Too terribly glorious, the spectacle of clouds,
split and pierced by white and blinding bolts.
Charlotte Brontë

El cuerpo se estremece a base de tormentas y huracanes, pero también se siente feliz, y esa es una de las paradojas más interesantes de nuestra relación con el clima. ¿Cómo es que algo tan contundentemente destructivo eleva en casi todos nosotros una sensación de placer y exaltación? Una de las respuestas que se alumbran primero es que una tormenta, violenta y veleidosa como es, despierta a ese ser que pasamos la vida arrullando porque no lo conocemos del todo. Porque intuimos que si lo dejamos salir –como quien libera un grito desde lo profundo– luego no podremos regresarlo a su lugar, y la sola idea genera muchísima aprensión. Y es que hay algo en las tormentas que se parece mucho a una oda, a un lenguaje magnífico que nunca le fue entregado a los hombres y que por ello convoca casi irresistiblemente al cuerpo a participar de su orquesta de bríos. La biometeorología tiene otra hipótesis para explicar ese específico bienestar propio de ver de cerca una tormenta, y es enteramente fascinante y útil: la teoría de los iones.

La biometeorología, que es la rama de la ciencia que estudia el impacto de los procesos atmosféricos en los organismos y los ecosistemas, entre otras cosas estudia cómo las estaciones del año y el clima ayudan a extender o frenar las enfermedades humanas. Desde hace décadas, una facción de los biometeorólogos del mundo ha observado cómo las partículas cargadas del aire, llamadas iones, pueden alterar nuestra psique mientras vuelan cerca de nosotros. Una de las explicaciones más controversiales, pero que ha adquirido plausibilidad gracias a una serie de experimentos recientes, nos dice que los iones negativos afectan provechosamente nuestro ánimo, mientras los positivos hacen lo contrario, nos deprimen.

Los iones negativos tienen un electrón extra y a los positivos les falta un electrón; lo que sucede en las tormentas es que se rompe la composición de las moléculas de oxígeno y los iones positivos roban electrones para convertirse en iones negativos. Esto sucede no sólo en tormentas sino en las olas que rompen, las cascadas o incluso en las regaderas, lo cual explica el bienestar que nos genera un buen baño en la mañana.

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El jurado científico aún no clarifica cómo es que la bioquímica de este antidepresivo funciona. Existe la “hipótesis sobre la serotonina”, que sostiene que los iones positivos crean un exceso de serotonina, un neurotransmisor asociado con sentimientos de felicidad. Sin embargo, un exceso de ésta causa un problema llamado “síndrome de irritación serotoninérgico”. Los iones positivos, de acuerdo a los autores, conservan a la serotonina flotando en la sangre. Los iones negativos revierten este desbalance al arrancar el neurotransmisor de las moléculas de nitrógeno y así regresan los niveles perfectos de serotonina a la sangre.

Otra de las investigaciones más serias al respecto, lanzada por el doctor en psicología clínica Michael Terman, sostiene que cuando respiramos iones negativos se activa el órgano de Jacobson, una pieza de la anatomía de la nariz que detecta feromonas y envía mensajes positivos al cerebro. Según Terman, presenciar tormentas de lluvia y bañarse por 30 minutos después de despertar podría tener los mismos efectos antidepresivos que pudo medir en pruebas clínicas con generadores de iones negativos.

Quedan aún muchos estudios pendientes que descifren exactamente cuál es la cantidad óptima de iones negativos que se necesitan para elevar significativamente nuestro ánimo, pero lo mejor es que lo único que se requiere es abrir las ventanas o salir a caminar tras una tormenta, y virtualmente no tiene efectos secundarios. La calma que conoce la tormenta es una mejor calma.

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Imágenes:

1. Seb Janiak

2. Camila Massu

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Too terribly glorious, the spectacle of clouds,
split and pierced by white and blinding bolts.
Charlotte Brontë

El cuerpo se estremece a base de tormentas y huracanes, pero también se siente feliz, y esa es una de las paradojas más interesantes de nuestra relación con el clima. ¿Cómo es que algo tan contundentemente destructivo eleva en casi todos nosotros una sensación de placer y exaltación? Una de las respuestas que se alumbran primero es que una tormenta, violenta y veleidosa como es, despierta a ese ser que pasamos la vida arrullando porque no lo conocemos del todo. Porque intuimos que si lo dejamos salir –como quien libera un grito desde lo profundo– luego no podremos regresarlo a su lugar, y la sola idea genera muchísima aprensión. Y es que hay algo en las tormentas que se parece mucho a una oda, a un lenguaje magnífico que nunca le fue entregado a los hombres y que por ello convoca casi irresistiblemente al cuerpo a participar de su orquesta de bríos. La biometeorología tiene otra hipótesis para explicar ese específico bienestar propio de ver de cerca una tormenta, y es enteramente fascinante y útil: la teoría de los iones.

La biometeorología, que es la rama de la ciencia que estudia el impacto de los procesos atmosféricos en los organismos y los ecosistemas, entre otras cosas estudia cómo las estaciones del año y el clima ayudan a extender o frenar las enfermedades humanas. Desde hace décadas, una facción de los biometeorólogos del mundo ha observado cómo las partículas cargadas del aire, llamadas iones, pueden alterar nuestra psique mientras vuelan cerca de nosotros. Una de las explicaciones más controversiales, pero que ha adquirido plausibilidad gracias a una serie de experimentos recientes, nos dice que los iones negativos afectan provechosamente nuestro ánimo, mientras los positivos hacen lo contrario, nos deprimen.

Los iones negativos tienen un electrón extra y a los positivos les falta un electrón; lo que sucede en las tormentas es que se rompe la composición de las moléculas de oxígeno y los iones positivos roban electrones para convertirse en iones negativos. Esto sucede no sólo en tormentas sino en las olas que rompen, las cascadas o incluso en las regaderas, lo cual explica el bienestar que nos genera un buen baño en la mañana.

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El jurado científico aún no clarifica cómo es que la bioquímica de este antidepresivo funciona. Existe la “hipótesis sobre la serotonina”, que sostiene que los iones positivos crean un exceso de serotonina, un neurotransmisor asociado con sentimientos de felicidad. Sin embargo, un exceso de ésta causa un problema llamado “síndrome de irritación serotoninérgico”. Los iones positivos, de acuerdo a los autores, conservan a la serotonina flotando en la sangre. Los iones negativos revierten este desbalance al arrancar el neurotransmisor de las moléculas de nitrógeno y así regresan los niveles perfectos de serotonina a la sangre.

Otra de las investigaciones más serias al respecto, lanzada por el doctor en psicología clínica Michael Terman, sostiene que cuando respiramos iones negativos se activa el órgano de Jacobson, una pieza de la anatomía de la nariz que detecta feromonas y envía mensajes positivos al cerebro. Según Terman, presenciar tormentas de lluvia y bañarse por 30 minutos después de despertar podría tener los mismos efectos antidepresivos que pudo medir en pruebas clínicas con generadores de iones negativos.

Quedan aún muchos estudios pendientes que descifren exactamente cuál es la cantidad óptima de iones negativos que se necesitan para elevar significativamente nuestro ánimo, pero lo mejor es que lo único que se requiere es abrir las ventanas o salir a caminar tras una tormenta, y virtualmente no tiene efectos secundarios. La calma que conoce la tormenta es una mejor calma.

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Imágenes:

1. Seb Janiak

2. Camila Massu

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