Si la humanidad tuviera que presentarse con otra especie del Universo, ¿cómo lo haría? Podría explicar sus descubrimientos científicos, sus tecnologías, la historia de su arte y su arquitectura, su capacidad de sentir o de amar; también podría contar la historia de sus grandes guerras, de su capacidad de destrucción y violencia, o de la manera en que ha maltratado el planeta al que llama hogar. Pero es quizá a través de algo tan efímero y universal como el sonido o tan contundentemente sensorial como las imágenes que podríamos describirnos mejor, o al menos esa fue la premisa de quienes decidieron colocar el Disco dorado —una colección de sonidos e imágenes de la Tierra y sus habitantes— a bordo de la sonda espacial Voyager 1, que partió de nuestro planeta el 5 de septiembre de 1977.

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El objeto en sí mismo es una joya. Se trata de un vinilo de cobre bañado en oro que contiene una selección encriptada, en código binario, de sonidos e imágenes de la Tierra y sus habitantes. Los contenidos del disco fueron elegidos, en aquellos años, por un comité encabezado por Carl Sagan; este titánico trabajo tomó casi un año e integra 117 imágenes: diagramas matemáticos que explican cantidades y mediciones humanas; esquemas del Sistema Solar y sus planetas; gráficos del ADN del hombre, su reproducción y anatomía; además de fotografías de la vida cotidiana de distintas culturas, animales, plantas, paisajes insectos, comida y arquitectura. Algunas de estas imágenes tienen cuidadosas anotaciones que indican la escala o tamaño (basadas en las primeras imágenes de medidas), la composición química de algunos objetos o su masa.

El Disco dorado también incluye una extensa colección sonora que va desde el sonido de las olas, un volcán haciendo erupción, el viento, relámpagos y algunos sonidos animales (como los de aves y ballenas), hasta grabaciones de risa (la de Sagan), el sonido de pisadas y el de un beso. Además, contiene saludos en 55 idiomas y piezas musicales de todo el mundo: Bach, Mozart, Beethoven, Stravinsky, músicas folclóricas de un sinfín de culturas, y el tema Johnny B. Goode de Chuck Berry —cuya inclusión fue controversial porque algunos de los miembros del consejo sostenían que el rock and roll era música de adolescentes, a lo que Sagan respondió: “Hay muchos adolescentes en nuestro planeta”. El astrónomo, incluso, propuso incluir el tema Here Comes the Sun de Los Beatles, pero la compañía discográfica se opuso, increíblemente, por cuestiones de derechos de autor.

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Como un gabinete de curiosidades sonoras y visuales que hoy flota en el espacio, el Disco dorado también contiene una grabación de las ondas cerebrales de una mujer (a quien, durante el ejercicio, se le pidió que pensara en distintas cosas como la historia de la Tierra, las civilizaciones humanas y los problemas que enfrentan y cómo se siente el amor). Además, incluye la frase en latín Per aspera ad astra ohacia las estrellas en contra de las dificultades” en clave Morse.

En febrero de 2017, hace apenas algunos meses, la Voyager 1 se encontraba a 38 horas 14 minutos horas-luz de la Tierra, viajando a 17 km/s en dirección al centro de nuestra galaxia; sabemos que nunca regresará al Sistema Solar interior y se prevé que sus generadores termoeléctricos de energía le permitirán estar en contacto con la Tierra, por lo menos, hasta 2025. La posibilidad de que sea encontrada por otra especie habitante del Universo y, más aún, de que ésta tenga la tecnología y capacidad de entender el mensaje es, sin duda, remotísima. Pero la existencia de este mensaje dentro de una botella, un autorretrato de la humanidad que surca la inmensidad del cosmos, es ciertamente conmovedora y nos obliga a hacer un necesario ejercicio de perspectiva y humildad para comprender nuestro tamaño, a observarnos como especie en nuestra faceta más negativa y, también, en la más luminosa.

Puedes consultar el contenido completo del Disco dorado en la página de la NASA.

 

 

Imágenes: Public Domain.

Si la humanidad tuviera que presentarse con otra especie del Universo, ¿cómo lo haría? Podría explicar sus descubrimientos científicos, sus tecnologías, la historia de su arte y su arquitectura, su capacidad de sentir o de amar; también podría contar la historia de sus grandes guerras, de su capacidad de destrucción y violencia, o de la manera en que ha maltratado el planeta al que llama hogar. Pero es quizá a través de algo tan efímero y universal como el sonido o tan contundentemente sensorial como las imágenes que podríamos describirnos mejor, o al menos esa fue la premisa de quienes decidieron colocar el Disco dorado —una colección de sonidos e imágenes de la Tierra y sus habitantes— a bordo de la sonda espacial Voyager 1, que partió de nuestro planeta el 5 de septiembre de 1977.

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El objeto en sí mismo es una joya. Se trata de un vinilo de cobre bañado en oro que contiene una selección encriptada, en código binario, de sonidos e imágenes de la Tierra y sus habitantes. Los contenidos del disco fueron elegidos, en aquellos años, por un comité encabezado por Carl Sagan; este titánico trabajo tomó casi un año e integra 117 imágenes: diagramas matemáticos que explican cantidades y mediciones humanas; esquemas del Sistema Solar y sus planetas; gráficos del ADN del hombre, su reproducción y anatomía; además de fotografías de la vida cotidiana de distintas culturas, animales, plantas, paisajes insectos, comida y arquitectura. Algunas de estas imágenes tienen cuidadosas anotaciones que indican la escala o tamaño (basadas en las primeras imágenes de medidas), la composición química de algunos objetos o su masa.

El Disco dorado también incluye una extensa colección sonora que va desde el sonido de las olas, un volcán haciendo erupción, el viento, relámpagos y algunos sonidos animales (como los de aves y ballenas), hasta grabaciones de risa (la de Sagan), el sonido de pisadas y el de un beso. Además, contiene saludos en 55 idiomas y piezas musicales de todo el mundo: Bach, Mozart, Beethoven, Stravinsky, músicas folclóricas de un sinfín de culturas, y el tema Johnny B. Goode de Chuck Berry —cuya inclusión fue controversial porque algunos de los miembros del consejo sostenían que el rock and roll era música de adolescentes, a lo que Sagan respondió: “Hay muchos adolescentes en nuestro planeta”. El astrónomo, incluso, propuso incluir el tema Here Comes the Sun de Los Beatles, pero la compañía discográfica se opuso, increíblemente, por cuestiones de derechos de autor.

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Como un gabinete de curiosidades sonoras y visuales que hoy flota en el espacio, el Disco dorado también contiene una grabación de las ondas cerebrales de una mujer (a quien, durante el ejercicio, se le pidió que pensara en distintas cosas como la historia de la Tierra, las civilizaciones humanas y los problemas que enfrentan y cómo se siente el amor). Además, incluye la frase en latín Per aspera ad astra ohacia las estrellas en contra de las dificultades” en clave Morse.

En febrero de 2017, hace apenas algunos meses, la Voyager 1 se encontraba a 38 horas 14 minutos horas-luz de la Tierra, viajando a 17 km/s en dirección al centro de nuestra galaxia; sabemos que nunca regresará al Sistema Solar interior y se prevé que sus generadores termoeléctricos de energía le permitirán estar en contacto con la Tierra, por lo menos, hasta 2025. La posibilidad de que sea encontrada por otra especie habitante del Universo y, más aún, de que ésta tenga la tecnología y capacidad de entender el mensaje es, sin duda, remotísima. Pero la existencia de este mensaje dentro de una botella, un autorretrato de la humanidad que surca la inmensidad del cosmos, es ciertamente conmovedora y nos obliga a hacer un necesario ejercicio de perspectiva y humildad para comprender nuestro tamaño, a observarnos como especie en nuestra faceta más negativa y, también, en la más luminosa.

Puedes consultar el contenido completo del Disco dorado en la página de la NASA.

 

 

Imágenes: Public Domain.