Man is not truly one, but truly two.

-Robert Louis Stevenson, Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde

Si hay una inquietud consustancial al individuo moderno, esa es la perseverancia de la identidad. Una necesidad compulsiva de filiación, ya a marcas que permitan al sujeto identificarse con un grupo concreto de personas, y por contraste diferenciarse de otras, ya a “estilos de vida” que lo conecten con sus semejantes. No es descabellado aventurar que lo que el individuo realmente teme es enfrentarse a sí mismo.

El arte nos ha invitado a emprender viajes fantásticos y tenebrosos, a preguntarnos quiénes somos, a cuestionarnos si somos quienes creemos ser. La figura del doble, o más específicamente, del doppelgänger, es el fruto de una indagación profunda al respecto. Los ejemplos literarios son especialmente reveladores, pues algunos de los autores más importantes de los últimos siglos se interesaron en el motivo del doble. Entre los ejemplos más famosos podemos citar a Frankenstein de Mary Shelley, “William Wilson” de Edgar Allan Poe, El doble de Dostoievski, El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson, El retrato de Dorian Grey de Oscar Wilde, y algunos de los cuentos más conocidos de Borges.

Los ejemplos cinematográficos son tan interesantes como los literarios, probablemente porque el mismo medio del cine, siendo ilusionista por naturaleza, se sirve de imágenes que son consideradas como reales. Muchos personajes del arte tienden a estar sujetos a la aparición repentina de seres que los confunden. “El cara a cara del ser humano con su doble trasciende el parecido físico para apuntar a cosas más altas: la terrible evidencia de que hay facetas de nosotros mismos que nos son del todo desconocidas; la constatación de que, en contra de lo que dicta la versión oficial, el individuo sí puede ser dividido; la prueba de que no sabemos quiénes somos; el terror, en fin, a asumir que eso que llamamos identidad es un ente frágil, voluble, escurridizo” (Rebeca Martín Lopez).

El doppelgänger, término alemán acuñado en 1796 por Jean Paul Richter (quien lo definió como “gente que se ve a sí misma”) se diferencia del alter ego en que no necesita tener una forma material (pensemos en Dr. Jekyll y Mr. Hyde, en que el doppelgänger es la fractura de una misma persona). Pero sobre todo, el doppelgänger se distingue por tener un componente estético notable: una elegancia siniestra que habla de lo que el hombre destierra de sí mismo.

Esta naturaleza ominosa del doble, que cobra un papel estético irracional, embona bien con el mundo que experimentamos hoy. Es un lugar común que una persona dividida en avatares y personae digitales dude de su propia existencia y llegue a creer que él, y no el otro, es la copia, el intruso, el impostor. “¡El horror metafísico del Otro!/ ¡Este pavor de una conciencia ajena…” diría Pessoa.

El doble es la figura a través de la cual las generaciones jóvenes se expresan. Para muchos observadores, estas actividades digitales están fuertemente ritualizadas: de muchas maneras los jóvenes construyen su identidad al proyectar (en una pantalla, una página, un timeline) lo que quisieran ser. Estas representaciones tan simbólicas como el selfie, dada su importancia en el camino a la adultez, pueden ser consideradas como parte de los ritos de paso. El doppelgänger materializa uno de los temas más recurrentes de estos tiempos: la crisis de identidad. Así, entre nosotros y nuestros avatares está la constatación de que el individuo puede ser dividido.

Quizá el clímax de esta dinámica fracturada sea cuando veamos, ya en nuestro perfil virtual, ya en el espejo, que todo lo que desterramos de nosotros en un afán de no enfrentarnos a nosotros mismos este cobrando una vida gemela más siniestra de lo que imaginamos. En pocas palabras, tu verdadero doble emerge de aquello que deshechas y no de lo que proyectas.

Un doppelgänger camina como sombra a nuestro lado y que, si la literatura dice bien, en el momento en que lo encaremos nos ahogaremos en nuestro propio rostro, como le sucedió a Narciso.

 Man is not truly one, but truly two.

-Robert Louis Stevenson, Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde

Si hay una inquietud consustancial al individuo moderno, esa es la perseverancia de la identidad. Una necesidad compulsiva de filiación, ya a marcas que permitan al sujeto identificarse con un grupo concreto de personas, y por contraste diferenciarse de otras, ya a “estilos de vida” que lo conecten con sus semejantes. No es descabellado aventurar que lo que el individuo realmente teme es enfrentarse a sí mismo.

El arte nos ha invitado a emprender viajes fantásticos y tenebrosos, a preguntarnos quiénes somos, a cuestionarnos si somos quienes creemos ser. La figura del doble, o más específicamente, del doppelgänger, es el fruto de una indagación profunda al respecto. Los ejemplos literarios son especialmente reveladores, pues algunos de los autores más importantes de los últimos siglos se interesaron en el motivo del doble. Entre los ejemplos más famosos podemos citar a Frankenstein de Mary Shelley, “William Wilson” de Edgar Allan Poe, El doble de Dostoievski, El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson, El retrato de Dorian Grey de Oscar Wilde, y algunos de los cuentos más conocidos de Borges.

Los ejemplos cinematográficos son tan interesantes como los literarios, probablemente porque el mismo medio del cine, siendo ilusionista por naturaleza, se sirve de imágenes que son consideradas como reales. Muchos personajes del arte tienden a estar sujetos a la aparición repentina de seres que los confunden. “El cara a cara del ser humano con su doble trasciende el parecido físico para apuntar a cosas más altas: la terrible evidencia de que hay facetas de nosotros mismos que nos son del todo desconocidas; la constatación de que, en contra de lo que dicta la versión oficial, el individuo sí puede ser dividido; la prueba de que no sabemos quiénes somos; el terror, en fin, a asumir que eso que llamamos identidad es un ente frágil, voluble, escurridizo” (Rebeca Martín Lopez).

El doppelgänger, término alemán acuñado en 1796 por Jean Paul Richter (quien lo definió como “gente que se ve a sí misma”) se diferencia del alter ego en que no necesita tener una forma material (pensemos en Dr. Jekyll y Mr. Hyde, en que el doppelgänger es la fractura de una misma persona). Pero sobre todo, el doppelgänger se distingue por tener un componente estético notable: una elegancia siniestra que habla de lo que el hombre destierra de sí mismo.

Esta naturaleza ominosa del doble, que cobra un papel estético irracional, embona bien con el mundo que experimentamos hoy. Es un lugar común que una persona dividida en avatares y personae digitales dude de su propia existencia y llegue a creer que él, y no el otro, es la copia, el intruso, el impostor. “¡El horror metafísico del Otro!/ ¡Este pavor de una conciencia ajena…” diría Pessoa.

El doble es la figura a través de la cual las generaciones jóvenes se expresan. Para muchos observadores, estas actividades digitales están fuertemente ritualizadas: de muchas maneras los jóvenes construyen su identidad al proyectar (en una pantalla, una página, un timeline) lo que quisieran ser. Estas representaciones tan simbólicas como el selfie, dada su importancia en el camino a la adultez, pueden ser consideradas como parte de los ritos de paso. El doppelgänger materializa uno de los temas más recurrentes de estos tiempos: la crisis de identidad. Así, entre nosotros y nuestros avatares está la constatación de que el individuo puede ser dividido.

Quizá el clímax de esta dinámica fracturada sea cuando veamos, ya en nuestro perfil virtual, ya en el espejo, que todo lo que desterramos de nosotros en un afán de no enfrentarnos a nosotros mismos este cobrando una vida gemela más siniestra de lo que imaginamos. En pocas palabras, tu verdadero doble emerge de aquello que deshechas y no de lo que proyectas.

Un doppelgänger camina como sombra a nuestro lado y que, si la literatura dice bien, en el momento en que lo encaremos nos ahogaremos en nuestro propio rostro, como le sucedió a Narciso.

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