La historia de la animación tradicional se remonta a comienzos del siglo XX, con la inspirada lucubración de la imagen en movimiento y las aceleradas transformaciones tecnológicas de esa época. Tras décadas de desarrollo, y de la mano de la revolución binaria, computacional, este arte experimentaría una suerte de renacimiento.

Precisamente en ese contexto, la carrera de uno de los más brillantes animadores sería inaugurada. El nombre y fama de Hayao Miyazaki se ha divulgado efusivamente, y no es para menos, pues este creador re-escenificó la fantasía y la ficción en la animación 2D. En el momento en que los programas de gráficos y animación 3D abarrotan las taquillas gracias a la pericia de animadores y programadores, Miyazaki gana un lugar encumbrado entre los creadores de culto; sus obras no son títulos fugaces que se van de la memoria mimetizándose con las demás historias del mainstream que se multiplican.

La narración visual de este director japonés es sutil, el disfrute de sus filmes se encuentra en los devaneos de las telas y el arremolinamiento de los elementos. Los personajes son diseñados en económicos trazos armonizados para que alcancen el límite de la expresión: el crispado de los cabellos acentúa las exclamaciones y se combina con las delicadas gesticulaciones del rostro. Gracias a esos detalles el público logra identificarse con el carácter y la misión de los protagonistas.

Las animaciones de Miyazaki se caracterizan por exaltar la fantasía profunda, aquella que emana de los sueños, los viajes iniciáticos y las transformaciones más profundas. En cada una de sus obras se plantea su visión de la vida. Disimulada en la fantasía se encuentran aspectos fundamentales de la actualidad, y a la vez estimula un imaginario que sensibiliza tanto perceptiva como emocionalmente.

En pocas palabras, el universo animado no sería el mismo sin Miyazaki, quien encontró la manera de conectar al espectador con la profunda magia de la narrativa fantástica, la que se encuentra en las narraciones de antaño, igual que en cada sueño y cada fuga diurna al imaginario asociativo y libre. Una aportación indeleble al capital imaginario de la humanidad.

La historia de la animación tradicional se remonta a comienzos del siglo XX, con la inspirada lucubración de la imagen en movimiento y las aceleradas transformaciones tecnológicas de esa época. Tras décadas de desarrollo, y de la mano de la revolución binaria, computacional, este arte experimentaría una suerte de renacimiento.

Precisamente en ese contexto, la carrera de uno de los más brillantes animadores sería inaugurada. El nombre y fama de Hayao Miyazaki se ha divulgado efusivamente, y no es para menos, pues este creador re-escenificó la fantasía y la ficción en la animación 2D. En el momento en que los programas de gráficos y animación 3D abarrotan las taquillas gracias a la pericia de animadores y programadores, Miyazaki gana un lugar encumbrado entre los creadores de culto; sus obras no son títulos fugaces que se van de la memoria mimetizándose con las demás historias del mainstream que se multiplican.

La narración visual de este director japonés es sutil, el disfrute de sus filmes se encuentra en los devaneos de las telas y el arremolinamiento de los elementos. Los personajes son diseñados en económicos trazos armonizados para que alcancen el límite de la expresión: el crispado de los cabellos acentúa las exclamaciones y se combina con las delicadas gesticulaciones del rostro. Gracias a esos detalles el público logra identificarse con el carácter y la misión de los protagonistas.

Las animaciones de Miyazaki se caracterizan por exaltar la fantasía profunda, aquella que emana de los sueños, los viajes iniciáticos y las transformaciones más profundas. En cada una de sus obras se plantea su visión de la vida. Disimulada en la fantasía se encuentran aspectos fundamentales de la actualidad, y a la vez estimula un imaginario que sensibiliza tanto perceptiva como emocionalmente.

En pocas palabras, el universo animado no sería el mismo sin Miyazaki, quien encontró la manera de conectar al espectador con la profunda magia de la narrativa fantástica, la que se encuentra en las narraciones de antaño, igual que en cada sueño y cada fuga diurna al imaginario asociativo y libre. Una aportación indeleble al capital imaginario de la humanidad.

Etiquetado: , , ,