El jardín del Edén es el espacio simbólico de la armonía perfecta, el lugar en el que reina la absoluta felicidad. Es, ni más ni menos, lo que se especula que Dios imaginó como el cenit de la creación y el paraíso. Pero el hombre lo ha buscado en la Tierra como si fuera un jardín secreto. Basándose en las descripciones de la Biblia, lo localizó en el nacimiento del rio Tigris y Éufrates en el norte de Irak, por ejemplo, debido a la siguiente descripción en “Génesis 2”:

Un río fluía de Edén para regar el jardín, y allí se divide y se convirtió en cuatro ríos.

El texto afirma que en el Jardín el río se dividía en cuatro ramas; presuntamente el Tigris, Éufrates, Guijón y Pisón. Pero también se ha pensado que se encuentra en África o en el Golfo Pérsico. Para muchos escritores medievales, la imagen del Edén era más bien una locación para la sexualidad y el amor humano, a menudo asociados con tropos lingüísticos y con el término literario locus amoenus (en latín “lugar idílico”, “lugar ameno”).

Thomas_Cole_The_Garden_of_Eden_detail_Amon_Carter_Museum

De cualquier manera, el Edén es nuestro modelo inconsciente. De ese primer jardín de la Historia brotan todos los jardines del mundo como pequeños pedazos imperfectos del paraíso perdido. Cuando imaginamos el Edén con sólo levantar una mano podemos tomar una deliciosa fruta, correr desnudos sin frío ni calor y convivir con “todos los animales domésticos y las criaturas voladoras de los cielos y toda bestia salvaje del campo” (Génesis 2 9:15). Los néctares, los jugos y limos, las flores y el árbol alquímico de la sabiduría estaban a nuestra disposición en aquel prototipo celestial de tiempos más simples. Tiempos donde éramos inocentes y, sobretodo, tiempos donde aún no existía el deseo (raíz madre del sufrimiento humano).

Las numerosas descripciones de este huerto evocan la más simple de las alegrías hedonistas. Léase el cantar de Salomón, por ejemplo: “Tus plantas son un huerto de granados, con frutos suaves, flores de alheña con nardo”. Pero se trata de una felicidad absoluta que no viene de la libertad incondicional (la fruta prohibida que define precisamente sus límites) sino de la ausencia de deseo. La serpiente introduce el elemento de deseo, y cuando Eva muerde la fruta provoca simultáneamente el primer acto libre y la destrucción del paraíso.

Izaak_van_Oosten_-_The_Garden_of_Eden

Dentro de su mitología –y aun para muchos creyentes cristianos– el ámbito mágico del paraíso es el lugar de origen y de final: de donde viene el hombre y a donde –si vive de acuerdo a las escrituras—volverá. Pero la opinión de los judíos, menos apegada y más mística (al igual que la del medievo), dice que el Gran Edén existe en una dimensión puramente espiritual y metafórica. Un lugar al que podemos acceder en nuestros días de descanso y comer el fruto de oro. En este sentido el Edén es la utopía del ser humano que añora algo que sólo conoce en sueños –aunque no olvidemos que, tal vez, la vida es sueño. El jardín primordial donde cada árbol, cada flor, cada serpiente y cada fruto son una manifestación de la naturaleza humana.

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El jardín del Edén es el espacio simbólico de la armonía perfecta, el lugar en el que reina la absoluta felicidad. Es, ni más ni menos, lo que se especula que Dios imaginó como el cenit de la creación y el paraíso. Pero el hombre lo ha buscado en la Tierra como si fuera un jardín secreto. Basándose en las descripciones de la Biblia, lo localizó en el nacimiento del rio Tigris y Éufrates en el norte de Irak, por ejemplo, debido a la siguiente descripción en “Génesis 2”:

Un río fluía de Edén para regar el jardín, y allí se divide y se convirtió en cuatro ríos.

El texto afirma que en el Jardín el río se dividía en cuatro ramas; presuntamente el Tigris, Éufrates, Guijón y Pisón. Pero también se ha pensado que se encuentra en África o en el Golfo Pérsico. Para muchos escritores medievales, la imagen del Edén era más bien una locación para la sexualidad y el amor humano, a menudo asociados con tropos lingüísticos y con el término literario locus amoenus (en latín “lugar idílico”, “lugar ameno”).

Thomas_Cole_The_Garden_of_Eden_detail_Amon_Carter_Museum

De cualquier manera, el Edén es nuestro modelo inconsciente. De ese primer jardín de la Historia brotan todos los jardines del mundo como pequeños pedazos imperfectos del paraíso perdido. Cuando imaginamos el Edén con sólo levantar una mano podemos tomar una deliciosa fruta, correr desnudos sin frío ni calor y convivir con “todos los animales domésticos y las criaturas voladoras de los cielos y toda bestia salvaje del campo” (Génesis 2 9:15). Los néctares, los jugos y limos, las flores y el árbol alquímico de la sabiduría estaban a nuestra disposición en aquel prototipo celestial de tiempos más simples. Tiempos donde éramos inocentes y, sobretodo, tiempos donde aún no existía el deseo (raíz madre del sufrimiento humano).

Las numerosas descripciones de este huerto evocan la más simple de las alegrías hedonistas. Léase el cantar de Salomón, por ejemplo: “Tus plantas son un huerto de granados, con frutos suaves, flores de alheña con nardo”. Pero se trata de una felicidad absoluta que no viene de la libertad incondicional (la fruta prohibida que define precisamente sus límites) sino de la ausencia de deseo. La serpiente introduce el elemento de deseo, y cuando Eva muerde la fruta provoca simultáneamente el primer acto libre y la destrucción del paraíso.

Izaak_van_Oosten_-_The_Garden_of_Eden

Dentro de su mitología –y aun para muchos creyentes cristianos– el ámbito mágico del paraíso es el lugar de origen y de final: de donde viene el hombre y a donde –si vive de acuerdo a las escrituras—volverá. Pero la opinión de los judíos, menos apegada y más mística (al igual que la del medievo), dice que el Gran Edén existe en una dimensión puramente espiritual y metafórica. Un lugar al que podemos acceder en nuestros días de descanso y comer el fruto de oro. En este sentido el Edén es la utopía del ser humano que añora algo que sólo conoce en sueños –aunque no olvidemos que, tal vez, la vida es sueño. El jardín primordial donde cada árbol, cada flor, cada serpiente y cada fruto son una manifestación de la naturaleza humana.

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