Pocas personas saben que el rostro de los productos Burt’s Bees –que asemeja la de un viejo marinero– es de un hombre real, que existe en los márgenes sociales del mundo moderno. Burt Shavitz es un apicultor que vive y trabaja en los bosques de Maine, en Estados Unidos, y que nunca imaginó que sus productos de miel se convertirían en una corporación multimillonaria.

Este ícono improbable comenzó como fotógrafo freelance en Nueva York; tomaba retratos de sujetos famosos como John F. Kennedy y Allen Ginsberg antes de que la televisión robara todo el interés del público en este tipo de fotografía. En 1970 comenzó a practicar apicultura al norte del estado de Nueva York y eventualmente compró una pequeña tierra en Maine, donde comenzó a vender miel en su camioneta Volkswagen.

A principios de los ochentas, Shavitz conoció a Roxanne Quimby, una mesera emprendedora que se convertiría en su amante y socia de negocios. Fue Quimby quien tuvo la idea de poner el rostro de Shavitz en los frascos decorativos de miel, y pronto el par comenzó a vender cera de abeja, lustro para zapatos y, su mayor éxito, bálsamo para labios.

En 2001, una vez que la compañía comenzó a crecer, Quimby compró acciones y se llevó a casa 177 millones de dólares. Hoy en día, Shavitz y Quimby no se hablan y la compañía es de Clorox. Pero el viejo apicultor parece estar en paz con su vida sencilla, prefiriendo pasar los días sin amenidades como televisión u agua caliente. Vive con un asistente y a veces, muy esporádicamente, viaja para promocionales de Burt’s Bees alrededor del mundo.

Este año se estrenó un documental dirigido por Jody Shapiro acerca de la extraña y heroica vida de Burt Shavitz. Burt’s Buzz retrata la cuasi-monástica vida de este hombre, cuyo heroísmo radica en que el dinero y la fama no cambiaron los fundamentos de su filosofía y estilo de vida. Su genuina rebeldía esta asociada precisamente con esa simplicidad y desapego; para Shavitz “un buen día es cuando nadie llama a la puerta… y no tienes que ir a ningún lado”.

Pocas personas saben que el rostro de los productos Burt’s Bees –que asemeja la de un viejo marinero– es de un hombre real, que existe en los márgenes sociales del mundo moderno. Burt Shavitz es un apicultor que vive y trabaja en los bosques de Maine, en Estados Unidos, y que nunca imaginó que sus productos de miel se convertirían en una corporación multimillonaria.

Este ícono improbable comenzó como fotógrafo freelance en Nueva York; tomaba retratos de sujetos famosos como John F. Kennedy y Allen Ginsberg antes de que la televisión robara todo el interés del público en este tipo de fotografía. En 1970 comenzó a practicar apicultura al norte del estado de Nueva York y eventualmente compró una pequeña tierra en Maine, donde comenzó a vender miel en su camioneta Volkswagen.

A principios de los ochentas, Shavitz conoció a Roxanne Quimby, una mesera emprendedora que se convertiría en su amante y socia de negocios. Fue Quimby quien tuvo la idea de poner el rostro de Shavitz en los frascos decorativos de miel, y pronto el par comenzó a vender cera de abeja, lustro para zapatos y, su mayor éxito, bálsamo para labios.

En 2001, una vez que la compañía comenzó a crecer, Quimby compró acciones y se llevó a casa 177 millones de dólares. Hoy en día, Shavitz y Quimby no se hablan y la compañía es de Clorox. Pero el viejo apicultor parece estar en paz con su vida sencilla, prefiriendo pasar los días sin amenidades como televisión u agua caliente. Vive con un asistente y a veces, muy esporádicamente, viaja para promocionales de Burt’s Bees alrededor del mundo.

Este año se estrenó un documental dirigido por Jody Shapiro acerca de la extraña y heroica vida de Burt Shavitz. Burt’s Buzz retrata la cuasi-monástica vida de este hombre, cuyo heroísmo radica en que el dinero y la fama no cambiaron los fundamentos de su filosofía y estilo de vida. Su genuina rebeldía esta asociada precisamente con esa simplicidad y desapego; para Shavitz “un buen día es cuando nadie llama a la puerta… y no tienes que ir a ningún lado”.

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