Lo llaman “el rey de los cuentos de hadas” (Mërchenköning, the Fairy-tale King), porque Ludwig II de Baviera prefería otros mundos al que le tocaba gobernar. Prefería los sueños orientales de Las mil y una noches y las mitologías encantadas de las óperas de Wagner. Estas en particular, lo fascinaban. Durante mucho tiempo fue mecenas de Wagner, y sus óperas inspiraron el mundo que se fue construyendo para sí mismo.

En el palacio de Linderhof y en el castillo de Neuschwanstein (en el que se dice que Disney se basó para crear su famoso castillo) reconstruyó muchos de los escenarios de la tetralogía El anillo del nibelungo y otras óperas de Wagner. Construyó, por ejemplo, la choza de un ermitaño que Bavaria internaaparece en Parsifal, una cabaña con un árbol gigante en el centro que proviene de las Valquirias, y unas grutas con todo y estalactitas en donde se paseaba sobre un río artificial (con una máquina que hacía olas), en barca dorada, mientras escuchaba la música de Wagner.

El rey pronto dejó de ser considerado un romántico excéntrico y comenzó a hablarse de su locura. En 1886 se declaró que el rey no podía gobernar. Estaba demasiado ocupado con sus ensoñaciones, en su mundo de fantasía. Nadie sabe cómo murió, solo que, estando bajo cuidado médico, él y su doctor habían ido a dar un paseo y horas más tarde aparecieron ahogados en el lago de Stranberg.

A Ludwig dedica un poema Verlaine en el que lo ensalza como el rey defensor de las artes y la lira por encima de la ciencia. Dice que fue un poeta, un soldado, el único Rey en un siglo en el que los reyes eran poca cosa, y desea que su alma ascienda al cielo escuchando de fondo la música de Wagner.

Quizás era el espíritu de la época. De Ludwig II se apoderó algo parecido a lo que se apoderó de Hölderlin (quien vivió 30 años en una torre, al cuidado de un ebanista) y Nerval (que en su locura paseaba a una langosta). Ludwig quiso vivir en el pasado y en la ficción, construirlos y habitarlos. Es una figura quijotesca, inconforme con su tiempo, y ávido de fantasía. Sus castillos permanecen aún como testigos de su locura y su grandeza.

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Lo llaman “el rey de los cuentos de hadas” (Mërchenköning, the Fairy-tale King), porque Ludwig II de Baviera prefería otros mundos al que le tocaba gobernar. Prefería los sueños orientales de Las mil y una noches y las mitologías encantadas de las óperas de Wagner. Estas en particular, lo fascinaban. Durante mucho tiempo fue mecenas de Wagner, y sus óperas inspiraron el mundo que se fue construyendo para sí mismo.

En el palacio de Linderhof y en el castillo de Neuschwanstein (en el que se dice que Disney se basó para crear su famoso castillo) reconstruyó muchos de los escenarios de la tetralogía El anillo del nibelungo y otras óperas de Wagner. Construyó, por ejemplo, la choza de un ermitaño que Bavaria internaaparece en Parsifal, una cabaña con un árbol gigante en el centro que proviene de las Valquirias, y unas grutas con todo y estalactitas en donde se paseaba sobre un río artificial (con una máquina que hacía olas), en barca dorada, mientras escuchaba la música de Wagner.

El rey pronto dejó de ser considerado un romántico excéntrico y comenzó a hablarse de su locura. En 1886 se declaró que el rey no podía gobernar. Estaba demasiado ocupado con sus ensoñaciones, en su mundo de fantasía. Nadie sabe cómo murió, solo que, estando bajo cuidado médico, él y su doctor habían ido a dar un paseo y horas más tarde aparecieron ahogados en el lago de Stranberg.

A Ludwig dedica un poema Verlaine en el que lo ensalza como el rey defensor de las artes y la lira por encima de la ciencia. Dice que fue un poeta, un soldado, el único Rey en un siglo en el que los reyes eran poca cosa, y desea que su alma ascienda al cielo escuchando de fondo la música de Wagner.

Quizás era el espíritu de la época. De Ludwig II se apoderó algo parecido a lo que se apoderó de Hölderlin (quien vivió 30 años en una torre, al cuidado de un ebanista) y Nerval (que en su locura paseaba a una langosta). Ludwig quiso vivir en el pasado y en la ficción, construirlos y habitarlos. Es una figura quijotesca, inconforme con su tiempo, y ávido de fantasía. Sus castillos permanecen aún como testigos de su locura y su grandeza.

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