La existencia del tiempo y el espacio alejan en la duración y en la distancia los eventos unos de otros: lo antiguo no deja de crecer a cada momento, mientras el porvenir se abalanza infatigablemente contra nuestro solitario faro de observación, el instante actual. Desde que se tiene memoria, el ser humano ha tratado de indagar en el pasado y el futuro con el fin de ensanchar el radio de visión de ese trémulo faro, con el fin de mitigar su miedo al porvenir así como a los fantasmas que lo acechan desde lo ya acontecido. Para ello ha recurrido a numerosos métodos —artes— adivinatorios.

El primero en tratar de clasificar las artes mánticas (mancia=adivinación) fue el famoso orador Cicerón en su libro De divinatione, donde las divide en “naturales” y “artísticas”. Las primeras son aquellas basadas en la profecía, en la palabra espontánea o de orden alucinatorio (como las pitonisas y sibilas que, sumidas en un trance que tenía bastantes elementos teatrales, canalizaban los mensajes del más allá); las segundas son aquellas que se valen de un objeto o instrumento mediador entre el adivino y un consultante: las runas, los caracoles, las monedas (como en el I Ching chino) o las vísceras de los animales, y también, salvando el anacronismo de unos diez siglos con el pensador romano, el tarot.

El investigador de lo oculto Gwen Le Scouézec realizó durante el siglo XX una clasificación mucho más abarcadora de los tipos de adivinación disponibles, desde aquellas que dependen completamente de la intuición individual del adivino hasta los manuales mecánicos de interpretación de sueños, que caen en lo francamente supersticioso:

En primer lugar está el profetismo: en la literatura clásica y las fuentes orientales (como la Biblia) es una facultad otorgada o revelada por los dioses. Piénsese en los profetas de la tradición hebraica, o bien en el don de la profecía como un castigo del dios (como en el caso de Casandra, maldecida así por el divino Apolo). Se trata de una palabra dicha en la vigilia que viene por inspiración divina o intuitiva.

magic-key

Después tenemos la videncia alucinatoria, que puede desencadenarse por ingestión de algún tipo de sustancia (farmacomancia), por estados alterados de conciencia o incluso lindantes con la muerte, o también por la adivinación espontánea producida durante el trance onírico (oniromancia).

Posteriormente se encuentra la adivinación matemática, que ha conocido periodos de gran prestigio, como la cábala, que según Le Scouézec es el grado más refinado de la aritmomancia, la adivinación por números. En este punto se encuentran asimismo la astrología, la geomancia y el I Ching.

Por otra parte están las mancias de observación, como las practicadas por los sacerdotes al estudiar con atención los movimientos del cielo, de los hombres, de las plantas o de los animales.

Por último tenemos los sistemas abacománticos, que utilizan algún tipo de sistema intermediario como tablas u oráculos, libros de horóscopos, cartas (cartomancia, como en las interpretaciones mecánicas del tarot), y que por lo general lucran con la confianza del consultante que no entiende bien a bien —porque se ha dejado embaucar por un mago poco fiable— lo que ocurre en el proceso adivinatorio.

Podemos ser escépticos o creyentes de los métodos de adivinación, desde la radiestesia hasta los horóscopos de revistas del corazón, eso no importa. Lo fascinante es estudiar las formas en que los distintos pueblos han lidiado con aquello que conocemos como incertidumbre, y que no es otra cosa que nuestra perenne ignorancia de las cosas presentes, pasadas y futuras. Salir de la incertidumbre con engañifas parece un flaco favor al consultante, pero implica una determinación por arrancarse a uno mismo de los movimientos del devenir; una tentativa de no ser un mero juguete del destino.

.

La existencia del tiempo y el espacio alejan en la duración y en la distancia los eventos unos de otros: lo antiguo no deja de crecer a cada momento, mientras el porvenir se abalanza infatigablemente contra nuestro solitario faro de observación, el instante actual. Desde que se tiene memoria, el ser humano ha tratado de indagar en el pasado y el futuro con el fin de ensanchar el radio de visión de ese trémulo faro, con el fin de mitigar su miedo al porvenir así como a los fantasmas que lo acechan desde lo ya acontecido. Para ello ha recurrido a numerosos métodos —artes— adivinatorios.

El primero en tratar de clasificar las artes mánticas (mancia=adivinación) fue el famoso orador Cicerón en su libro De divinatione, donde las divide en “naturales” y “artísticas”. Las primeras son aquellas basadas en la profecía, en la palabra espontánea o de orden alucinatorio (como las pitonisas y sibilas que, sumidas en un trance que tenía bastantes elementos teatrales, canalizaban los mensajes del más allá); las segundas son aquellas que se valen de un objeto o instrumento mediador entre el adivino y un consultante: las runas, los caracoles, las monedas (como en el I Ching chino) o las vísceras de los animales, y también, salvando el anacronismo de unos diez siglos con el pensador romano, el tarot.

El investigador de lo oculto Gwen Le Scouézec realizó durante el siglo XX una clasificación mucho más abarcadora de los tipos de adivinación disponibles, desde aquellas que dependen completamente de la intuición individual del adivino hasta los manuales mecánicos de interpretación de sueños, que caen en lo francamente supersticioso:

En primer lugar está el profetismo: en la literatura clásica y las fuentes orientales (como la Biblia) es una facultad otorgada o revelada por los dioses. Piénsese en los profetas de la tradición hebraica, o bien en el don de la profecía como un castigo del dios (como en el caso de Casandra, maldecida así por el divino Apolo). Se trata de una palabra dicha en la vigilia que viene por inspiración divina o intuitiva.

magic-key

Después tenemos la videncia alucinatoria, que puede desencadenarse por ingestión de algún tipo de sustancia (farmacomancia), por estados alterados de conciencia o incluso lindantes con la muerte, o también por la adivinación espontánea producida durante el trance onírico (oniromancia).

Posteriormente se encuentra la adivinación matemática, que ha conocido periodos de gran prestigio, como la cábala, que según Le Scouézec es el grado más refinado de la aritmomancia, la adivinación por números. En este punto se encuentran asimismo la astrología, la geomancia y el I Ching.

Por otra parte están las mancias de observación, como las practicadas por los sacerdotes al estudiar con atención los movimientos del cielo, de los hombres, de las plantas o de los animales.

Por último tenemos los sistemas abacománticos, que utilizan algún tipo de sistema intermediario como tablas u oráculos, libros de horóscopos, cartas (cartomancia, como en las interpretaciones mecánicas del tarot), y que por lo general lucran con la confianza del consultante que no entiende bien a bien —porque se ha dejado embaucar por un mago poco fiable— lo que ocurre en el proceso adivinatorio.

Podemos ser escépticos o creyentes de los métodos de adivinación, desde la radiestesia hasta los horóscopos de revistas del corazón, eso no importa. Lo fascinante es estudiar las formas en que los distintos pueblos han lidiado con aquello que conocemos como incertidumbre, y que no es otra cosa que nuestra perenne ignorancia de las cosas presentes, pasadas y futuras. Salir de la incertidumbre con engañifas parece un flaco favor al consultante, pero implica una determinación por arrancarse a uno mismo de los movimientos del devenir; una tentativa de no ser un mero juguete del destino.

.

Etiquetado: , , ,