Al emperador Babur, descendiente de Gengis kan, no le gustaba el calor de la India. Así que mandó construir, junto al Taj Mahal un conjunto de jardines llenos de fuentes de agua. Así lo cuenta en sus escritos:

Siempre pensé que el principal problema de la India era que no había agua corriendo. En todos los lugares habitables debería de ser posible construir ruedas de agua, hacer que el agua corra y planear espacios geométricos… Aunque cerca de Agra no había ningún lugar muy adecuado, tuvimos que trabajar con el espacio que teníamos. Comenzamos con un pozo grande que alimentaba el balneario. Luego el pedazo de tierra con los tamarindos y el estanque octagonal se convirtieron en el gran estanque y el patio. Más tarde hicimos la alberca en frente del edificio de piedra, y el pasillo. Después se hizo el jardín privado y los anexos, y luego de eso el balneario. Así, en la india desagradable y poco armónica, se introdujeron jardines de una regularidad y geometría maravillosas.

Entre esos jardines paradisiacos que construyó Babur, hay uno que quizás es el más seductor de todos: el jardín nocturno, por el que se dice que se paseaban tortugas con velas sobre los caparazones.

De noche, los animales y los seres humanos dependen menos de la vista y más de otros sentidos para orientarse. Como en una de las historias de Scheherezade, podemos imaginar el jardín de noche, en silencio, salvo por el sonido del agua en movimiento y los insectos que lo sobrevuelan. Hay que acostumbrarse a la oscuridad para caminar en él, quizás hacerlo en una noche de luna llena, para que su luz se refleje en las flores (casi todas las flores nocturnas son blancas, para reflejar mejor el brillo de la luna).

En ese jardín de ensueño predominan los olores. Las flores nocturnas huelen más para atraer murciélagos, polillas, escarabajos y otros insectos nocturnos. Así, algunas de las flores con olores más exquisitas se abren sólo de noche.

Si hoy quisiéramos replicar aquel jardín, podríamos sembrar un floripondio (Brugmansia arbórea), glicina japonesa (Wisteria floribunda), tabaco del bosque (Nicotiana Silvestris), madreselvas (loniceras), alhelí nocturno (flores moradas), ongara vespertina (Oenothera biennis) y huele de noche (cestrum nocturnum). Podríamos llegar desde el atardecer, para ver cómo las flores se abren conforme el sol se esconde. Sería un jardín de verano, para quienes, como el emperador Babur, prefieren pasearse bajo la luna.

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Al emperador Babur, descendiente de Gengis kan, no le gustaba el calor de la India. Así que mandó construir, junto al Taj Mahal un conjunto de jardines llenos de fuentes de agua. Así lo cuenta en sus escritos:

Siempre pensé que el principal problema de la India era que no había agua corriendo. En todos los lugares habitables debería de ser posible construir ruedas de agua, hacer que el agua corra y planear espacios geométricos… Aunque cerca de Agra no había ningún lugar muy adecuado, tuvimos que trabajar con el espacio que teníamos. Comenzamos con un pozo grande que alimentaba el balneario. Luego el pedazo de tierra con los tamarindos y el estanque octagonal se convirtieron en el gran estanque y el patio. Más tarde hicimos la alberca en frente del edificio de piedra, y el pasillo. Después se hizo el jardín privado y los anexos, y luego de eso el balneario. Así, en la india desagradable y poco armónica, se introdujeron jardines de una regularidad y geometría maravillosas.

Entre esos jardines paradisiacos que construyó Babur, hay uno que quizás es el más seductor de todos: el jardín nocturno, por el que se dice que se paseaban tortugas con velas sobre los caparazones.

De noche, los animales y los seres humanos dependen menos de la vista y más de otros sentidos para orientarse. Como en una de las historias de Scheherezade, podemos imaginar el jardín de noche, en silencio, salvo por el sonido del agua en movimiento y los insectos que lo sobrevuelan. Hay que acostumbrarse a la oscuridad para caminar en él, quizás hacerlo en una noche de luna llena, para que su luz se refleje en las flores (casi todas las flores nocturnas son blancas, para reflejar mejor el brillo de la luna).

En ese jardín de ensueño predominan los olores. Las flores nocturnas huelen más para atraer murciélagos, polillas, escarabajos y otros insectos nocturnos. Así, algunas de las flores con olores más exquisitas se abren sólo de noche.

Si hoy quisiéramos replicar aquel jardín, podríamos sembrar un floripondio (Brugmansia arbórea), glicina japonesa (Wisteria floribunda), tabaco del bosque (Nicotiana Silvestris), madreselvas (loniceras), alhelí nocturno (flores moradas), ongara vespertina (Oenothera biennis) y huele de noche (cestrum nocturnum). Podríamos llegar desde el atardecer, para ver cómo las flores se abren conforme el sol se esconde. Sería un jardín de verano, para quienes, como el emperador Babur, prefieren pasearse bajo la luna.

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