En el imaginario clásico que después retomó el Renacimiento, la diosa Fortuna tenía un lugar importante y sobre todo decisivo en la vida humana. Los vaivenes de la suerte, los hallazgos inesperados, el cambio inesperado entre una situación venturosa y otra francamente adversa (cuando no desgraciada): todo ello era obra, según los antiguos, del ánimo caprichoso de Fortuna, de quien Dante dijo:

“Nunca podrá entenderla vuestra mente: como diosa que es, en su reinado ella provee, juzga y es regente”.

En tiempos más inclinados al pensamiento racional, los dioses han sido expulsados de la vida cotidiana del hombre. Creemos aún en la suerte, en esos golpes que pueden transformar nuestra vida para bien o para mal, pero en el fondo preferimos confiar en nuestro esfuerzo, nuestro talento y nuestro trabajo, de manera tal que buena parte de lo que nos ocurre se nos presenta como resultado de nuestras acciones u omisiones.

¿Pero qué pasa cuando, de cualquiera manera, pese al esfuerzo o el talento, la Fortuna no fue propicia? ¿Qué pasa cuando quizá vivimos algunos buenos años de prosperidad pero éstos pasaron pronto y, al paso del tiempo, nos encontramos para nuestro pesar en condiciones adversas?

Quizá pensando en eso y en el carácter más bien veleidoso de la suerte –que a algunos premia y a otros castiga, no siempre justificadamente–, el célebre compositor italiano Giuseppe Verdi fundó hacia el final de su vida una casa de retiro destinada a músicos que, por distintas razones, tuvieran necesidad de un lugar tranquilo donde vivir y ser atendidos durante su vejez.

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La peculiar composición de los residentes hace de esta una casa de retiro única, en donde la música nunca deja de escucharse, sea porque en un momento de ocio alguien ensaya una aria de ópera, a veces porque alguien más se encuentra dando clases de piano o de violín, quizá otros simplemente tuvieron ganas de tocar una melodía juntos. En todos los casos, se trata de interpretaciones asombrosas, que hacen de este lugar una especie de paraíso musical inesperado.

“Entre mis obras”, dijo Verdi, “la que más me agrada es la casa que construí en Milán para beneficios de cantantes ancianos poco favorecidos por la fortuna o que, cuando fueron jóvenes, no conocieron la virtud de ahorrar. ¡Pobres y queridos compañeros de mi vida!”

También en Faena Aleph: El consuelo del arte: el hombre que tocó el cello a mitad de la guerra

 

 

 Imágenes: 1) Dominio Público 2) Creative Commons

En el imaginario clásico que después retomó el Renacimiento, la diosa Fortuna tenía un lugar importante y sobre todo decisivo en la vida humana. Los vaivenes de la suerte, los hallazgos inesperados, el cambio inesperado entre una situación venturosa y otra francamente adversa (cuando no desgraciada): todo ello era obra, según los antiguos, del ánimo caprichoso de Fortuna, de quien Dante dijo:

“Nunca podrá entenderla vuestra mente: como diosa que es, en su reinado ella provee, juzga y es regente”.

En tiempos más inclinados al pensamiento racional, los dioses han sido expulsados de la vida cotidiana del hombre. Creemos aún en la suerte, en esos golpes que pueden transformar nuestra vida para bien o para mal, pero en el fondo preferimos confiar en nuestro esfuerzo, nuestro talento y nuestro trabajo, de manera tal que buena parte de lo que nos ocurre se nos presenta como resultado de nuestras acciones u omisiones.

¿Pero qué pasa cuando, de cualquiera manera, pese al esfuerzo o el talento, la Fortuna no fue propicia? ¿Qué pasa cuando quizá vivimos algunos buenos años de prosperidad pero éstos pasaron pronto y, al paso del tiempo, nos encontramos para nuestro pesar en condiciones adversas?

Quizá pensando en eso y en el carácter más bien veleidoso de la suerte –que a algunos premia y a otros castiga, no siempre justificadamente–, el célebre compositor italiano Giuseppe Verdi fundó hacia el final de su vida una casa de retiro destinada a músicos que, por distintas razones, tuvieran necesidad de un lugar tranquilo donde vivir y ser atendidos durante su vejez.

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La peculiar composición de los residentes hace de esta una casa de retiro única, en donde la música nunca deja de escucharse, sea porque en un momento de ocio alguien ensaya una aria de ópera, a veces porque alguien más se encuentra dando clases de piano o de violín, quizá otros simplemente tuvieron ganas de tocar una melodía juntos. En todos los casos, se trata de interpretaciones asombrosas, que hacen de este lugar una especie de paraíso musical inesperado.

“Entre mis obras”, dijo Verdi, “la que más me agrada es la casa que construí en Milán para beneficios de cantantes ancianos poco favorecidos por la fortuna o que, cuando fueron jóvenes, no conocieron la virtud de ahorrar. ¡Pobres y queridos compañeros de mi vida!”

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 Imágenes: 1) Dominio Público 2) Creative Commons