Buena parte de nuestras ideas sobre la forma del mundo y del universo se derivan de la forma en que científicos y artistas las han abordado en el curso del tiempo. Así como nuestra fascinación por el universo intergaláctico y sus misterios puede rastrearse hacia el imaginario de Cosmos, la obra documental de Carl Sagan, nuestra visión del mar como fuente de asombro y como un mundo aparte dentro del nuestro, pero que también merece cuidado y preservación, proviene del trabajo pionero del explorador Jacques-Yves Cousteau (1910-1997).

Aunque comenzó una prometedora carrera militar a los 20 años, el futuro aventurero sufrió un accidente de auto, lo que le hizo replantear sus propósitos y entregarse al conocimiento submarino. Cousteau poseía un temperamento único, que lo llevó a innovar en la construcción de instrumentos y herramientas para la exploración subacuática, como la escafandra autónoma, que desarrolló en 1943 con el ingeniero francés Emilie Gagnan, así como a explorar misterios marinos, como el mítico continente perdido de la Atlántida.

collage-jaen-ocean
Su primer documental, El mundo del silencio, fue galardonado con la Palma de Oro de Cannes y un premio Óscar en 1954. Sería el primero de un legado de 120 trabajos fílmicos y 50 libros que trazan una historia de nuestro planeta desde el punto de vista de los océanos, ese 70% de nuestro mundo del cual apenas conocemos algo.

Sus películas no sólo mostraron algunas de las primeras imágenes subacuáticas de lugares como la Antártida o el Amazonas, sino que fueron precursoras del estilo documental que nos parece tan común hoy en día: el investigador como un elemento participante del entorno, no como un científico que describe objetivamente sus observaciones, sino como un artista que enseña a otros aquello de lo que ha sido testigo. En ese sentido, su visión del mar nos es más reconocible y cercana de lo que podríamos creer; en la antigüedad clásica, el mar de los griegos es referido por Homero con el color negro o vino. Si la imagen ampliamente difundida de la Tierra como un pequeño punto azul en medio del universo fue el maravilloso legado de Carl Sagan, el de Cousteau fue mostrarnos la vitalidad que habita en las profundidades de esa negrura azulada.

Pero la producción de documentales no fue el único empeño de la larga travesía de Cousteau por los mares y corrientes pluviales del mundo entero: con el paso del tiempo, quedó claro que Cousteau no se veía a sí mismo solamente como un entertainer, sino como un activista comprometido por las causas del océano. Su motivación, a diferencia de la de algunos científicos, no se basaba en encontrar maneras de obtener provecho monetario a partir de sus exploraciones, sino en compartir y producir una nueva conciencia —basada en el asombro y el conocimiento— del mar como un elemento vital de la vida en el planeta, no sólo de los humanos.

En 1974 funda la Sociedad Cousteau, dedicada a la protección del planeta y a la gestión del acervo del legendario capitán, cuyo impacto en la cultura pop, así como en las causas medioambientales, lo coloca como un auténtico rebelde, que siguió realizando inmersiones subacuáticas incluso a la edad de 65 años, y que definió su misión en estos términos: “He dedicado mi vida entera a descubrir estos tesoros, guiado por un único propósito: compartirlos contigo y protegerlos para las generaciones venideras”.

 

*Imágenes: Dominio Público

Buena parte de nuestras ideas sobre la forma del mundo y del universo se derivan de la forma en que científicos y artistas las han abordado en el curso del tiempo. Así como nuestra fascinación por el universo intergaláctico y sus misterios puede rastrearse hacia el imaginario de Cosmos, la obra documental de Carl Sagan, nuestra visión del mar como fuente de asombro y como un mundo aparte dentro del nuestro, pero que también merece cuidado y preservación, proviene del trabajo pionero del explorador Jacques-Yves Cousteau (1910-1997).

Aunque comenzó una prometedora carrera militar a los 20 años, el futuro aventurero sufrió un accidente de auto, lo que le hizo replantear sus propósitos y entregarse al conocimiento submarino. Cousteau poseía un temperamento único, que lo llevó a innovar en la construcción de instrumentos y herramientas para la exploración subacuática, como la escafandra autónoma, que desarrolló en 1943 con el ingeniero francés Emilie Gagnan, así como a explorar misterios marinos, como el mítico continente perdido de la Atlántida.

collage-jaen-ocean
Su primer documental, El mundo del silencio, fue galardonado con la Palma de Oro de Cannes y un premio Óscar en 1954. Sería el primero de un legado de 120 trabajos fílmicos y 50 libros que trazan una historia de nuestro planeta desde el punto de vista de los océanos, ese 70% de nuestro mundo del cual apenas conocemos algo.

Sus películas no sólo mostraron algunas de las primeras imágenes subacuáticas de lugares como la Antártida o el Amazonas, sino que fueron precursoras del estilo documental que nos parece tan común hoy en día: el investigador como un elemento participante del entorno, no como un científico que describe objetivamente sus observaciones, sino como un artista que enseña a otros aquello de lo que ha sido testigo. En ese sentido, su visión del mar nos es más reconocible y cercana de lo que podríamos creer; en la antigüedad clásica, el mar de los griegos es referido por Homero con el color negro o vino. Si la imagen ampliamente difundida de la Tierra como un pequeño punto azul en medio del universo fue el maravilloso legado de Carl Sagan, el de Cousteau fue mostrarnos la vitalidad que habita en las profundidades de esa negrura azulada.

Pero la producción de documentales no fue el único empeño de la larga travesía de Cousteau por los mares y corrientes pluviales del mundo entero: con el paso del tiempo, quedó claro que Cousteau no se veía a sí mismo solamente como un entertainer, sino como un activista comprometido por las causas del océano. Su motivación, a diferencia de la de algunos científicos, no se basaba en encontrar maneras de obtener provecho monetario a partir de sus exploraciones, sino en compartir y producir una nueva conciencia —basada en el asombro y el conocimiento— del mar como un elemento vital de la vida en el planeta, no sólo de los humanos.

En 1974 funda la Sociedad Cousteau, dedicada a la protección del planeta y a la gestión del acervo del legendario capitán, cuyo impacto en la cultura pop, así como en las causas medioambientales, lo coloca como un auténtico rebelde, que siguió realizando inmersiones subacuáticas incluso a la edad de 65 años, y que definió su misión en estos términos: “He dedicado mi vida entera a descubrir estos tesoros, guiado por un único propósito: compartirlos contigo y protegerlos para las generaciones venideras”.

 

*Imágenes: Dominio Público