Nuestro planeta posee aún muchos misterios, pero si alguno ha persistido desde siempre, desde que el ser humano se aventuró a explorar su entorno, es el fondo del mar. Incluso en una época que, como la nuestra, podría presumir de un gran avance tecnológico, las profundidades del océano siguen escapando a nuestro conocimiento, quizá no tanto como hace un par de siglos, pero sí al grado suficiente como para reivindicar la frase con que los mapas antiguos señalaban lo inexplorado: HIC SVNT DRACONES, “aquí hay dragones”.

Por esta misma razón, porque lo desconocido es un gran estímulo para la fantasía, el ser humano ha poblado el mar de criaturas inexistentes pero con las que intenta expresar lo mismo su reverencia que su deseo de saber. El fondo del mar asusta, pero no menos cierto es que también atrae.

A continuación compartimos una breve semblanza de criaturas marítimas que, en distintas épocas, han poblado las pesadillas de marinos y aspirantes a exploradores de lo ignoto.

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Escila y Caribdis

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En el imaginario griego de la Antigüedad, cerca en el estrecho que ahora conocemos como de Mesina (entre Sicilia y la Italia peninsular), se encontraban dos monstruos letales para toda embarcación: Escila, de seis cabezas, y Caribdis, un remolino de fuerza impresionante. Como rasgo distintivo, tan propio de la mitología griega, los navegantes tenían que hacer una elección imposible: pues alejarse de uno significaba acercarse al otro. Solo Ulises, con su ingenio, pudo salir avante del estrecho, pues eligió enfrentar a Escila (y perder a unos pocos marineros) y no a Caribdis (y arriesgar a toda la tripulación).

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Leviatán

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El Renacimiento fue quizá la primera gran época de las grandes exploraciones para la humanidad. Antes, es cierto, el ser humano caminó y cabalgó el planeta, pero quizá nunca la realidad geográfica se ensanchó tanto como entonces. Esa época, por otro lado, también fue prolija en la invención de criaturas marinas. Una de estas, el Leviatán, aunque tiene origen en el Libro de Job y otros lugares de la literatura judía, tuvo en los siglos XV y XVI cierta fama como habitante de los océanos más allá de Europa. Durero, por ejemplo, viajó en 1520 a Zeeland, la provincia más boreal de los actuales Países Bajos, con la esperanza de atisbar la gran ballena. Parte de esta fascinación sin duda pervivió hasta desembocar en Herman Melville.

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Cthulhu

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“Un monstruo de contornos vagamente antropoides, pero con una cabeza de pulpo cuyo rostro era una masa de tentáculos, un cuerpo escamoso que sugería cierta elasticidad, cuatro extremidades dotadas de garras enormes, y un par de alas largas y estrechas en la espalda”. Así describe H. P. Lovecraft a Cthulhu, una criatura adorada como divinidad en la mitología del autor.

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Nuestro planeta posee aún muchos misterios, pero si alguno ha persistido desde siempre, desde que el ser humano se aventuró a explorar su entorno, es el fondo del mar. Incluso en una época que, como la nuestra, podría presumir de un gran avance tecnológico, las profundidades del océano siguen escapando a nuestro conocimiento, quizá no tanto como hace un par de siglos, pero sí al grado suficiente como para reivindicar la frase con que los mapas antiguos señalaban lo inexplorado: HIC SVNT DRACONES, “aquí hay dragones”.

Por esta misma razón, porque lo desconocido es un gran estímulo para la fantasía, el ser humano ha poblado el mar de criaturas inexistentes pero con las que intenta expresar lo mismo su reverencia que su deseo de saber. El fondo del mar asusta, pero no menos cierto es que también atrae.

A continuación compartimos una breve semblanza de criaturas marítimas que, en distintas épocas, han poblado las pesadillas de marinos y aspirantes a exploradores de lo ignoto.

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Escila y Caribdis

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En el imaginario griego de la Antigüedad, cerca en el estrecho que ahora conocemos como de Mesina (entre Sicilia y la Italia peninsular), se encontraban dos monstruos letales para toda embarcación: Escila, de seis cabezas, y Caribdis, un remolino de fuerza impresionante. Como rasgo distintivo, tan propio de la mitología griega, los navegantes tenían que hacer una elección imposible: pues alejarse de uno significaba acercarse al otro. Solo Ulises, con su ingenio, pudo salir avante del estrecho, pues eligió enfrentar a Escila (y perder a unos pocos marineros) y no a Caribdis (y arriesgar a toda la tripulación).

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Leviatán

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El Renacimiento fue quizá la primera gran época de las grandes exploraciones para la humanidad. Antes, es cierto, el ser humano caminó y cabalgó el planeta, pero quizá nunca la realidad geográfica se ensanchó tanto como entonces. Esa época, por otro lado, también fue prolija en la invención de criaturas marinas. Una de estas, el Leviatán, aunque tiene origen en el Libro de Job y otros lugares de la literatura judía, tuvo en los siglos XV y XVI cierta fama como habitante de los océanos más allá de Europa. Durero, por ejemplo, viajó en 1520 a Zeeland, la provincia más boreal de los actuales Países Bajos, con la esperanza de atisbar la gran ballena. Parte de esta fascinación sin duda pervivió hasta desembocar en Herman Melville.

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Cthulhu

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“Un monstruo de contornos vagamente antropoides, pero con una cabeza de pulpo cuyo rostro era una masa de tentáculos, un cuerpo escamoso que sugería cierta elasticidad, cuatro extremidades dotadas de garras enormes, y un par de alas largas y estrechas en la espalda”. Así describe H. P. Lovecraft a Cthulhu, una criatura adorada como divinidad en la mitología del autor.

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