I want to be with those who know secret things or else alone.
Rainer Maria Rilke

En la jardinería hay combinaciones tan fortuitas que se convierten en metáforas. Que al igual que las metáforas, nos sirven para habitar el mundo y acaso entrever un poco sus pliegues y misterios. Una de ellas es el jardín secreto. Recientemente The Guardian reveló una lista de jardines secretos dispersos por el Reino Unido, y con ello, aunque a primera vista fútil, le regresó al mundo dos elementos que hoy precisa especialmente: el del asombro, el del refugio. Y “los secretos no se descubren a menos que sea necesario”, diría Joseph Campbell.

Técnicamente, un jardín secreto es cualquier jardín que esté escondido de los ojos del público, y que haya sido concebido para ello. Pero a diferencia de los jardines privados, que existen para el disfrute de sus propietarios, el jardín secreto es un terreno de y para sí mismo, un dominio natural completo que no es parte de una residencia y cuya entrada está también oculta tras su follaje. El jardín secreto es un homenaje al jardín secreto.

SGint1

Decía Margaret Atwood que “cualquier cosa silenciada clamará ser escuchada, aunque sea silenciosamente”. Así el jardín secreto espera revelarse, ser leído. El solo hecho de que esté escondido despierta en el ser humano un impulso innato a prestar atención, a descubrir con los ojos, el oído, el olfato y la piel todo aquello que está siendo dicho y al mismo tiempo silenciado. Por eso el que entra en un jardín secreto es de nuevo un niño en un pedazo del paraíso; allí puede llenarse los ojos de asombro y ser curioso y estar a salvo.

SG3

Se puede decir que entre los hombres hay dos formas del secreto: el que se guarda con fines engañosos y el que se le revela como una epifanía. El de un jardín secreto pertenece a este último, pero además genera un tercer tipo: es un misterio al que se puede entrar con todo el cuerpo. Nos protege del mundo y se abre para nosotros en silencio, de golpe, como una epifanía. Lo mejor es que aunque en principio sólo lo imaginemos, su mero concepto de ámbito natural, cerrado como un sueño, de inmediato nos asila. Es un lugar de alivio donde haya uno.

El planeta está lleno de jardines secretos. Quizá por la misma razón que menciona Campbell, algunos de ellos están surgiendo ahora, clamando ser escuchados. Posiblemente estemos en un momento de la historia en que es preciso pensar en jardines secretos, en ir en busca de uno. Todos estamos aludidos en ese metafórico lugar frondoso y secreto donde las soledades se encuentran, se protegen y se saludan.

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I want to be with those who know secret things or else alone.
Rainer Maria Rilke

En la jardinería hay combinaciones tan fortuitas que se convierten en metáforas. Que al igual que las metáforas, nos sirven para habitar el mundo y acaso entrever un poco sus pliegues y misterios. Una de ellas es el jardín secreto. Recientemente The Guardian reveló una lista de jardines secretos dispersos por el Reino Unido, y con ello, aunque a primera vista fútil, le regresó al mundo dos elementos que hoy precisa especialmente: el del asombro, el del refugio. Y “los secretos no se descubren a menos que sea necesario”, diría Joseph Campbell.

Técnicamente, un jardín secreto es cualquier jardín que esté escondido de los ojos del público, y que haya sido concebido para ello. Pero a diferencia de los jardines privados, que existen para el disfrute de sus propietarios, el jardín secreto es un terreno de y para sí mismo, un dominio natural completo que no es parte de una residencia y cuya entrada está también oculta tras su follaje. El jardín secreto es un homenaje al jardín secreto.

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Decía Margaret Atwood que “cualquier cosa silenciada clamará ser escuchada, aunque sea silenciosamente”. Así el jardín secreto espera revelarse, ser leído. El solo hecho de que esté escondido despierta en el ser humano un impulso innato a prestar atención, a descubrir con los ojos, el oído, el olfato y la piel todo aquello que está siendo dicho y al mismo tiempo silenciado. Por eso el que entra en un jardín secreto es de nuevo un niño en un pedazo del paraíso; allí puede llenarse los ojos de asombro y ser curioso y estar a salvo.

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Se puede decir que entre los hombres hay dos formas del secreto: el que se guarda con fines engañosos y el que se le revela como una epifanía. El de un jardín secreto pertenece a este último, pero además genera un tercer tipo: es un misterio al que se puede entrar con todo el cuerpo. Nos protege del mundo y se abre para nosotros en silencio, de golpe, como una epifanía. Lo mejor es que aunque en principio sólo lo imaginemos, su mero concepto de ámbito natural, cerrado como un sueño, de inmediato nos asila. Es un lugar de alivio donde haya uno.

El planeta está lleno de jardines secretos. Quizá por la misma razón que menciona Campbell, algunos de ellos están surgiendo ahora, clamando ser escuchados. Posiblemente estemos en un momento de la historia en que es preciso pensar en jardines secretos, en ir en busca de uno. Todos estamos aludidos en ese metafórico lugar frondoso y secreto donde las soledades se encuentran, se protegen y se saludan.

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