Walter Benjamin es para muchos un ser querido. Los académicos lo guardan en un lugar entre la crítica literaria, la filosofía, la sociología y la historia, y sus lectores lo atesoran como el gran detective de la urbe; un espejo roto en mil fragmentos que refleja las cosas con todo y su aura. Y fue, de hecho, el aspecto místico de Benjamin lo que lo mantuvo siempre fuera de cualquier categorización absoluta y lo posicionó como un entrecruce de voces extraviadas, un hombre solo entre la multitud pasante.

En el documental One Way Street: Fragments for Walter Benjamin (1993) se nos presenta a un Benjamin metafísico, el mismo que, gracias a su amigo Gershom Scholem, adquirió un profundo interés en el pensamiento cabalístico y mediante ello entendió que las “emanaciones” –como él llamaba a las fantasmagóricas verdades que surgen de la vida diaria– se nos pueden revelar a todos.

Benjamin encontró estas emanaciones al yuxtaponer cosas que no necesariamente estaban relacionadas entre sí. Es por ello que, como un sastre de textos ajenos, construyó una constelación de citas y fragmentos (insinuando que toda voz es siempre la de otros) que aún ocupan al mundo occidental. Y éste es precisamente el sentido cabalístico: uno no puede activamente ir a encontrar esas presencias; la revelación se encuentra “bloqueada”, pero en el conjunto de pedazos se nos pueden revelar. El método fragmentario de Benjamin produjo resultados asombrosos: cientos y cientos de páginas acerca de unos cuantos temas que lo obsesionaban (los pasajes, los flaneurs, Baudelaire, el “aura”, los ojos, el crepúsculo, la fantasmagoria, los coleccionistas, el siglo XIX…) y un libro inconcluso de puras anotaciones que es sin duda su obra maestra.

El segundo filme, Flâneur III, Benjamin’s Shadow, aborda uno de los más portentosos temas de la mente de Benjamin: París y el flâneur. Definido por él como “aquel que va a hacer botánica al asfalto” el flâneur es aquel que, como él mismo, camina la ciudad anónimamente y lee a las personas y a las cosas como si fueran textos; un detective que busca claves ahí donde nadie más las ve. Para él estar perdido era algo productivo, y París un laberinto cuyos pasajes siempre están en movimiento.

Lo valioso de estas dos películas es quizá el acercamiento afectuoso hacia su figura vasta y misteriosa. Benjamin reveló ciertas “presencias” en las cosas, y en fragmentos atentó hacia un orden divino en el que principio es intercambiable con el final y en el que cada historia se rompe como espejo en mil imágenes. Entre todas esas cosas dejó algo que lo hizo entrañable para sus lectores.

Cada quién ve a Walter Benjamin como un pedazo del ese espejo roto, y lo atisba como el conjunto sepia de todas sus obsesiones. Al final hay tantos Benjamins como hay lectores de Benjamin. Fue un fantasma en más de una manera.

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Walter Benjamin es para muchos un ser querido. Los académicos lo guardan en un lugar entre la crítica literaria, la filosofía, la sociología y la historia, y sus lectores lo atesoran como el gran detective de la urbe; un espejo roto en mil fragmentos que refleja las cosas con todo y su aura. Y fue, de hecho, el aspecto místico de Benjamin lo que lo mantuvo siempre fuera de cualquier categorización absoluta y lo posicionó como un entrecruce de voces extraviadas, un hombre solo entre la multitud pasante.

En el documental One Way Street: Fragments for Walter Benjamin (1993) se nos presenta a un Benjamin metafísico, el mismo que, gracias a su amigo Gershom Scholem, adquirió un profundo interés en el pensamiento cabalístico y mediante ello entendió que las “emanaciones” –como él llamaba a las fantasmagóricas verdades que surgen de la vida diaria– se nos pueden revelar a todos.

Benjamin encontró estas emanaciones al yuxtaponer cosas que no necesariamente estaban relacionadas entre sí. Es por ello que, como un sastre de textos ajenos, construyó una constelación de citas y fragmentos (insinuando que toda voz es siempre la de otros) que aún ocupan al mundo occidental. Y éste es precisamente el sentido cabalístico: uno no puede activamente ir a encontrar esas presencias; la revelación se encuentra “bloqueada”, pero en el conjunto de pedazos se nos pueden revelar. El método fragmentario de Benjamin produjo resultados asombrosos: cientos y cientos de páginas acerca de unos cuantos temas que lo obsesionaban (los pasajes, los flaneurs, Baudelaire, el “aura”, los ojos, el crepúsculo, la fantasmagoria, los coleccionistas, el siglo XIX…) y un libro inconcluso de puras anotaciones que es sin duda su obra maestra.

El segundo filme, Flâneur III, Benjamin’s Shadow, aborda uno de los más portentosos temas de la mente de Benjamin: París y el flâneur. Definido por él como “aquel que va a hacer botánica al asfalto” el flâneur es aquel que, como él mismo, camina la ciudad anónimamente y lee a las personas y a las cosas como si fueran textos; un detective que busca claves ahí donde nadie más las ve. Para él estar perdido era algo productivo, y París un laberinto cuyos pasajes siempre están en movimiento.

Lo valioso de estas dos películas es quizá el acercamiento afectuoso hacia su figura vasta y misteriosa. Benjamin reveló ciertas “presencias” en las cosas, y en fragmentos atentó hacia un orden divino en el que principio es intercambiable con el final y en el que cada historia se rompe como espejo en mil imágenes. Entre todas esas cosas dejó algo que lo hizo entrañable para sus lectores.

Cada quién ve a Walter Benjamin como un pedazo del ese espejo roto, y lo atisba como el conjunto sepia de todas sus obsesiones. Al final hay tantos Benjamins como hay lectores de Benjamin. Fue un fantasma en más de una manera.

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