, una pieza de arte. Así, inadvertidamente, Cage logró que el francés realizara una de sus últimas creaciones.

 

 

*Imagen: Wikimedia Commons