Hay pocas cosas tan placenteras como pensar en un jardín. A veces, parecido a lo que decía Pessoa («Prefere pensar em fumar ópio a fumá-lo»), es preferible pasear por el Jardín Botánico de Berlín desde tu silla, por sus bambúes gigantes y sus tapetes de flores. Quizá porque la realidad queda muy lejos o quizá también porque las plantas que lo constituyen son tan ilusorias que bien podrían ser producto de la imaginación de alguien –un Xanadú teutón al que se accede desde cualquier parte. Pensar en el jardín como quien recuerda un lugar y vuelve a él como fantasma, por que la memoria y la imaginación tienen mucho de lo mismo.

El Jardín Botánico de Berlín, con más de 300 años de historia, se levanta entre la metrópolis como el decreto de Kubla Khan: una suerte de Pleasure-Dome de quien lo encuentra. Su aparición data de principios del siglo XVII, cuando formaba parte de la huerta real localizada en los jardines recreativos del castillo berlinés. Hoy, embebido entre el orden urbanístico de Dahlem, como un secreto indómito —aunque también ordenado— se posa este jardín ofreciendo a los hombres algo así como el centro del laberinto: «Where blossomed many an incense-bearing tree».

BGBERLIN VAquí, en el centro de un laberinto alemán, se extiende el jardín mítico de Coleridge y de Blake (y quizá, por su tamaño y diversidad, se extiende el jardín mítico de cualquiera que alguna vez haya pensado en esto), ofreciendo al visitante un abanico de ecosistemas. El invernadero principal, símbolo arquitectónico del lugar, es una casa de cristal que data de 1906, con dimensiones que la colocan entre las más grandes del mundo y sin duda la más impresionante. Aquí cohabitan orquídeas, helechos, suculentas, plantas acuáticas e insectívoras, palmas, lianas, ficus de tamaños imponentes, por mencionar algunas. Además, encontramos la semilla más grande del mundo, Coco de mer o Coco de las Maldivas, que llega a pesar hasta 20 kilogramos. Baste entrar a esta casa de cristal para sentirse tornadizo entre la realidad y lo maravilloso.

Agotado el recorrido casi fantástico dentro del invernadero, el jardín brinda espacios abiertos que, como universos alegóricos, representan la estación del año como se vería en cada lugar del mundo. En primavera, por ejemplo, en las regiones boscosas, brotan sigilosas las gotas de nieve, las hepáticas, las acónitas de invierno, las anémonas del bosque: todas flores blancas que aún tienen luz suficiente justo antes de que los árboles recuperen su follaje.

En el jardín de plantas acuáticas emergen la caléndula, con su característica forma de lámpara que ilumina el fango y toda clase de orquídeas acompañadas por un coro de sapos. En los bosques de Norteamérica minúsculas flores, como las campanillas de Virginia y los lirios de BGBERLIN IVTrillum, forman un tapete, mientras que arbustos de lilas y olivos guían el camino hacia el pabellón de rosas. Luego, los tulipanes salvajes te anuncian que has llegado a Asia Central y en seguida estás al pie de los Alpes, rodeado de praderas de azafrán que colindan con Grecia y los Balcanes. Mientras, vas olvidando que en realidad estás en la ciudad de Berlín. “Feliz aquel que vive con los ciclos de la tierra y el cielo”. Estar en todos los puntos donde no estoy al mismo tiempo, la meta invisible de Pessoa.

Acompañando al jardín botánico está el museo, donde se presentan muestras botánicas, el único de su especie en Europa Central. Y como todo lo que existe, dicen, tiene su contraparte en el mundo verbal, el Botanischer Garten tiene su axis en una biblioteca de literatura botánica universal. El centro del centro del laberinto. Aquí viene a la mente Borges, que imaginaba el paraíso en la forma de una biblioteca y al jardín como un día de fiesta en la pobreza de la tierra. El acervo comprende casi 200,000 volúmenes de literatura sobre plantas en prácticamente todos los idiomas. Estos libros se pueden consultar libremente e incluso copiar.

Como ya se dijo, esta región del planeta —que es a su vez todas las regiones— ofrece un trago de la leche del paraíso. Sí, es verdad que hay que cruzar el Atlántico para encontrarlo y perderse; empero, por ahora baste imaginar.

Hay pocas cosas tan placenteras como pensar en un jardín. A veces, parecido a lo que decía Pessoa («Prefere pensar em fumar ópio a fumá-lo»), es preferible pasear por el Jardín Botánico de Berlín desde tu silla, por sus bambúes gigantes y sus tapetes de flores. Quizá porque la realidad queda muy lejos o quizá también porque las plantas que lo constituyen son tan ilusorias que bien podrían ser producto de la imaginación de alguien –un Xanadú teutón al que se accede desde cualquier parte. Pensar en el jardín como quien recuerda un lugar y vuelve a él como fantasma, por que la memoria y la imaginación tienen mucho de lo mismo.

El Jardín Botánico de Berlín, con más de 300 años de historia, se levanta entre la metrópolis como el decreto de Kubla Khan: una suerte de Pleasure-Dome de quien lo encuentra. Su aparición data de principios del siglo XVII, cuando formaba parte de la huerta real localizada en los jardines recreativos del castillo berlinés. Hoy, embebido entre el orden urbanístico de Dahlem, como un secreto indómito —aunque también ordenado— se posa este jardín ofreciendo a los hombres algo así como el centro del laberinto: «Where blossomed many an incense-bearing tree».

BGBERLIN VAquí, en el centro de un laberinto alemán, se extiende el jardín mítico de Coleridge y de Blake (y quizá, por su tamaño y diversidad, se extiende el jardín mítico de cualquiera que alguna vez haya pensado en esto), ofreciendo al visitante un abanico de ecosistemas. El invernadero principal, símbolo arquitectónico del lugar, es una casa de cristal que data de 1906, con dimensiones que la colocan entre las más grandes del mundo y sin duda la más impresionante. Aquí cohabitan orquídeas, helechos, suculentas, plantas acuáticas e insectívoras, palmas, lianas, ficus de tamaños imponentes, por mencionar algunas. Además, encontramos la semilla más grande del mundo, Coco de mer o Coco de las Maldivas, que llega a pesar hasta 20 kilogramos. Baste entrar a esta casa de cristal para sentirse tornadizo entre la realidad y lo maravilloso.

Agotado el recorrido casi fantástico dentro del invernadero, el jardín brinda espacios abiertos que, como universos alegóricos, representan la estación del año como se vería en cada lugar del mundo. En primavera, por ejemplo, en las regiones boscosas, brotan sigilosas las gotas de nieve, las hepáticas, las acónitas de invierno, las anémonas del bosque: todas flores blancas que aún tienen luz suficiente justo antes de que los árboles recuperen su follaje.

En el jardín de plantas acuáticas emergen la caléndula, con su característica forma de lámpara que ilumina el fango y toda clase de orquídeas acompañadas por un coro de sapos. En los bosques de Norteamérica minúsculas flores, como las campanillas de Virginia y los lirios de BGBERLIN IVTrillum, forman un tapete, mientras que arbustos de lilas y olivos guían el camino hacia el pabellón de rosas. Luego, los tulipanes salvajes te anuncian que has llegado a Asia Central y en seguida estás al pie de los Alpes, rodeado de praderas de azafrán que colindan con Grecia y los Balcanes. Mientras, vas olvidando que en realidad estás en la ciudad de Berlín. “Feliz aquel que vive con los ciclos de la tierra y el cielo”. Estar en todos los puntos donde no estoy al mismo tiempo, la meta invisible de Pessoa.

Acompañando al jardín botánico está el museo, donde se presentan muestras botánicas, el único de su especie en Europa Central. Y como todo lo que existe, dicen, tiene su contraparte en el mundo verbal, el Botanischer Garten tiene su axis en una biblioteca de literatura botánica universal. El centro del centro del laberinto. Aquí viene a la mente Borges, que imaginaba el paraíso en la forma de una biblioteca y al jardín como un día de fiesta en la pobreza de la tierra. El acervo comprende casi 200,000 volúmenes de literatura sobre plantas en prácticamente todos los idiomas. Estos libros se pueden consultar libremente e incluso copiar.

Como ya se dijo, esta región del planeta —que es a su vez todas las regiones— ofrece un trago de la leche del paraíso. Sí, es verdad que hay que cruzar el Atlántico para encontrarlo y perderse; empero, por ahora baste imaginar.

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