Ese jardín desde donde Marco Polo y Kublai Kan platican en Las ciudades invisibles de Italo Calvino es también una especie de fábrica de edificaciones. De ahí brotan los sueños que se vuelven relatos que se vuelven ciudades, y quizá también de ahí brotan los dos personajes que sueñan. Este lugar es el menos mencionado en el libro; no obstante aquí es donde sucede la alquimia. Aquí las historias de las ciudades se vuelven tan ciudades que uno puede entrar, recorrerlas y luego escapar de ellas si es necesario.

Algunas de las pocas descripciones que nos son dadas de este flamígero jardín son sin duda de las más bellas que se hayan registrado en la historia de los relatos ficticios. Se habla de símbolos y magnolias, de árboles que regalan inciensos, de pisos de cuarzo y de ríos sinuosos que desembocan en un mar sin vida. “Un zodiaco de fantasmas de la mente”, escribe Calvino para empaquetarlo. Después de todo, el jardín donde pasean es tan invisible cómo las ciudades que imaginan.

Como si Marco Polo fuera Scheherezada y Kublai Kan el sultán, éste no puede dejar de escuchar los relatos del primero, que, como si las palabras fueran las cosas, va construyendo con metáforas y figuras. Todo bajo la sombra de magnolias. Todo con un dejo a incienso vivo. Es evidente que algo sucede aquí (cómo en el mítico jardín colgante de Babilonia), que no cuesta trabajo imaginar: Un emperador melancólico y un viajero imaginario paseando y hablando de lugares imposibles; tan verosímiles como en el que están parados. Y todos los recuentos son creados por la simbiosis de sus mentes y, más que nada, construidos por el azar del jardín que recorren juntos. Hay un momento en el que Marco Polo, ebrio con los perfumes del jardín, deja de hablar y comienza a expresarse con señas, piedras y otras maravillas que produce de sus bolsillos. Pero luego nos percatamos que esto ni siquiera está pasando: los dos, en silencio, sostienen una de las conversaciones más lúcidas de la historia.

Marco Polo no podía expresarse sino con gestos, plumas de avestruz, onomatopeyas y cuarzos, como si fueran piezas de ajedrez. […] Pero en realidad estaban mudos, recostados sobre almohadones, meciéndose en hamacas, fumando largas pipas de ámbar.

En este continente imaginario de ciudades invisibles todo huele a sándalo y magnolia. Es una isla en la imaginación colectiva de donde brota, como fuente, la literatura.

Ese jardín desde donde Marco Polo y Kublai Kan platican en Las ciudades invisibles de Italo Calvino es también una especie de fábrica de edificaciones. De ahí brotan los sueños que se vuelven relatos que se vuelven ciudades, y quizá también de ahí brotan los dos personajes que sueñan. Este lugar es el menos mencionado en el libro; no obstante aquí es donde sucede la alquimia. Aquí las historias de las ciudades se vuelven tan ciudades que uno puede entrar, recorrerlas y luego escapar de ellas si es necesario.

Algunas de las pocas descripciones que nos son dadas de este flamígero jardín son sin duda de las más bellas que se hayan registrado en la historia de los relatos ficticios. Se habla de símbolos y magnolias, de árboles que regalan inciensos, de pisos de cuarzo y de ríos sinuosos que desembocan en un mar sin vida. “Un zodiaco de fantasmas de la mente”, escribe Calvino para empaquetarlo. Después de todo, el jardín donde pasean es tan invisible cómo las ciudades que imaginan.

Como si Marco Polo fuera Scheherezada y Kublai Kan el sultán, éste no puede dejar de escuchar los relatos del primero, que, como si las palabras fueran las cosas, va construyendo con metáforas y figuras. Todo bajo la sombra de magnolias. Todo con un dejo a incienso vivo. Es evidente que algo sucede aquí (cómo en el mítico jardín colgante de Babilonia), que no cuesta trabajo imaginar: Un emperador melancólico y un viajero imaginario paseando y hablando de lugares imposibles; tan verosímiles como en el que están parados. Y todos los recuentos son creados por la simbiosis de sus mentes y, más que nada, construidos por el azar del jardín que recorren juntos. Hay un momento en el que Marco Polo, ebrio con los perfumes del jardín, deja de hablar y comienza a expresarse con señas, piedras y otras maravillas que produce de sus bolsillos. Pero luego nos percatamos que esto ni siquiera está pasando: los dos, en silencio, sostienen una de las conversaciones más lúcidas de la historia.

Marco Polo no podía expresarse sino con gestos, plumas de avestruz, onomatopeyas y cuarzos, como si fueran piezas de ajedrez. […] Pero en realidad estaban mudos, recostados sobre almohadones, meciéndose en hamacas, fumando largas pipas de ámbar.

En este continente imaginario de ciudades invisibles todo huele a sándalo y magnolia. Es una isla en la imaginación colectiva de donde brota, como fuente, la literatura.

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