Toda capital del mundo tiene sus museos de curiosidades, algunos más extraños o más fascinantes que otros. Normalmente son recintos que no hablan de las grandes obras de arte ni protagonizan a los pintores célebres, sino que hablan de otra cosa; de algo más secreto, más íntimo a la experiencia humana. Aquí entra el Museo de las Relaciones Rotas, un experimento a todas luces visceral sobre aquello que compartimos con prácticamente todo ser humano del mundo: la ruptura amorosa.

Todo comenzó en 2006 como una exposición itinerante ideada por Olinka Vistica y Drazen Grubisic (una pareja vigente) en torno al concepto de relaciones fracasadas y sus ruinas. La pareja recolectó todo tipo de artefactos de amigos que habían pasado por un rompimiento y tuvo tanto éxito que en 2010 la muestra, ya considerablemente más grande, se estableció en Zagreb, Croacia, en el Palacio Kulmer.

MBR2

Los dueños describen el museo en términos de la catarsis que permite con el público. No es que los objetos en sí tengan algún valor estético, pero la audiencia puede empatizar con los valores y fantasmas que permean cada una de las cosas que quedan tras una separación: son parte de la historia que alguien creó afectuosamente con alguien más, parte de un anecdotario amoroso y forman parte, en fin, de lo que más duele, porque es como si tuviera memoria propia. Pero los finales, es verdad, pueden ser más creativos que el mero sufrimiento en bruto, por ello el museo recibe donaciones de cualquiera que desee hacer algo distinto (que tirar, guardar, quemar…) con los remanentes físicos de una relación muerta.200803080306440.D4689856

Entre la memorabilia hay, por ejemplo, un hacha que se usó para destruir los muebles de un examante, un vestido de novia, un caballo de cristal que un esposo le compró a su mujer en Venecia y una olla que se utilizó para hacer pan cuando todavía había erotismo entre una pareja. Cada uno de los objetos va acompañado de su anécdota correspondiente, y así deja ser un objeto para convertirse en una nostalgia, una melancolía o un desprecio, en un mundo de ruinas.

Pero además de ser catártico y potencialmente sano (no a manera de autoayuda sino precisamente de ver las ruinas para poder asimilarlas), el museo nos insta a cuestionar nuestra relación con los objetos significativos. Las cosas que guardamos, desechamos o ignoramos después de un rompimiento amoroso representan parte de nuestra identidad. Son elecciones identitarias que hacemos, consciente o inconscientemente, porque el universo físico –la vida secreta de las cosas– es referente crucial de nuestras emociones. Quizás el Museo de las Relaciones Rotas ha tenido tanto éxito porque, al parecer, cuando dos personas terminan una relación, no pueden seguir viviendo una existencia amueblada por alguien más. Deben reinventar forzosamente su universo, con todas sus partes.

La iniciativa es una suerte de cementerio de barcos hundidos, un lugar a donde todos esos objetos-fantasma pueden ir y tener una segunda vida, y quizás incluso ayudar a alguien más a desapegarse de un pasado doloroso o inerte. “Nuestras sociedades nos complacen con nuestros matrimonios, funerales e incluso con despedidas de graduación, pero nos niegan cualquier reconocimiento formal de la defunción de nuestras relaciones, a pesar de su fuerte efecto emocional”, señalan los creadores del mausoleo.

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Toda capital del mundo tiene sus museos de curiosidades, algunos más extraños o más fascinantes que otros. Normalmente son recintos que no hablan de las grandes obras de arte ni protagonizan a los pintores célebres, sino que hablan de otra cosa; de algo más secreto, más íntimo a la experiencia humana. Aquí entra el Museo de las Relaciones Rotas, un experimento a todas luces visceral sobre aquello que compartimos con prácticamente todo ser humano del mundo: la ruptura amorosa.

Todo comenzó en 2006 como una exposición itinerante ideada por Olinka Vistica y Drazen Grubisic (una pareja vigente) en torno al concepto de relaciones fracasadas y sus ruinas. La pareja recolectó todo tipo de artefactos de amigos que habían pasado por un rompimiento y tuvo tanto éxito que en 2010 la muestra, ya considerablemente más grande, se estableció en Zagreb, Croacia, en el Palacio Kulmer.

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Los dueños describen el museo en términos de la catarsis que permite con el público. No es que los objetos en sí tengan algún valor estético, pero la audiencia puede empatizar con los valores y fantasmas que permean cada una de las cosas que quedan tras una separación: son parte de la historia que alguien creó afectuosamente con alguien más, parte de un anecdotario amoroso y forman parte, en fin, de lo que más duele, porque es como si tuviera memoria propia. Pero los finales, es verdad, pueden ser más creativos que el mero sufrimiento en bruto, por ello el museo recibe donaciones de cualquiera que desee hacer algo distinto (que tirar, guardar, quemar…) con los remanentes físicos de una relación muerta.200803080306440.D4689856

Entre la memorabilia hay, por ejemplo, un hacha que se usó para destruir los muebles de un examante, un vestido de novia, un caballo de cristal que un esposo le compró a su mujer en Venecia y una olla que se utilizó para hacer pan cuando todavía había erotismo entre una pareja. Cada uno de los objetos va acompañado de su anécdota correspondiente, y así deja ser un objeto para convertirse en una nostalgia, una melancolía o un desprecio, en un mundo de ruinas.

Pero además de ser catártico y potencialmente sano (no a manera de autoayuda sino precisamente de ver las ruinas para poder asimilarlas), el museo nos insta a cuestionar nuestra relación con los objetos significativos. Las cosas que guardamos, desechamos o ignoramos después de un rompimiento amoroso representan parte de nuestra identidad. Son elecciones identitarias que hacemos, consciente o inconscientemente, porque el universo físico –la vida secreta de las cosas– es referente crucial de nuestras emociones. Quizás el Museo de las Relaciones Rotas ha tenido tanto éxito porque, al parecer, cuando dos personas terminan una relación, no pueden seguir viviendo una existencia amueblada por alguien más. Deben reinventar forzosamente su universo, con todas sus partes.

La iniciativa es una suerte de cementerio de barcos hundidos, un lugar a donde todos esos objetos-fantasma pueden ir y tener una segunda vida, y quizás incluso ayudar a alguien más a desapegarse de un pasado doloroso o inerte. “Nuestras sociedades nos complacen con nuestros matrimonios, funerales e incluso con despedidas de graduación, pero nos niegan cualquier reconocimiento formal de la defunción de nuestras relaciones, a pesar de su fuerte efecto emocional”, señalan los creadores del mausoleo.

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