Durante más de 40 años, la historia de la evolución humana se narró desde la perspectiva de uno de los fraudes más grandes de la ciencia. El 18 de diciembre de 1912 se presentaron, en la reunión de la Sociedad Geológica de Londres, los restos óseos del mítico eslabón perdido, que supuestamente vinculaba al ser humano actual con sus antepasados simios. Se trataba de un cráneo, un diente y una mandíbula fósiles, que habían sido hallados por un obrero en una cantera de grava en Piltdown, al sureste de Inglaterra. Los paleontólogos Charles Dawson y Smith Woodward se presentaron como los descubridores y causaron gran revuelo al publicar este hallazgo, principalmente porque Inglaterra era de los pocos países de Europa donde no se habían encontrado fósiles humanos. En aquella época era importante para un país ser parte de la historia de la evolución, o al menos que eso se pensara.

El descubrimiento del Eoanthropus dawsonii, nombre científico que le adjudicaron al que popularmente se conocía como el Hombre de Piltdown, hizo que se pensara durante décadas que los humanos habían desarrollado primero la inteligencia y después había tenido lugar su desarrollo evolutivo físico hasta lo que somos hoy en día. Esto significa que mentalmente se trataba de humanos modernos habitando dentro del cuerpo de simios.

La prueba de la existencia del Hombre de Piltdown propició que otros descubrimientos reales de fósiles homínidos fueran ignorados durante décadas, pues no coincidían con las teorías piltdownianas de un hombre con un cerebro desarrollado antes de evolucionar el resto de su cuerpo.  Sin embargo, desde un principio, la comunidad científica vio con recelo el hallazgo de este enigmático eslabón que rompía por completo el patrón de todos los fósiles de homínidos descubiertos hasta ese momento.

Finalmente, en noviembre de 1953, los científicos Kenneth Oakley, Wilfrid Le Gros y Joseph Weiner publicaron en la revista TIME un artículo en el cual demostraban que el Hombre de Piltdown era un fraude incuestionable. Aplicaron métodos modernos en sus investigaciones y probaron que el cráneo pertenecía a un hombre medieval, la mandíbula a un orangután y los dientes eran de chimpancé. Los responsables del engaño habían tratado los huesos con una solución de hierro y ácido crómico para homogenizarlos y hacer que parecieran mucho más antiguos. Incluso, a la luz de un análisis microscópico, demostraron que los dientes habían sido labrados para darles una forma humana. No obstante, con estos descubrimientos surgió un nuevo enigma: ¿quién o quiénes habían sido los artífices de semejante estafa?

Muchos han sido los sospechosos de crear el fraude, pero sin duda el que más destaca por su fama y por las pruebas halladas en su contra fue el célebre escritor Arthur Conan Doyle (1859-1930), creador de las novelas de Sherlock Holmes. Doyle era un paleontólogo aficionado, miembro de la misma sociedad arqueológica a la que pertenecía Charles Dawson, vivía apenas a 11 kilómetros de Piltdown y era un asiduo recolector y coleccionista de fósiles. Además, también era un ferviente creyente del espiritismo y se había sentido profundamente humillado tras las burlas que le hicieron públicamente los científicos cuando lo acusaron de falsificar fotografías para demostrar que las seciones espiritistas eran reales. Esta historia se refleja en su obra El mundo perdido, publicada precisamente en 1912, donde los protagonistas se disponen a abandonar la isla habitada por dinosaurios y quieren llevarse un hueso como prueba de que lo que han visto es real, pues temen que si presentan una fotografía será considerada como una falfisificación. En lo que podría tomarse como una pista del misterio de Piltdown, el protagonista principal, el profesor Challenger, dice “Si sabes lo que haces puedes falsificar un hueso con tanta facilidad como una fotografía”.

A más de 100 años del “descubrimiento” del Hombre de Piltdown, el 10 de agosto de 2016 un artículo publicado en la revista Royal Society Open Science desenmascaró al verdadero responsable del engaño. Según los autores de la publicación, el modus operandi y el uso de un número limitado de especímenes en el fraude apuntan hacia un falsificador solitario. Con el análisis de ADN realizado en los huesos del Hombre de Piltdown se probó que provenían del mismo orangután que el de los huesos de un segundo ejemplar encontrado por Dawson.

La extraordinaria calidad del fraude hace que sólo una persona entre todas las implicadas tuviera la habilidad necesaria para engañar a tantos expertos: el propio Charles Dawson. El móvil probablemente fue ser aceptado como miembro de la Royal Society, ya que en 1909 escribió a su amigo Woodward: “Llevo esperando un gran descubrimiento que nunca llega”.

Durante más de 40 años, la historia de la evolución humana se narró desde la perspectiva de uno de los fraudes más grandes de la ciencia. El 18 de diciembre de 1912 se presentaron, en la reunión de la Sociedad Geológica de Londres, los restos óseos del mítico eslabón perdido, que supuestamente vinculaba al ser humano actual con sus antepasados simios. Se trataba de un cráneo, un diente y una mandíbula fósiles, que habían sido hallados por un obrero en una cantera de grava en Piltdown, al sureste de Inglaterra. Los paleontólogos Charles Dawson y Smith Woodward se presentaron como los descubridores y causaron gran revuelo al publicar este hallazgo, principalmente porque Inglaterra era de los pocos países de Europa donde no se habían encontrado fósiles humanos. En aquella época era importante para un país ser parte de la historia de la evolución, o al menos que eso se pensara.

El descubrimiento del Eoanthropus dawsonii, nombre científico que le adjudicaron al que popularmente se conocía como el Hombre de Piltdown, hizo que se pensara durante décadas que los humanos habían desarrollado primero la inteligencia y después había tenido lugar su desarrollo evolutivo físico hasta lo que somos hoy en día. Esto significa que mentalmente se trataba de humanos modernos habitando dentro del cuerpo de simios.

La prueba de la existencia del Hombre de Piltdown propició que otros descubrimientos reales de fósiles homínidos fueran ignorados durante décadas, pues no coincidían con las teorías piltdownianas de un hombre con un cerebro desarrollado antes de evolucionar el resto de su cuerpo.  Sin embargo, desde un principio, la comunidad científica vio con recelo el hallazgo de este enigmático eslabón que rompía por completo el patrón de todos los fósiles de homínidos descubiertos hasta ese momento.

Finalmente, en noviembre de 1953, los científicos Kenneth Oakley, Wilfrid Le Gros y Joseph Weiner publicaron en la revista TIME un artículo en el cual demostraban que el Hombre de Piltdown era un fraude incuestionable. Aplicaron métodos modernos en sus investigaciones y probaron que el cráneo pertenecía a un hombre medieval, la mandíbula a un orangután y los dientes eran de chimpancé. Los responsables del engaño habían tratado los huesos con una solución de hierro y ácido crómico para homogenizarlos y hacer que parecieran mucho más antiguos. Incluso, a la luz de un análisis microscópico, demostraron que los dientes habían sido labrados para darles una forma humana. No obstante, con estos descubrimientos surgió un nuevo enigma: ¿quién o quiénes habían sido los artífices de semejante estafa?

Muchos han sido los sospechosos de crear el fraude, pero sin duda el que más destaca por su fama y por las pruebas halladas en su contra fue el célebre escritor Arthur Conan Doyle (1859-1930), creador de las novelas de Sherlock Holmes. Doyle era un paleontólogo aficionado, miembro de la misma sociedad arqueológica a la que pertenecía Charles Dawson, vivía apenas a 11 kilómetros de Piltdown y era un asiduo recolector y coleccionista de fósiles. Además, también era un ferviente creyente del espiritismo y se había sentido profundamente humillado tras las burlas que le hicieron públicamente los científicos cuando lo acusaron de falsificar fotografías para demostrar que las seciones espiritistas eran reales. Esta historia se refleja en su obra El mundo perdido, publicada precisamente en 1912, donde los protagonistas se disponen a abandonar la isla habitada por dinosaurios y quieren llevarse un hueso como prueba de que lo que han visto es real, pues temen que si presentan una fotografía será considerada como una falfisificación. En lo que podría tomarse como una pista del misterio de Piltdown, el protagonista principal, el profesor Challenger, dice “Si sabes lo que haces puedes falsificar un hueso con tanta facilidad como una fotografía”.

A más de 100 años del “descubrimiento” del Hombre de Piltdown, el 10 de agosto de 2016 un artículo publicado en la revista Royal Society Open Science desenmascaró al verdadero responsable del engaño. Según los autores de la publicación, el modus operandi y el uso de un número limitado de especímenes en el fraude apuntan hacia un falsificador solitario. Con el análisis de ADN realizado en los huesos del Hombre de Piltdown se probó que provenían del mismo orangután que el de los huesos de un segundo ejemplar encontrado por Dawson.

La extraordinaria calidad del fraude hace que sólo una persona entre todas las implicadas tuviera la habilidad necesaria para engañar a tantos expertos: el propio Charles Dawson. El móvil probablemente fue ser aceptado como miembro de la Royal Society, ya que en 1909 escribió a su amigo Woodward: “Llevo esperando un gran descubrimiento que nunca llega”.

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