Entre los siglos XVI y XVIII, la orden de los jesuitas llevó el Evangelio a todos los rincones del planeta, o al menos esa fue la intención, con misioneros como san Francisco Xavier, quienes llegaron hasta Japón, sin contar todo el episodio colonialista en las Américas, y el papel de los jesuitas en la promoción de un mejor trato a los pueblos indígenas del continente. Y es que los jesuitas pueden ser vistos como los primeros sociólogos o antropólogos, en el sentido de que para cumplir su misión evangelizadora debían entender no sólo el idioma sino las costumbres de los lugares a donde llegaban, documentación que forma parte de los primeros recuentos occidentales de las religiones de China, Japón y el sur de Asia.

Durante esa época, el mundo se dividía en cristianos, judíos, musulmanes e idólatras. Los budistas de todas las naciones asiáticas entraban dentro de la última descripción, pese a que los misioneros no se dieron cuenta en su momento de que muchas de las religiones que describieron en sus cartas eran en realidad el camino de vida sentado por Siddharta Gautama. Y es que cada región tenía su versión propia del budismo, las cuales no estaban normadas por una institución centralista (como el Vaticano) que pusiera orden en la doctrina. Cada pueblo y cada región tenía su propia idiosincrasia con respecto a la manera de llevar la religión, la vida cotidiana y las representaciones artísticas, por lo que había que ser un viajero sumamente avezado (o un lector tremendo) para encontrar las asociaciones.

voltaire_philosophy_of_newton_frontispiece

Además de la famosa Enciclopedia de Diderot y d’Alembert, el Siglo de las Luces fue un manantial de trabajos igualmente ambiciosos sobre el saber humano. Uno de ellos fue publicado en 1764 por Voltaire, y se llamó Diccionario filosófico, aunque al hablar de filosofía también hablaba sobre política: en él criticaba todas las formas de religión organizada de la época, tanto la iglesia católica como el islam y el judaismo. A pesar de que Voltaire también criticaba el budismo (aunque este término no fue acuñado sino hasta el siglo XIX), en su diccionario dedica algunas palabras de consideración al Buda, aunque el autor se refiere a él por uno de sus epítetos, “Sammonocodom”, que se refiere al aspecto mendicante de Gautama.

En su entrada sobre el Buda, Voltaire asocia el nacimiento de Sammonocodom con el de Jesús y otras deidades milagrosamente concebidas por una virgen; sin embargo, el interés de Voltaire será diferenciar al hombre del mito, por ejemplo, al mencionar que “la religión de Siam nos demuestra que nunca un hombre de leyes enseñó una moral dañina”, asociando los preceptos del Buda a sus discípulos con aquellos de San Benito.

Un recuento de estas leyes, ciertamente pasado por el tamiz de la exageración, también se ofrece en el diccionario de Voltaire; la lista incluye “evitar las canciones, danzas, reuniones, todo aquello que pudiera reblandecer el alma”, “no poseer oro ni plata”, “hablar sólo de la justicia y trabajar sólo por la justicia”, “dormir poco, comer poco, tener únicamente una túnica”, “nunca burlarse” y “meditar en privado, y reflexionar a menudo sobre la fragilidad de los asuntos humanos.”

Una de las historias más interesantes contadas por Voltaire en su entrada acerca de Sammonocodom es el recuento del jesuita francés Guy Tachard, quien atestiguó un curioso reparo de los tailandeses para no adoptar la religión católica: en la versión local del budismo, Gautama tiene un primo malvado de nombre Devadatta, un monje corrupto que trata de matar a su maestro en varias ocasiones. Como resultado, Devadatta es devorado por la tierra y llega a uno de los peores infiernos, donde es empalado por tres lanzas de hierro, una de la cabeza a los pies, una a través del pecho y otra a través de los hombros. La corte de Siam, al ver los crucifijos de los misioneros jesuitas, pensó que se trataba de adoradores de Devadatta, y cuando los monjes explicaron el sentido de la cruz, los asiáticos pensaron que el dios cristiano debía de ser bastante débil, pues se dejaba someter a una tortura humana tan brutal.

El recuento de Voltaire es interesante y abunda en cuestiones teológicas acerca de esta confusión, pero en última instancia, construye una historia de las religiones que tiene en común atraer a los nuevos adeptos gracias a las enseñanzas del maestro o del iniciado, pero que ulteriormente repele a la gente razonable por las doctrinas y maniqueísmos adoptados por los discípulos. Voltaire, a su modo y de segunda mano, logra comprender que en Siam “ya no creen en DIOS, porque se dan cuenta bastante bien que Sammonocodom no es dios”.

 

*Imágenes: 1) Pixabay – Creative Commons; 2) Voltaire Philosophy of Newton frontispiece, Dominio Público

Entre los siglos XVI y XVIII, la orden de los jesuitas llevó el Evangelio a todos los rincones del planeta, o al menos esa fue la intención, con misioneros como san Francisco Xavier, quienes llegaron hasta Japón, sin contar todo el episodio colonialista en las Américas, y el papel de los jesuitas en la promoción de un mejor trato a los pueblos indígenas del continente. Y es que los jesuitas pueden ser vistos como los primeros sociólogos o antropólogos, en el sentido de que para cumplir su misión evangelizadora debían entender no sólo el idioma sino las costumbres de los lugares a donde llegaban, documentación que forma parte de los primeros recuentos occidentales de las religiones de China, Japón y el sur de Asia.

Durante esa época, el mundo se dividía en cristianos, judíos, musulmanes e idólatras. Los budistas de todas las naciones asiáticas entraban dentro de la última descripción, pese a que los misioneros no se dieron cuenta en su momento de que muchas de las religiones que describieron en sus cartas eran en realidad el camino de vida sentado por Siddharta Gautama. Y es que cada región tenía su versión propia del budismo, las cuales no estaban normadas por una institución centralista (como el Vaticano) que pusiera orden en la doctrina. Cada pueblo y cada región tenía su propia idiosincrasia con respecto a la manera de llevar la religión, la vida cotidiana y las representaciones artísticas, por lo que había que ser un viajero sumamente avezado (o un lector tremendo) para encontrar las asociaciones.

voltaire_philosophy_of_newton_frontispiece

Además de la famosa Enciclopedia de Diderot y d’Alembert, el Siglo de las Luces fue un manantial de trabajos igualmente ambiciosos sobre el saber humano. Uno de ellos fue publicado en 1764 por Voltaire, y se llamó Diccionario filosófico, aunque al hablar de filosofía también hablaba sobre política: en él criticaba todas las formas de religión organizada de la época, tanto la iglesia católica como el islam y el judaismo. A pesar de que Voltaire también criticaba el budismo (aunque este término no fue acuñado sino hasta el siglo XIX), en su diccionario dedica algunas palabras de consideración al Buda, aunque el autor se refiere a él por uno de sus epítetos, “Sammonocodom”, que se refiere al aspecto mendicante de Gautama.

En su entrada sobre el Buda, Voltaire asocia el nacimiento de Sammonocodom con el de Jesús y otras deidades milagrosamente concebidas por una virgen; sin embargo, el interés de Voltaire será diferenciar al hombre del mito, por ejemplo, al mencionar que “la religión de Siam nos demuestra que nunca un hombre de leyes enseñó una moral dañina”, asociando los preceptos del Buda a sus discípulos con aquellos de San Benito.

Un recuento de estas leyes, ciertamente pasado por el tamiz de la exageración, también se ofrece en el diccionario de Voltaire; la lista incluye “evitar las canciones, danzas, reuniones, todo aquello que pudiera reblandecer el alma”, “no poseer oro ni plata”, “hablar sólo de la justicia y trabajar sólo por la justicia”, “dormir poco, comer poco, tener únicamente una túnica”, “nunca burlarse” y “meditar en privado, y reflexionar a menudo sobre la fragilidad de los asuntos humanos.”

Una de las historias más interesantes contadas por Voltaire en su entrada acerca de Sammonocodom es el recuento del jesuita francés Guy Tachard, quien atestiguó un curioso reparo de los tailandeses para no adoptar la religión católica: en la versión local del budismo, Gautama tiene un primo malvado de nombre Devadatta, un monje corrupto que trata de matar a su maestro en varias ocasiones. Como resultado, Devadatta es devorado por la tierra y llega a uno de los peores infiernos, donde es empalado por tres lanzas de hierro, una de la cabeza a los pies, una a través del pecho y otra a través de los hombros. La corte de Siam, al ver los crucifijos de los misioneros jesuitas, pensó que se trataba de adoradores de Devadatta, y cuando los monjes explicaron el sentido de la cruz, los asiáticos pensaron que el dios cristiano debía de ser bastante débil, pues se dejaba someter a una tortura humana tan brutal.

El recuento de Voltaire es interesante y abunda en cuestiones teológicas acerca de esta confusión, pero en última instancia, construye una historia de las religiones que tiene en común atraer a los nuevos adeptos gracias a las enseñanzas del maestro o del iniciado, pero que ulteriormente repele a la gente razonable por las doctrinas y maniqueísmos adoptados por los discípulos. Voltaire, a su modo y de segunda mano, logra comprender que en Siam “ya no creen en DIOS, porque se dan cuenta bastante bien que Sammonocodom no es dios”.

 

*Imágenes: 1) Pixabay – Creative Commons; 2) Voltaire Philosophy of Newton frontispiece, Dominio Público