Hace mucho tiempo, en la antigua Grecia, el estudio de meteorología no era simplemente una cuestión práctica. Muchos poetas antiguos (i.e. Hesíodo, Arato, Lucrecio) componían textos que incluían material detallado sobre el clima, y sus tratados líricos eran considerados fuentes autoritativas de información meteorológica. Los poetas eran los lectores de los signos de la naturaleza física, y pasaban esta información “oficial” a través de versos tan predictivos como somáticos. Desde entonces la poesía no ha dejado de ser un canal del clima.

“Uno debe tener humor de invierno”, decía Wallace Stevens, “Para mirar la escarcha y las ramas / De los pinos cubiertos la nieve; / Y haber tenido frío durante mucho tiempo / Para contemplar los enebros goteando hielo”. Al entrar un poco bajo la superficie de este poema, titulado “El hombre de nieve”, uno no puede sino sentir frío. Un frío helado. Y es que la (buena) poesía, cuando toca el clima, es poesía física, capaz de empapar nuestra epidermis de temperaturas ajenas. Este contagio termostático que algunos poemas logran ejercer sobre el lector es una buena manera de acercarse a la vida del meteorólogo ruso Vyacheslav Korotki, y acaso sentir un poco de su perfecto invierno. Porque su vida, aunque no en verso, bien tiene el vigor conductivo de un gran poema fragmentado sobre la soledad del frio y el lento y constante goteo del hielo.

Korotki es un hombre solitario; un entrenado polyarnik (especialista en el Polo Norte) y un meteorólogo. Durante treinta años ha vivido en barcos rusos y, más recientemente, en Khodovarikha, un puesto remoto en el Ártico donde se dedica a medir la temperaturas, las tormentas de nieve, los vientos. El pueblo más cercano, Arkhangelsh, está a una hora en helicóptero.

En sus raras visitas a Arkhangelsh, Korotki, de sesenta y tres años, sufre el tráfico y el ruido. A veces ve las noticias desde su mirador en el Ártico, pero no le parecen creíbles. “El mundo de las ciudades es ajeno a él, no lo acepta”, comenta la fotógrafa Evgenia Arbugaeva. “Llegué con la idea de un eremita solitario que huyó del mundo debido a algún drama pesado, pero no era verdad. No se siente solo de ninguna manera. Como que desaparece en la tundra, en las tormentas de nieve. No tiene un sentido del “yo” como la mayoría de la gente lo tiene. Es como si fuera el viento, o el clima mismo”.

Los polyarniki fueron los cosmonautas o exploradores del estado soviético. Pero cada vez hay menos. Cada vez hay menos personas que tengan ese “humor de invierno” del que habla Stevens; que se sientan ajenos a la ciudad y que se entiendan más bien con el clima. Personas que se difuminen en la tundra como el clima mismo. Korotki no solo es un remoto meteorólogo para la estación de Moscú; es meteorología en tanto que un poema es meteorología y nos puede hacer sentir frío.

Hace mucho tiempo, en la antigua Grecia, el estudio de meteorología no era simplemente una cuestión práctica. Muchos poetas antiguos (i.e. Hesíodo, Arato, Lucrecio) componían textos que incluían material detallado sobre el clima, y sus tratados líricos eran considerados fuentes autoritativas de información meteorológica. Los poetas eran los lectores de los signos de la naturaleza física, y pasaban esta información “oficial” a través de versos tan predictivos como somáticos. Desde entonces la poesía no ha dejado de ser un canal del clima.

“Uno debe tener humor de invierno”, decía Wallace Stevens, “Para mirar la escarcha y las ramas / De los pinos cubiertos la nieve; / Y haber tenido frío durante mucho tiempo / Para contemplar los enebros goteando hielo”. Al entrar un poco bajo la superficie de este poema, titulado “El hombre de nieve”, uno no puede sino sentir frío. Un frío helado. Y es que la (buena) poesía, cuando toca el clima, es poesía física, capaz de empapar nuestra epidermis de temperaturas ajenas. Este contagio termostático que algunos poemas logran ejercer sobre el lector es una buena manera de acercarse a la vida del meteorólogo ruso Vyacheslav Korotki, y acaso sentir un poco de su perfecto invierno. Porque su vida, aunque no en verso, bien tiene el vigor conductivo de un gran poema fragmentado sobre la soledad del frio y el lento y constante goteo del hielo.

Korotki es un hombre solitario; un entrenado polyarnik (especialista en el Polo Norte) y un meteorólogo. Durante treinta años ha vivido en barcos rusos y, más recientemente, en Khodovarikha, un puesto remoto en el Ártico donde se dedica a medir la temperaturas, las tormentas de nieve, los vientos. El pueblo más cercano, Arkhangelsh, está a una hora en helicóptero.

En sus raras visitas a Arkhangelsh, Korotki, de sesenta y tres años, sufre el tráfico y el ruido. A veces ve las noticias desde su mirador en el Ártico, pero no le parecen creíbles. “El mundo de las ciudades es ajeno a él, no lo acepta”, comenta la fotógrafa Evgenia Arbugaeva. “Llegué con la idea de un eremita solitario que huyó del mundo debido a algún drama pesado, pero no era verdad. No se siente solo de ninguna manera. Como que desaparece en la tundra, en las tormentas de nieve. No tiene un sentido del “yo” como la mayoría de la gente lo tiene. Es como si fuera el viento, o el clima mismo”.

Los polyarniki fueron los cosmonautas o exploradores del estado soviético. Pero cada vez hay menos. Cada vez hay menos personas que tengan ese “humor de invierno” del que habla Stevens; que se sientan ajenos a la ciudad y que se entiendan más bien con el clima. Personas que se difuminen en la tundra como el clima mismo. Korotki no solo es un remoto meteorólogo para la estación de Moscú; es meteorología en tanto que un poema es meteorología y nos puede hacer sentir frío.

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