El origen socio-religioso del sistema de castas hindú parece situarse en el remoto himno del Púrusha-Sukta del Rig Veda, y en el código de Manú. Este último, admirado por pensadores de la talla de Arthur Schopenhauer o Friedrich Nietzsche, atribuye a las castas un orden sagrado, y dictamina la prohibición de aspirar al cambio de casta en la duración de una vida.

Al día de hoy, el sistema de castas sigue generando preocupantes enfrentamientos sociales. Los parias o intocables, una porción significativa de la sociedad que es considerada impura y relegada a los trabajos más humillantes por la sola condición de su origen, sobrevive hoy pese a que la constitución declara ilegal la discriminación contra las castas más bajas. Pero los intocables son menos que eso, un grupo excluido del sistema de castas, y considerados por los hinduistas como poco más que animales inferiores.

Precisamente bajo este sino nació Kalpana Saroj. Oriunda de una paupérrima aldea del estado de Maharashtra, ella nació con el sello de ser una Dalit, una intocable. Su futuro parecía determinado por un condicionamiento inquebrantable que la destinaba a los trabajos más innobles, o a un matrimonio prematuro y de carácter involuntario. Esto último fue lo que sucedió: a la edad de doce años fue desposada y obligada a vivir con la familia de su esposo en un barrio de Mumbai. Tras sufrir abusos físicos, la joven Kalpana intentó suicidarse sin éxito ingiriendo un veneno. Nada parecía indicar que la joven Dalit pudiera, algún día, convertirse en la exitosa empresaria que hoy recorre el mundo dando conferencias.

El caso de Saroj es extraordinario por partida doble: su condición de mujer y de intocable han convertido su ascenso en una especie de milagro de la movilidad social. A la edad de dieciséis años regresó a Mumbai, donde se empleó en una fábrica de ropa para mantener a su familia. Tras iniciar con modesto éxito un negocio de sastrería, Kalpana se decidió por comprar un pequeño terreno cuya posterior venta le permitió iniciarse en el negocio de los bienes raíces. En la actualidad es considerada una de las personas más ricas de la India y un ejemplo de superación para las clases más desfavorecidas del país.

Pero si sólo se tratase de riqueza, Kalpana Saroj no pasaría de ser una más de aquellos nuevos ricos de la India que despilfarran su dinero en onerosas fiestas y hacen ostentación de sus logros en cuanto la ocasión se presenta. Una clase social en ascenso que vive al margen de la realidad del país, en el que una gran parte de la población sobrevive en condiciones de extrema pobreza.

La joven nacida en la humilde aldea de Roperkheda, casada a la edad de doce años y que en algún momento pensó en quitarse la vida, retorna cada tanto su aldea natal, causando gran revuelo entre sus habitantes, para fundar hospitales ambulantes y repartir comida entre los más necesitados. No hay un ápice de condescendencia o falsa solidaridad en sus actos; Kalpana Saroj no ha olvidado de dónde proviene y se muestra feliz en la convivencia con sus antiguos vecinos. Ella misma sirve la comida, charla con los aldeanos, y se divierte recordando cómo eran las cosas antes de su partida a Mumbai.

El milagro de Kalpana no es sólo haber roto las rígidas ataduras sociales y haberse convertido en una rica empresaria; su milagro es, ante todo, el de no haber olvidado su pasado y utilizar su actual riqueza para aliviar las penalidades de los que continúan atrapados en la realidad de la que ella supo escapar.

Imagen: Dominio público

El origen socio-religioso del sistema de castas hindú parece situarse en el remoto himno del Púrusha-Sukta del Rig Veda, y en el código de Manú. Este último, admirado por pensadores de la talla de Arthur Schopenhauer o Friedrich Nietzsche, atribuye a las castas un orden sagrado, y dictamina la prohibición de aspirar al cambio de casta en la duración de una vida.

Al día de hoy, el sistema de castas sigue generando preocupantes enfrentamientos sociales. Los parias o intocables, una porción significativa de la sociedad que es considerada impura y relegada a los trabajos más humillantes por la sola condición de su origen, sobrevive hoy pese a que la constitución declara ilegal la discriminación contra las castas más bajas. Pero los intocables son menos que eso, un grupo excluido del sistema de castas, y considerados por los hinduistas como poco más que animales inferiores.

Precisamente bajo este sino nació Kalpana Saroj. Oriunda de una paupérrima aldea del estado de Maharashtra, ella nació con el sello de ser una Dalit, una intocable. Su futuro parecía determinado por un condicionamiento inquebrantable que la destinaba a los trabajos más innobles, o a un matrimonio prematuro y de carácter involuntario. Esto último fue lo que sucedió: a la edad de doce años fue desposada y obligada a vivir con la familia de su esposo en un barrio de Mumbai. Tras sufrir abusos físicos, la joven Kalpana intentó suicidarse sin éxito ingiriendo un veneno. Nada parecía indicar que la joven Dalit pudiera, algún día, convertirse en la exitosa empresaria que hoy recorre el mundo dando conferencias.

El caso de Saroj es extraordinario por partida doble: su condición de mujer y de intocable han convertido su ascenso en una especie de milagro de la movilidad social. A la edad de dieciséis años regresó a Mumbai, donde se empleó en una fábrica de ropa para mantener a su familia. Tras iniciar con modesto éxito un negocio de sastrería, Kalpana se decidió por comprar un pequeño terreno cuya posterior venta le permitió iniciarse en el negocio de los bienes raíces. En la actualidad es considerada una de las personas más ricas de la India y un ejemplo de superación para las clases más desfavorecidas del país.

Pero si sólo se tratase de riqueza, Kalpana Saroj no pasaría de ser una más de aquellos nuevos ricos de la India que despilfarran su dinero en onerosas fiestas y hacen ostentación de sus logros en cuanto la ocasión se presenta. Una clase social en ascenso que vive al margen de la realidad del país, en el que una gran parte de la población sobrevive en condiciones de extrema pobreza.

La joven nacida en la humilde aldea de Roperkheda, casada a la edad de doce años y que en algún momento pensó en quitarse la vida, retorna cada tanto su aldea natal, causando gran revuelo entre sus habitantes, para fundar hospitales ambulantes y repartir comida entre los más necesitados. No hay un ápice de condescendencia o falsa solidaridad en sus actos; Kalpana Saroj no ha olvidado de dónde proviene y se muestra feliz en la convivencia con sus antiguos vecinos. Ella misma sirve la comida, charla con los aldeanos, y se divierte recordando cómo eran las cosas antes de su partida a Mumbai.

El milagro de Kalpana no es sólo haber roto las rígidas ataduras sociales y haberse convertido en una rica empresaria; su milagro es, ante todo, el de no haber olvidado su pasado y utilizar su actual riqueza para aliviar las penalidades de los que continúan atrapados en la realidad de la que ella supo escapar.

Imagen: Dominio público