Luke Howard fue el primer hombre que clasificó las nubes. A finales del siglo XIX, una época en que la divulgación científica era el evento más fascinante de las noches londinenses, en que se hablaba del mundo y se inventaban palabras para observarlo mejor, Howard daba conferencias en los sótanos de Lombard Street y dejaba a su audiencia boquiabierta.

1981-862|1981-862/50|10452430

© Royal Meteorological Society

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Un río de palabras, de poesía química y meteorológica, se desbordaba en las conversaciones educadas. Pero las nubes de Howard fluyeron también hacia el paisajismo. Con sus clasificaciones cambió todos los estándares de observación; ahora había ciencia en el paisaje idílico que hasta entonces no incluía especies sino sólo géneros. Él árbol pictórico se convirtió en un roble y la nube en un cirrostrato. Pero sus definiciones tenían el problema de estar en latín y no traducirse bien al inglés. Así que Howard, además de dar una generosa descripción verbal y bastante pintoresca de cada una de las 10 categorías, las dibujó –no sin cierto romanticismo– para que el público las visualizara y al verlas las pudiera nombrar.

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© Science Museum/Science & Society Picture Library

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Durante muchos años viajó de Londres al Distrito de los Lagos para capturar toda la gama de lo que él denominada “modificaciones de nubes”, y se entrenó en el notoriamente difícil arte de la representación de nubes. De congelarlas mientras cambiaban. De estrato a cirrostrato, de cumulus a nimbus. Estos dibujos, que hoy son parte del acervo del Science Museum, son un testimonio bellísimo del esfuerzo de Howard para explicar la siempre cambiante narrativa de la atmósfera. Las nubes que se escriben, se difuminan, se vuelven a escribir con otra forma, y con la misma fluidez del lenguaje, una vez que pasan no regresan. Luke Howard inventó el lenguaje de las nubes y las coleccionó, una a una, para plasmarlas frente a su público absorto y obsequiarles no sólo la clasificación sino el placer de la observación científica.

1981-862|1981-862/37|10452420

© Royal Meteorological Society

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Luke Howard fue el primer hombre que clasificó las nubes. A finales del siglo XIX, una época en que la divulgación científica era el evento más fascinante de las noches londinenses, en que se hablaba del mundo y se inventaban palabras para observarlo mejor, Howard daba conferencias en los sótanos de Lombard Street y dejaba a su audiencia boquiabierta.

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© Royal Meteorological Society

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Un río de palabras, de poesía química y meteorológica, se desbordaba en las conversaciones educadas. Pero las nubes de Howard fluyeron también hacia el paisajismo. Con sus clasificaciones cambió todos los estándares de observación; ahora había ciencia en el paisaje idílico que hasta entonces no incluía especies sino sólo géneros. Él árbol pictórico se convirtió en un roble y la nube en un cirrostrato. Pero sus definiciones tenían el problema de estar en latín y no traducirse bien al inglés. Así que Howard, además de dar una generosa descripción verbal y bastante pintoresca de cada una de las 10 categorías, las dibujó –no sin cierto romanticismo– para que el público las visualizara y al verlas las pudiera nombrar.

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© Science Museum/Science & Society Picture Library

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Durante muchos años viajó de Londres al Distrito de los Lagos para capturar toda la gama de lo que él denominada “modificaciones de nubes”, y se entrenó en el notoriamente difícil arte de la representación de nubes. De congelarlas mientras cambiaban. De estrato a cirrostrato, de cumulus a nimbus. Estos dibujos, que hoy son parte del acervo del Science Museum, son un testimonio bellísimo del esfuerzo de Howard para explicar la siempre cambiante narrativa de la atmósfera. Las nubes que se escriben, se difuminan, se vuelven a escribir con otra forma, y con la misma fluidez del lenguaje, una vez que pasan no regresan. Luke Howard inventó el lenguaje de las nubes y las coleccionó, una a una, para plasmarlas frente a su público absorto y obsequiarles no sólo la clasificación sino el placer de la observación científica.

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