Para que el paraíso sea el paraíso debemos imaginarlo en nuestros propios términos. Si llegamos a un lugar ajeno lleno de extraños seguramente no sentiremos la confianza requerida para llamar paraíso a ese lugar. El “cielo” de los católicos, por ejemplo, está poblado por ángeles y figuras divinas que a través de historias y representaciones ya les enseñaron a querer, es parte ya del imaginario afectuoso de los religiosos.

Walt Disney operó bajo el mismo principio: se dedicó a enamorar al público con sus personajes animados y después le dio un paraíso habitado por ellos; un lugar absolutamente confiable dónde uno reconoce a todos y a todo, y se siente bienvenido por exactamente lo que esperaba encontrar.

En este sentido, su modelo fue impecable. Disneylandia provee a los niños y adultos de una seguridad ya anunciada por la metafísica que heredamos de las religiones. Fue ideada y premeditada por Walt como una utopía urobórica: una que surge y termina en un mismo trazo. Incluso físicamente, el primero de estos parques de diversiones estuvo delimitado por unas vías de tren (operadas por Mickey Mouse) que lo aislaban del mundo real y circulaban la tierra fantástica como una serpiente que se muerde la cola. El genial Walt Disney se sirvió de esa fórmula antiquísima para crear su paraíso y asegurarse de que fuera un refugio alejado del mundo y una visión compartida por varias generaciones. Y funcionó.

Cuando el primer Disneylandia abrió sus puertas en 1955 en Anaheim, California, Walt Disney calculó el diseño perfecto para un nuevo tipo de parque de diversiones, uno con una sola entrada, escondido de calles aledañas, con paseos alegóricos que posicionaran a las historias antes de las emociones fuertes. Entre más imaginó un “parque mágico”, más imaginativo y elaborado este se volvió. El parque se dividía en cinco tierras: la memoria idílica en Main Street, U.S.A, donde revivió el típico cambio de siglo estadounidense; la exploración y lo exótico en Adventureland, donde invitaba al público a visualizarse en lugares remotos de la tierra; Frontierland, para revivir los días pioneros de la frontera americana; Fantasyland, “para hacer los sueños realidad” y Tomorrowland, donde se presentaban las “maravillas de la ciencia del futuro”.

Construyó animales salvajes tan verosímiles como pudo, un barco de paletas del Mississippi, el enorme castillo de la Bella Durmiente, entre muchos otros prototipos y estereotipos de un fantástico Sueño americano. Pero los cuentos siempre fueron su primacía.

En Disney uno encuentra, cada vez más, la ambientación mágica de sus endulzados cuentos de hada, los piratas malos que te contagian sus canciones, la historia con el eterno final feliz, la metafísica sin tragedia. Incluso uno puede encontrar a Mickey y abrazarlo y tomarse una fotografía con él; testimonio de que esa “realidad a parte” que meticulosamente construyó Disney no tiene por que estar más allá del televidente: puede tocarse y abrazarse y quedar plasmado en fotografías. Una utopía perfecta y, por supuesto, millonaria.

Disneylandia recrea todo lo que siempre quisimos conocer sin tener que esperar a la muerte. Es la producción más impresionante y perfecta de un paraíso artificial que no esconde su artificialidad sino, al contrario, la reitera una y otra vez para que el público se sienta cómodo en el “make believe”; para que con la máxima naturalidad incluya a los personajes de plástico y a los cuentos de hada en su metafísica mundana. El sueño televisivo se hace realidad en Disney donde nos esperan nuestros amigos imaginarios y el final feliz no es nunca un final –no hay tragedia–; es la historia sin fin.

Para que el paraíso sea el paraíso debemos imaginarlo en nuestros propios términos. Si llegamos a un lugar ajeno lleno de extraños seguramente no sentiremos la confianza requerida para llamar paraíso a ese lugar. El “cielo” de los católicos, por ejemplo, está poblado por ángeles y figuras divinas que a través de historias y representaciones ya les enseñaron a querer, es parte ya del imaginario afectuoso de los religiosos.

Walt Disney operó bajo el mismo principio: se dedicó a enamorar al público con sus personajes animados y después le dio un paraíso habitado por ellos; un lugar absolutamente confiable dónde uno reconoce a todos y a todo, y se siente bienvenido por exactamente lo que esperaba encontrar.

En este sentido, su modelo fue impecable. Disneylandia provee a los niños y adultos de una seguridad ya anunciada por la metafísica que heredamos de las religiones. Fue ideada y premeditada por Walt como una utopía urobórica: una que surge y termina en un mismo trazo. Incluso físicamente, el primero de estos parques de diversiones estuvo delimitado por unas vías de tren (operadas por Mickey Mouse) que lo aislaban del mundo real y circulaban la tierra fantástica como una serpiente que se muerde la cola. El genial Walt Disney se sirvió de esa fórmula antiquísima para crear su paraíso y asegurarse de que fuera un refugio alejado del mundo y una visión compartida por varias generaciones. Y funcionó.

Cuando el primer Disneylandia abrió sus puertas en 1955 en Anaheim, California, Walt Disney calculó el diseño perfecto para un nuevo tipo de parque de diversiones, uno con una sola entrada, escondido de calles aledañas, con paseos alegóricos que posicionaran a las historias antes de las emociones fuertes. Entre más imaginó un “parque mágico”, más imaginativo y elaborado este se volvió. El parque se dividía en cinco tierras: la memoria idílica en Main Street, U.S.A, donde revivió el típico cambio de siglo estadounidense; la exploración y lo exótico en Adventureland, donde invitaba al público a visualizarse en lugares remotos de la tierra; Frontierland, para revivir los días pioneros de la frontera americana; Fantasyland, “para hacer los sueños realidad” y Tomorrowland, donde se presentaban las “maravillas de la ciencia del futuro”.

Construyó animales salvajes tan verosímiles como pudo, un barco de paletas del Mississippi, el enorme castillo de la Bella Durmiente, entre muchos otros prototipos y estereotipos de un fantástico Sueño americano. Pero los cuentos siempre fueron su primacía.

En Disney uno encuentra, cada vez más, la ambientación mágica de sus endulzados cuentos de hada, los piratas malos que te contagian sus canciones, la historia con el eterno final feliz, la metafísica sin tragedia. Incluso uno puede encontrar a Mickey y abrazarlo y tomarse una fotografía con él; testimonio de que esa “realidad a parte” que meticulosamente construyó Disney no tiene por que estar más allá del televidente: puede tocarse y abrazarse y quedar plasmado en fotografías. Una utopía perfecta y, por supuesto, millonaria.

Disneylandia recrea todo lo que siempre quisimos conocer sin tener que esperar a la muerte. Es la producción más impresionante y perfecta de un paraíso artificial que no esconde su artificialidad sino, al contrario, la reitera una y otra vez para que el público se sienta cómodo en el “make believe”; para que con la máxima naturalidad incluya a los personajes de plástico y a los cuentos de hada en su metafísica mundana. El sueño televisivo se hace realidad en Disney donde nos esperan nuestros amigos imaginarios y el final feliz no es nunca un final –no hay tragedia–; es la historia sin fin.

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