El laberinto es un símbolo poderoso que, hasta cierto punto, es indisociable de al menos un significante no exento de negatividad: la pérdida. Imaginar un laberinto es pensar en una trampa construida para confundirnos, atraparnos y, eventualmente, evitar nuestro escape, si bien con un moroso procedimiento.

Esta, sin embargo, es una interpretación más bien moderna. O que al menos no es válida para todos los tipos de laberintos. Según recupera Jennifer Billock en la revista del Instituto Smithsoniano, hubo un tiempo en que los laberintos tenían como propósito principal fomentar la meditación al caminar, pues carecían de todos esos elementos que usualmente les imputamos: corredores sin salida, rutas equivocadas o pasajes trazados expresamente para desorientar.

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Dicha época de los laberintos fue en especial la Edad Media, cuando el monje Otfrido de Wissenbourg (entre otros) diseñó un laberinto de 11 niveles (añadiendo cuatro al modelo clásico de siete), de inicio sólo un dibujo con el que adornó la página final de su Liber Evangeliorum pero que, con el tiempo y por la admiración, se convirtió en el patrón emblemático de los laberintos trazados en decenas de iglesias construidas entre los siglos XII y XIII en Europa, quizá la más célebre la de Chartres, en Francia.

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¿Pero no podría pensarse que el laberinto es un símbolo pagano y, además, de perdición? No si consideramos que recorrer un laberinto también puede verse como un peregrinaje, un acto profundamente simbólico que, en especial en la Edad Media, ayudó al cristianismo a fundirse con otros cultos asentados en Europa. En éstos, caminar una ruta laberíntica era también ocasión de experiencias místicas o mágicas, revelaciones y descubrimientos, en buena medida porque el laberinto, en la soledad de sus senderos, llevaba al caminante a recorrer su propio ser, ese mundo interno que, en otro contexto, tan bien fue descrito por el poeta mexicano José Gorostiza:

Transitamos entonces, dentro de nosotros mismos, hacia inmundos calabozos y elevadas aéreas galerías que no conocíamos en nuestro propio castillo.

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Porque como han repetido los grandes místicos y pensadores de todas las épocas, perderse y encontrarse son dos movimientos necesarios en el péndulo laberíntico de la vida.

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El laberinto es un símbolo poderoso que, hasta cierto punto, es indisociable de al menos un significante no exento de negatividad: la pérdida. Imaginar un laberinto es pensar en una trampa construida para confundirnos, atraparnos y, eventualmente, evitar nuestro escape, si bien con un moroso procedimiento.

Esta, sin embargo, es una interpretación más bien moderna. O que al menos no es válida para todos los tipos de laberintos. Según recupera Jennifer Billock en la revista del Instituto Smithsoniano, hubo un tiempo en que los laberintos tenían como propósito principal fomentar la meditación al caminar, pues carecían de todos esos elementos que usualmente les imputamos: corredores sin salida, rutas equivocadas o pasajes trazados expresamente para desorientar.

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Dicha época de los laberintos fue en especial la Edad Media, cuando el monje Otfrido de Wissenbourg (entre otros) diseñó un laberinto de 11 niveles (añadiendo cuatro al modelo clásico de siete), de inicio sólo un dibujo con el que adornó la página final de su Liber Evangeliorum pero que, con el tiempo y por la admiración, se convirtió en el patrón emblemático de los laberintos trazados en decenas de iglesias construidas entre los siglos XII y XIII en Europa, quizá la más célebre la de Chartres, en Francia.

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¿Pero no podría pensarse que el laberinto es un símbolo pagano y, además, de perdición? No si consideramos que recorrer un laberinto también puede verse como un peregrinaje, un acto profundamente simbólico que, en especial en la Edad Media, ayudó al cristianismo a fundirse con otros cultos asentados en Europa. En éstos, caminar una ruta laberíntica era también ocasión de experiencias místicas o mágicas, revelaciones y descubrimientos, en buena medida porque el laberinto, en la soledad de sus senderos, llevaba al caminante a recorrer su propio ser, ese mundo interno que, en otro contexto, tan bien fue descrito por el poeta mexicano José Gorostiza:

Transitamos entonces, dentro de nosotros mismos, hacia inmundos calabozos y elevadas aéreas galerías que no conocíamos en nuestro propio castillo.

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Porque como han repetido los grandes místicos y pensadores de todas las épocas, perderse y encontrarse son dos movimientos necesarios en el péndulo laberíntico de la vida.

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