Cuentan que el cartero Ferdinand Cheval, allá por el 1879, de camino a casa, tropezó con una piedra y, aunque no demasiado singular, aquella piedra fue el detonante para que acumulara muchísimas iguales en su ruta de entrega y terminara por construir un palacio de 8,000 mil metros cuadrados que puede visitarse hoy en Francia.

En una combinación similar entre diligencia y visión, Justo Gallego (Madrid, 1925) lleva construyendo una catedral con sus propias manos en las inmediaciones de la capital de España. Más de 50 años de trabajo ininterrumpido han dado forma a un impresionante monumento a la fe.

El motivo, lejos de la fortuita piedra que despertó el ansia constructora de Cheval, fue una demoledora tuberculosis que tuvo a Justo postrado durante meses en la cama de un hospital. Este hombre voluntarioso y de apariencia frágil se encomendó a su Dios: si éste le devolvía la salud, si permitía que su vida se prolongase todavía hasta la vejez, él prometía construirle una catedral, un recinto sagrado con la sola actividad y ayuda de sus inexpertas manos. En efecto, Justo no tenía siquiera conocimientos básicos de albañilería: ex monje del monasterio soriano de Santa María de Huerta, ni siquiera pudo terminar sus estudios primarios debido al estallido de la Guerra Civil Española. Sin embargo, esto no fue óbice para el obstinado creyente que pudo, en poco tiempo, obtener los conocimientos necesarios sobre arquitectura y construcción en viejos libros sobre catedrales y castillos, algunos escritos en latín.

Justo-Gallego-trabajando-en-la-construcción-de-su-catedral

La proeza de Justo, visitada cada verano por 2,000 personas, protagonizó en 2005 un sonado anuncio publicitario para una conocida marca de refrescos y fue motivo de una exposición en el MoMA de Nueva York, algo que no parece afectar a este asceta castizo que se sigue levantando cada día a las seis de la madrugada para trabajar incansablemente hasta las seis de la tarde. Es su catedral, la conclusión de su promesa, lo único que preocupa a este octogenario que ve periclitar su vida sin haber dado justo término a un juramento y un sueño.

Un conocido cuento chino narra la historia de una aldea a la que una montaña sumía en la sombra, arruinando la siembra y haciendo palidecer la tez de sus habitantes. Cierto día, el hombre más anciano se dirigió hacia la montaña decidido a moverla de ahí. Portaba para ello en su mano una pequeña cuchara. Cuando fue tildado de loco por el pueblo el anciano contestó: “alguien tiene que empezar…”

Justo también fue tachado de loco por sus vecinos y tuvo que soportar las calumnias de todos aquellos que se hacían eco de sus faraónicas intenciones. Asimismo, el cartero Cheval fue considerado por sus contemporáneos como “el tonto del pueblo”. Ambos hicieron caso omiso de las críticas y pudieron dar forma, a base de constancia y fe en sí mismos, a sus sueños, y materializaron lo que cualquiera en su “sano juicio” hubiera descartado por imposible o casi impensable.

Lo que fascina de la catedral de Justo es pensar en ese primer ladrillo que posó sobre el terreno, en ese primer arco que pensó sin abrumarse, en esa primerísima mirada que sobre el espacio vacío imagino materializada su promesa sin temblar ante el recuento de los años que tendría que invertir en su construcción. Cuando un visitante fotografía la catedral parece estar tratando de comprender el misterio del tiempo; no es el edificio en si, sino imaginar su lento crecimiento, su paciente y orgánica conformación.

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Cuentan que el cartero Ferdinand Cheval, allá por el 1879, de camino a casa, tropezó con una piedra y, aunque no demasiado singular, aquella piedra fue el detonante para que acumulara muchísimas iguales en su ruta de entrega y terminara por construir un palacio de 8,000 mil metros cuadrados que puede visitarse hoy en Francia.

En una combinación similar entre diligencia y visión, Justo Gallego (Madrid, 1925) lleva construyendo una catedral con sus propias manos en las inmediaciones de la capital de España. Más de 50 años de trabajo ininterrumpido han dado forma a un impresionante monumento a la fe.

El motivo, lejos de la fortuita piedra que despertó el ansia constructora de Cheval, fue una demoledora tuberculosis que tuvo a Justo postrado durante meses en la cama de un hospital. Este hombre voluntarioso y de apariencia frágil se encomendó a su Dios: si éste le devolvía la salud, si permitía que su vida se prolongase todavía hasta la vejez, él prometía construirle una catedral, un recinto sagrado con la sola actividad y ayuda de sus inexpertas manos. En efecto, Justo no tenía siquiera conocimientos básicos de albañilería: ex monje del monasterio soriano de Santa María de Huerta, ni siquiera pudo terminar sus estudios primarios debido al estallido de la Guerra Civil Española. Sin embargo, esto no fue óbice para el obstinado creyente que pudo, en poco tiempo, obtener los conocimientos necesarios sobre arquitectura y construcción en viejos libros sobre catedrales y castillos, algunos escritos en latín.

Justo-Gallego-trabajando-en-la-construcción-de-su-catedral

La proeza de Justo, visitada cada verano por 2,000 personas, protagonizó en 2005 un sonado anuncio publicitario para una conocida marca de refrescos y fue motivo de una exposición en el MoMA de Nueva York, algo que no parece afectar a este asceta castizo que se sigue levantando cada día a las seis de la madrugada para trabajar incansablemente hasta las seis de la tarde. Es su catedral, la conclusión de su promesa, lo único que preocupa a este octogenario que ve periclitar su vida sin haber dado justo término a un juramento y un sueño.

Un conocido cuento chino narra la historia de una aldea a la que una montaña sumía en la sombra, arruinando la siembra y haciendo palidecer la tez de sus habitantes. Cierto día, el hombre más anciano se dirigió hacia la montaña decidido a moverla de ahí. Portaba para ello en su mano una pequeña cuchara. Cuando fue tildado de loco por el pueblo el anciano contestó: “alguien tiene que empezar…”

Justo también fue tachado de loco por sus vecinos y tuvo que soportar las calumnias de todos aquellos que se hacían eco de sus faraónicas intenciones. Asimismo, el cartero Cheval fue considerado por sus contemporáneos como “el tonto del pueblo”. Ambos hicieron caso omiso de las críticas y pudieron dar forma, a base de constancia y fe en sí mismos, a sus sueños, y materializaron lo que cualquiera en su “sano juicio” hubiera descartado por imposible o casi impensable.

Lo que fascina de la catedral de Justo es pensar en ese primer ladrillo que posó sobre el terreno, en ese primer arco que pensó sin abrumarse, en esa primerísima mirada que sobre el espacio vacío imagino materializada su promesa sin temblar ante el recuento de los años que tendría que invertir en su construcción. Cuando un visitante fotografía la catedral parece estar tratando de comprender el misterio del tiempo; no es el edificio en si, sino imaginar su lento crecimiento, su paciente y orgánica conformación.

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