Las proyecciones estadísticas son desoladoras. Pareciera que nos aproximamos a un colapso ecológico, y por lo tanto social, económico y espiritual. Pero ante toda crisis sobreviene un cambio, una especie de lección colectiva y la germinación de nuevas ideas que construyen abstracciones más adecuadas, integrales, que resuelven o intentan resolver las causas por las que se produjo el colapso.

Desde hace más de tres décadas el filósofo francés Gilles Lipovetsky se ha dedicado a analizar y reflexionar sobre los valores e inercias que definen a la sociedad. La soledad, el individualismo, el consumismo, la frivolidad, y la posmodernidad (entre otros temas) circulan sus reflexiones.

En una de sus más recientes obras, De la légèreté (2015) o De la ligereza, Lipovetsky nos habla de esta ansiedad por perseguir la ligereza. Más allá de una resolución moral, el francés abunda en el valor, quizá excesivo, que hemos dado a esta cualidad: la ligereza como medio para sobrellevar la presión, facilitarnos, disfrutar en lo posible el momento y su generosidad.

En este sentido, más allá de la frivolidad que lo anterior podría implicar, vienen a la mente algunas de las bases de una filosofía oriental que ha avanzado lentamente en Occidente, quizá desde que Alejandro Magno expandió su imperio y se interesó por su diversidad de usos y costumbres.

El zen, la meditación, el yoga (con lo aventurado de colocarlos a todos en la misma bolsa) responden a valores de trascendencia basados en el desapego, la pérdida del ego, la capacidad de estar plenamente en el presente, entre otros.

En este sentido, las ideas orientales parecieran encajar con el momento de ligereza buscado colectivamente y descrito por Lipovetsky. Al respecto, lo entrevistamos sobre esta coincidencia y sobre si él cree que estos valores orientales puedan salvarnos de la catástrofe actual (crisis de valores) a la que se afronta la sociedad contemporánea.

Aquí su reflexión:

¿Cree que la filosofía oriental tan en boga pueda dotar a Occidente de valores reales más allá de la moda?

Desde el advenimiento del New Age, desde los 70, asistimos a una multiplicación de las prácticas orientales: zen, yoga, meditación… Antes eran muy poquitos, la contracultura era algo muy marginal, y ahora es un fenómeno mucho más extendido: es una expresión de los nuevos modelos de aligeración. Para mantener a raya la presión, la gente necesita distenderse y las prácticas espirituales están adaptadas a eso. Ahora, ¿esto puede generar una transformación social que pueda ayudarnos? En lo personal creo que hasta ahora ayuda a que la gente se sienta mejor, pero no veo cómo eso pudiera cambiar los modos de producción, las formas de gobierno, las leyes del mercado…

¿Por qué?

En nuestro mundo, las prácticas espirituales están dirigidas hacia la felicidad privada. Es decir, son tecnologías para el bien vivir, pero no podemos esperar que una sola cosa nos dé todo. Los ejercicios de espiritualidad, como se decía en la antigua Grecia, nunca tuvieron la misión de transformar el mundo; tenían la intención de transformar la propia vida para ser más feliz, para decirlo en términos más sencillos, pero no pretendían transformar el mundo objetivo.

En su opinión, ¿cómo podrían enraizarse realmente estos valores?

Creo que las cosas avanzan rápido y la salvación de las sociedades tendrá que venir del lado humano, de la formación. Creo que es posible convencer a la gente. Gracias al mundo digital, internet puede permitir un replanteamiento del problema educativo y esto puede facilitar su difusión. No es una solución absoluta pero estamos ante una gran posibilidad.

Habla con el autor: @AnaPauladelaTD

Imagen: Dominio público

Las proyecciones estadísticas son desoladoras. Pareciera que nos aproximamos a un colapso ecológico, y por lo tanto social, económico y espiritual. Pero ante toda crisis sobreviene un cambio, una especie de lección colectiva y la germinación de nuevas ideas que construyen abstracciones más adecuadas, integrales, que resuelven o intentan resolver las causas por las que se produjo el colapso.

Desde hace más de tres décadas el filósofo francés Gilles Lipovetsky se ha dedicado a analizar y reflexionar sobre los valores e inercias que definen a la sociedad. La soledad, el individualismo, el consumismo, la frivolidad, y la posmodernidad (entre otros temas) circulan sus reflexiones.

En una de sus más recientes obras, De la légèreté (2015) o De la ligereza, Lipovetsky nos habla de esta ansiedad por perseguir la ligereza. Más allá de una resolución moral, el francés abunda en el valor, quizá excesivo, que hemos dado a esta cualidad: la ligereza como medio para sobrellevar la presión, facilitarnos, disfrutar en lo posible el momento y su generosidad.

En este sentido, más allá de la frivolidad que lo anterior podría implicar, vienen a la mente algunas de las bases de una filosofía oriental que ha avanzado lentamente en Occidente, quizá desde que Alejandro Magno expandió su imperio y se interesó por su diversidad de usos y costumbres.

El zen, la meditación, el yoga (con lo aventurado de colocarlos a todos en la misma bolsa) responden a valores de trascendencia basados en el desapego, la pérdida del ego, la capacidad de estar plenamente en el presente, entre otros.

En este sentido, las ideas orientales parecieran encajar con el momento de ligereza buscado colectivamente y descrito por Lipovetsky. Al respecto, lo entrevistamos sobre esta coincidencia y sobre si él cree que estos valores orientales puedan salvarnos de la catástrofe actual (crisis de valores) a la que se afronta la sociedad contemporánea.

Aquí su reflexión:

¿Cree que la filosofía oriental tan en boga pueda dotar a Occidente de valores reales más allá de la moda?

Desde el advenimiento del New Age, desde los 70, asistimos a una multiplicación de las prácticas orientales: zen, yoga, meditación… Antes eran muy poquitos, la contracultura era algo muy marginal, y ahora es un fenómeno mucho más extendido: es una expresión de los nuevos modelos de aligeración. Para mantener a raya la presión, la gente necesita distenderse y las prácticas espirituales están adaptadas a eso. Ahora, ¿esto puede generar una transformación social que pueda ayudarnos? En lo personal creo que hasta ahora ayuda a que la gente se sienta mejor, pero no veo cómo eso pudiera cambiar los modos de producción, las formas de gobierno, las leyes del mercado…

¿Por qué?

En nuestro mundo, las prácticas espirituales están dirigidas hacia la felicidad privada. Es decir, son tecnologías para el bien vivir, pero no podemos esperar que una sola cosa nos dé todo. Los ejercicios de espiritualidad, como se decía en la antigua Grecia, nunca tuvieron la misión de transformar el mundo; tenían la intención de transformar la propia vida para ser más feliz, para decirlo en términos más sencillos, pero no pretendían transformar el mundo objetivo.

En su opinión, ¿cómo podrían enraizarse realmente estos valores?

Creo que las cosas avanzan rápido y la salvación de las sociedades tendrá que venir del lado humano, de la formación. Creo que es posible convencer a la gente. Gracias al mundo digital, internet puede permitir un replanteamiento del problema educativo y esto puede facilitar su difusión. No es una solución absoluta pero estamos ante una gran posibilidad.

Habla con el autor: @AnaPauladelaTD

Imagen: Dominio público