La historia humana está colmada de obras que intentaron burlar al tiempo y celebrar a un gran amor. Ese noble sentimiento ha llenado el mundo de creaciones que retratan el impulso de la permanencia frente a la fugacidad y la finitud humanas.

Es sabido que esa catedral poética, la Comedia de Dante (el epíteto “divina” es posterior a su creación), fue inspirada por el amor suprahumano, platónico, que despertó una mujer: Beatriz. Se sabe, también, que el amor por Nefertari del gran faraón Ramses II quedó sellado en obras monumentales que aspiraban a la eternidad. La oscura y enredada historia de la Amada Inmortal de Beethoven quedó, ciertamente, plasmada en la obra del gran músico alemán. Sin embargo, hay una categoría de este amor que conmueve a los espíritus empáticos de todas las épocas: el amor de los viudos. El Taj Mahal, en la India, es un ejemplo superlativo de esta “eternización” de la amada, Mumtaz Mahal, emprendido por el emperador Shah Jahan, un viudo prematuro cuyos suspiros aún rondan la marmolada maravilla.

A esta última categoría corresponde el grotescamente romántico Parque de los Monstruos, también conocido como Bosque Sagrado, denominaciones que reciben los jardines del Castello degli Orsini (en Bomarzo, al norte de Italia); este misterioso monumento en forma de jardín fue delicadamente dedicado a la memoria de la amada Giulia Farnese (sobrina del cardenal Alejandro Farnese, que luego se convertiría en el papa Paulo III), tras su muerte, por el fiero y célebre condottiero Pierfrancesco Orsini.

Al terminar la guerra franco-española en Italia en 1550, Orsini se retiró a su conocido castillo y se rodeó de artistas y literatos para dedicarse a una vida epicúrea. Esto responde a la legendaria época en la que vivió el noble italiano, una llena de licencias paganas que fueron alimento del Renacimiento italiano, en parte gracias al redescubrimiento y definitiva influencia del arte griego y latino.

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No es de sorprender, entonces, que el absurdo y la monstruosidad (tan profundamente renacentistas) aún habiten en este jardín lleno de esculturas de seres entre aterradores y hermosos, personajes míticos, seres fantásticos. Es probable que el manierismo italiano tardío, del que la locación es emblema, haya sido tolerado por la Iglesia y por los siniestros inquisidores, por dos razones: el prestigio que los clásicos griegos y latinos habían recuperado en aquel entonces, y la alta posición, militar y familiar que Orsini tenía dentro del papado. Por lo demás, la oda funeraria y luctuosa que representan estos jardines despertó siempre un respeto supersticioso y sobre todo, un sentido de intimidad célebre y poderosa.

Resulta paradójico, significativo y hasta un tanto divertido que el rescate de estos jardines, que fueron abandonados durante siglos, se deba a que Salvador Dalí (avatar moderno de lo fantástico, lo onírico y fanático de su idealizada amada, Gala) haya decidido rodar un corto cinematográfico en una locación, ya en ruinas, que tan bien se ajustaba a su extravagante estética, y que cautivó la imaginación de otros artistas, entre ellos Jean Cocteau.

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*Imágenes: 1) Esteban Fernández García – flickr / Creative Commons; 2) Pitichinaccio – Wikimedia Commons; 3) bass_nroll – flickr / Creative Commons

La historia humana está colmada de obras que intentaron burlar al tiempo y celebrar a un gran amor. Ese noble sentimiento ha llenado el mundo de creaciones que retratan el impulso de la permanencia frente a la fugacidad y la finitud humanas.

Es sabido que esa catedral poética, la Comedia de Dante (el epíteto “divina” es posterior a su creación), fue inspirada por el amor suprahumano, platónico, que despertó una mujer: Beatriz. Se sabe, también, que el amor por Nefertari del gran faraón Ramses II quedó sellado en obras monumentales que aspiraban a la eternidad. La oscura y enredada historia de la Amada Inmortal de Beethoven quedó, ciertamente, plasmada en la obra del gran músico alemán. Sin embargo, hay una categoría de este amor que conmueve a los espíritus empáticos de todas las épocas: el amor de los viudos. El Taj Mahal, en la India, es un ejemplo superlativo de esta “eternización” de la amada, Mumtaz Mahal, emprendido por el emperador Shah Jahan, un viudo prematuro cuyos suspiros aún rondan la marmolada maravilla.

A esta última categoría corresponde el grotescamente romántico Parque de los Monstruos, también conocido como Bosque Sagrado, denominaciones que reciben los jardines del Castello degli Orsini (en Bomarzo, al norte de Italia); este misterioso monumento en forma de jardín fue delicadamente dedicado a la memoria de la amada Giulia Farnese (sobrina del cardenal Alejandro Farnese, que luego se convertiría en el papa Paulo III), tras su muerte, por el fiero y célebre condottiero Pierfrancesco Orsini.

Al terminar la guerra franco-española en Italia en 1550, Orsini se retiró a su conocido castillo y se rodeó de artistas y literatos para dedicarse a una vida epicúrea. Esto responde a la legendaria época en la que vivió el noble italiano, una llena de licencias paganas que fueron alimento del Renacimiento italiano, en parte gracias al redescubrimiento y definitiva influencia del arte griego y latino.

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No es de sorprender, entonces, que el absurdo y la monstruosidad (tan profundamente renacentistas) aún habiten en este jardín lleno de esculturas de seres entre aterradores y hermosos, personajes míticos, seres fantásticos. Es probable que el manierismo italiano tardío, del que la locación es emblema, haya sido tolerado por la Iglesia y por los siniestros inquisidores, por dos razones: el prestigio que los clásicos griegos y latinos habían recuperado en aquel entonces, y la alta posición, militar y familiar que Orsini tenía dentro del papado. Por lo demás, la oda funeraria y luctuosa que representan estos jardines despertó siempre un respeto supersticioso y sobre todo, un sentido de intimidad célebre y poderosa.

Resulta paradójico, significativo y hasta un tanto divertido que el rescate de estos jardines, que fueron abandonados durante siglos, se deba a que Salvador Dalí (avatar moderno de lo fantástico, lo onírico y fanático de su idealizada amada, Gala) haya decidido rodar un corto cinematográfico en una locación, ya en ruinas, que tan bien se ajustaba a su extravagante estética, y que cautivó la imaginación de otros artistas, entre ellos Jean Cocteau.

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*Imágenes: 1) Esteban Fernández García – flickr / Creative Commons; 2) Pitichinaccio – Wikimedia Commons; 3) bass_nroll – flickr / Creative Commons